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3770 Words
—Tess… —empezó a decir August mirándola, como si esperara que ella lo interrumpiera, echara a llorar, o le reclamara, pero ella simplemente se quedó allí, cruzada de brazos, mirándolo sin mostrar emoción alguna en su rostro. Parecía más bien estudiarlo, como si se viera diferente y ella no lograra reconciliar este nuevo aspecto con el del antiguo August. Él, al parecer desconcertado por su actitud, se quedó allí en silencio, sin añadir nada más. —¿Qué esperas de mí, August? —preguntó ella elevando un poco el mentón y apretando suavemente sus labios. —¿Qué… espero de ti? —August frunció el ceño y la miró bastante confundido, y Tess no pudo evitar dejar salir una risita incrédula. —¿Quién crees que soy ahora? —volvió a hablar—. Vuelves después de casi tres años en los que no te preocupaste por tus hijos, en los que no te comunicaste… Me pregunto, realmente ¿qué quieres ahora? —Volver… —No —contestó ella casi riendo, y sacudiendo su cabeza—. No vas a volver. —Tess… —Me estoy divorciando de ti —soltó ella interrumpiéndolo, y él la miró fijamente, sorprendido—, el proceso ya está bastante adelantado y el que hayas vuelto no hará que cambie de opinión. —¿No me vas a dar la oportunidad de explicarte…? —Oh, ¿y es que tienes una explicación que una esposa pueda aceptar luego de casi tres años? Eso sería increíble, pero, ¿sabes?, no necesito tus razones. Así hayas estado secuestrado por terroristas en el medio oriente, no me interesa. —No puedo creer que… —¿Qué no puedes creer? —masculló Tess sintiendo que la ira le subía a la cabeza— ¿Que yo me haya vuelto fuerte al fin? ¿Que no esté saltando sobre ti de alegría y alivio porque al fin te dio tu puta gana de volver? —la palabrota debió desconcertarlo, porque la miró estupefacto. —Ni siquiera me dejas hablar. —Te dejé hablar por todos estos malditos años —masculló Tess—, y preferiste guardar silencio, seguir alejado, así que con eso tuve mis respuestas a todas mis preguntas. Adam miró a Tess admirado, pero toda su dureza y resolución no le eran suficientes. Necesitaba más, tenía que llevarla hasta el límite, contra las cuerdas, hacerla explotar y que sacara de dentro sus verdaderos sentimientos y pensamientos, así que dio un paso hacia ella y elevó su mano con intención de tocar su rostro. —Te amo, Tess… —antes de que pudiera terminar la frase, ella elevó su mano y lo abofeteó. Adam ladeó su cabeza por la fuerza del golpe sintiendo que la mejilla le escocía terriblemente. Seguramente también estaba roja. —Tú eres el menos indicado para usar esas palabras —dijo Tess entre dientes; su declaración de amor la había enfurecido, no dolido—. Esa palabra se queda grande en tu boca —siguió ella—. No quiero en mi vida la basura que traes, ni tampoco la quiero en la vida de mis hijos. —Estoy aquí tratando de retomar lo nuestro, de salvar nuestro matrimonio, nuestra familia… ¿Vas a destruir todo…? —¡No te atrevas a culparme a mí! —exclamó ella con el ceño muy fruncido—. ¡Tú lo destruiste en el mismo momento en que te fuiste! —Es por otro, ¿verdad? ¿Tienes a otro y por eso me rechazas a mí? —¡Eso no es de tu incumbencia, porque perdiste todos los derechos! Pero entérate de una cosa, aunque fueras el último hombre sobre la tierra, jamás volvería contigo. ¡Tendría que ser la mujer más estúpida! —¿Entonces… ya olvidaste todo lo que vivimos? Todo lo que pasamos juntos… fueron muchos años, Tess… No puedes decirme que de repente eso ya no significa nada para ti—. Tess cerró sus ojos sonriendo con sorna, como si no se pudiese creer lo que estaba oyendo. —¿No tienes vergüenza? Déjame preguntarte: ¿Acaso tuvo importancia para ti? Tú sí que lo olvidaste de repente. ¿Esperabas que por ser mujer me quedara esperando eternamente por ti? —No, pero al menos, sí que me dieras una oportunidad cuando volviera. No lo he pasado bien, Tess. Mi vida ha sido un infierno hasta ahora. Por favor, tienes que darme una oportunidad de salvar lo nuestro, de volver a unir nuestra familia—. Tess lo miró fijamente meneando la cabeza. —Tú no tienes salvación —dijo Tess, y Adam vio que a sus ojos asomaron lágrimas, pero de indignación—. Ahora sólo me lamento por estos años que te esperé. Ahora sólo me lamento por haber cometido el error de meterte en mi vida. ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo permití algo así? Yo… Dios, no me hagas aborrecerte, August, por favor, porque estoy a punto—. Ella dio la vuelta y se alejó, pero él la detuvo posándole la mano en un hombro. —¿Y si te digo que… he cambiado, que reconozco que en el pasado cometí muchos errores, pero que ahora soy otro hombre…? —Tess meneó su cabeza sin creerle ni una palabra— Soy diferente, Tess… en este nuevo… August, sí puedes confiar. Este nuevo August… se muere por estar contigo. —Pues vaya. Muérete ya. —Tess… —No hay nada que puedas decir o hacer que me haga olvidar tu egoísmo, tu irresponsabilidad, tu… falta de pelotas. Ni siquiera eres ya un hombre para mí—. Él se mordió los labios y bajó la mirada. —Al menos… déjame ver a mis hijos… que sepan que su padre volvió. No puedes negarme eso—. Ella se volvió y lo miró de arriba abajo, y en sus ojos se reflejó el deseo de negarle también eso—. Ellos también tienen el derecho de saber de mí, de estar conmigo, Tess—. Tess frunció su ceño, sintiéndose terriblemente cansada. —Lo discutiré con mi abogado. —Te dirá que tengo razón —la atajó él cuando vio que ella otra vez se disponía a irse—. Te dirá que no puedes negarme el derecho a verlos. Aunque te estés divorciando, sigo siendo tu esposo, estuvimos juntos seis años… E hicimos juntos a esos tres niños —Ella se volvió a mirarlo otra vez con el odio afilado en sus ojos —Por favor, dime cómo están —pidió él—. Kyle… ya tiene siete años, ¿no es así? ¿Cómo le va en la escuela? Y mi preciosa Rori… y… —Nicolle —dijo Tess, recordando que él no podía saber el nombre de la pequeña, pues él se había ido antes de que ésta naciera—. Es una niña, y su nombre es Nicolle, pronto cumplirá los tres años. Todos están bien, no te necesitan… —Todos los niños necesitan a su padre. —No un padre que los abandona, que los deja pasar hambre y necesidad. En ese caso, es mejor no tenerlo siquiera. —Tess… por amor de… —Tess no lo escuchó, pues de nuevo se giró y esta vez se dio prisa en desaparecer. Adam se quedó allí viéndola irse, con un cúmulo de sentimientos haciendo carrera en su pecho. El encuentro se había dado al fin, y esto había salido muy diferente de lo que alguna vez imaginó. Si Tess se hubiese tirado sobre él, abrazándolo, sintiendo alivio por su regreso, o se hubiese mostrado dolida, pero con esperanza, su corazón habría muerto dentro de su pecho, porque eso habría significado que, aunque se sentía traicionada, ella aún había estado esperando a su esposo, lo que indicaba que también lo amaba… Pero ella despreciaba a August, o eso era lo que parecía. ¿De verdad, Tess había olvidado por completo a August? ¿Había muerto ese amor realmente? Todo lo que ella le había dicho le indicaba que sí, pero, ¿sería así de verdad? Un amor verdadero es difícil de olvidar; un amor verdadero es inmortal, nada lo podría acabar. ¿Era el amor que ella había sentido por August finito realmente? ¿Se había acabado? Al parecer sí; los resultados de su prueba indicaban que sí. Y si había acabado, ¿qué iba a hacer él? Se estaba divorciando, lo cual lo sorprendía, lo enorgullecía, y lo preocupaba a partes iguales. Estaba jodido. —No te atrevas a hacer algo que le provoque daño —dijo alguien tras él, y se giró a mirar de quién se trataba. Raphael Branagan, reconoció, aunque no dio muestra de ello; el antiguo August Warden no tenía manera de conocer a alguien como él, y de ningún modo podría tratarlo con familiaridad—. Ella ya no está sola —siguió Raphael—, al menor paso en falso, lo pasarás muy mal, te lo aseguro. Por supuesto, pensó Adam. El marido de la mejor amiga de Tess salía en su defensa. No esperaba menos del joven Branagan. Asintió dando una cabezada, tragó saliva y lo miró fijamente a los ojos. —No tengo el placer de conocerlo. —Mi nombre es Raphael Branagan. Aunque ese apellido no te suene de nada, te garantizo que puedo convertir tu vida en una mierda si así me apetece—. Adam volvió a asentir. Raphael sólo debía tener unos veintiocho, o veintinueve años, pero sí que podía aplastar la vida de alguien como August si le apetecía, así que se anduvo con cuidado. —Nunca le haría daño a Tess. —Oh, te aviso: ya lo hiciste. —Me refiero a… de aquí en adelante, el pasado… —No me interesa, y no tardaré en conocerlo al completo. Tenía gente tras tu pista, investigando tu paradero; tengo que admitir que me impresiona que hayas podido evadirlos por tanto tiempo, porque no se supo nada hasta el momento—. Adam