Mi abuela nos había invitado a una cena que ella había preparado para mí y mis padres. Al principio no queríamos asistir porque ella nos había demostrado que poco a poco estaba perdiendo lo poco que le quedaba de cordura y temíamos lo que fuera a preparar de comida. Sin embargo, asistimos con la fe de que no todo estuviera perdido.
Llegamos con tiempo de sobra para acelerar el tiempo de nuestra visita y ella ya nos estaba esperando con su gran sonrisa. Todo lucía bien, nada fuera de lo normal, hasta que entramos al comedor y vimos lo imposible de creer. Una vela por cada uno y junto a la vela un sapo bañado de sangre de vaca, lo reconocía por el olor. Nos miramos entre todos, extrañados y con ganas de vomitar, pero nos contuvimos. No podíamos depreciar lo que nos había preparado la abuela con tanto esfuerzo y cariño.
—Gracias —dijimos todos.
—Este es solo el comienzo —añadió.
—¿De qué trata todo esto, abuela? —pregunté insegura y con miedo de lo que fuera a responder.
—Es una sorpresa y las sorpresas no se deben arruinar.
—Madre, ¿no crees que es más prudente de que nos digas ahora?
—¿Y arruinar la sorpresa? No lo creo, hijo.