Todo estaba en silencio. La niebla cubría las calles del Barrio del Seguro y todos estábamos encerrados en nuestros hogares. La noche final se aproximaba y teníamos miedo de encontrarnos con una daga en las entradas de nuestras casas, porque quien la encontrara, tendría que sacrificar un m*****o de su familia.
—Espera —dijo mientras me pedía que hiciera silencio.
—¿Qué oíste?
—Alguien tocó la puerta.
—No quiero ver. Quiero hacerme de la idea que no nos dejaron una daga.
—Cariño...
—Nada, sabes que si nos toca, prefiero mil veces que me sacrifiques a mí.
—No podría hacerte eso...
—No tenemos opción, tú cuidarás de nuestros hijos...
—Isabela, no sigas.
Volvieron a tocar la puerta, mi esposo se asomó y sabíamos de que trataba. Nos miramos y asentimos con nuestras cabezas. Se acercó a la puerta y cogió en sus manos la daga de oro. No solo yo moriría, él también. Sonreímos y todo lo que llamamos familia y hogar explotó junto a nuestros recuerdos.
Levanté a los tres meses y noté que mis extremidades ya no estaban. Respiré hondó y comencé a llorar como si no hubiera un mañana. Nadie me oía. Estaba sola en esta camilla. Ahora dependería de alguien más.