asintió. A él también lo había impresionado, pero luego de saber que se había cambiado el nombre, lo comprendió todo. Ellos habían estado buscando a August Warden, no a Michael Moore. Cuando Tess se enterara de eso, lo odiaría aún más, pues era prueba de que August había querido alejarse todo lo posible, volverse ilocalizable. Ella no lo decepcionaría y odiaría aún más a su esposo. —Así que no tardaré en conocer tu vida y obras en los pasados años —siguió Raphael con un tinte amenazador en su tono—, y cuando tenga esa información, ten por seguro que Tess será la primera en escucharlo—. Adam tragó saliva. —Entonces, no tengo nada qué decir, supongo—. Raphael no añadió nada más, simplemente lo miró de arriba abajo, dio media vuelta y se alejó. Adam se quedó allí, en medio del pasillo de la estación de policía, mirando nada. Alrededor unos pocos oficiales estaban sentados frente a sus escritorios, haciendo su trabajo, nadie le prestaba atención. Se pasó la mano por la barba crecida y dejó salir el aire. A pesar de que lo aliviaba saber que Tess ya no amaba a su esposo, también lo dejaba sin saber qué hacer a continuación. Ella nunca lo aceptaría de vuelta en su vida, mucho menos en su casa, así que esa fantasía loca de convivir con ella se estaba yendo por un inodoro imaginario. Sólo había podido aferrarse a los niños, y había argumentado en su favor, pero lo cierto es que él tenía todas las de perder; los había abandonado dejándolos en muy mala situación, y cuando lo investigaran, sabrían que había sido un delincuente y un borracho, y eso lo hundiría aún más. Si tenía suerte, le permitirían ver a los niños una vez a la semana y con supervisión. Con supervisión, se repitió. Una vez a la semana, podría ver a Tess. No podía decirle quién era él, no podía darle a entender lo que había sucedido en la vida. Aunque pudiera formular las palabras, aquello era tan loco y estrafalario que Tess tampoco le creería jamás, sólo concluiría que no era más que otra treta para engañarla y hacerle daño. Apretó sus labios y sus puños dentro del abrigo viejo y desgastado que llevaba puesto y salió de la comisaría. Afuera todavía estaban Tess y Raphael hablando, pero en cuanto lo vieron, subieron al auto y se alejaron. Él echó a andar hacia la parada del autobús. Si no se daba prisa, llegaría tarde a trabajar, y no podía perder este empleo por nada del mundo. Ahora era el lavaplatos del restaurante de un hotel, un hotel que antes le había pertenecido, cuando era Adam Ellington; era un poco extraño estar en el cargo más bajo de las que una vez fueron sus empresas, pero era lo único que tenía, y necesitaba demostrar que ahora era diferente, para, al menos, tener derecho de ver a sus hijos de vez en cuando. Sus hijos, pensó con una sonrisa. Sólo por ellos estaba encantado de ser August Warden; ellos eran lo único hermoso que ese tarado tenía, y por ellos había recuperado el nombre. Había tardado un poco en volver por estar ocupado en todo lo concerniente a su existencia legalmente hablando, luego había viajado por tierra hasta aquí, encontró de nuevo un trabajo, y alquiló una habitación con baño propio muy cerca de Tess. Anoche se le había hecho difícil dormirse, así que tomó su chaqueta y salió a caminar; sus pies lo habían traído hasta la casa de ella. Cuando se detuvo en el jardín del frente, vio las luces de las linternas dentro, lo que sólo podía significar que había intrusos en la casa. Había roto el cristal de una de las ventanas y entrado, molió a golpes a los tres hombres, y gracias a su experiencia en las peleas sin regla de la cárcel no salió herido, sólo Tess lo había conseguido. Sonrió pensando en ella, en la dureza con la que había tratado a su ex marido. Estaba muy orgulloso de ella, feliz. Aunque eso no le diera a él ninguna oportunidad de estar a su lado. —¿Y cómo… te sentiste al verlo? —le preguntó suavemente Heather a Tess, que estaba sentada frente a ella, con los brazos fuertemente cruzados, sus ojos secos y moviendo agitadamente un pie. —¿Qué cómo me sentí? Pues… sentí ira. Me sentí furiosa, con ganas de… escupirlo. —¿No sentiste un poco de dolor? —¿Dolor? Me dolió en el alma el tiempo perdido todos estos tres años. Tres años, Heather, ¡tres años de mi vida! —Heather la miró y suspiró, pero no interrumpió a su amiga—. Ya no me duele él, ahora sólo pienso que es un maldito hijo de… —Heather la detuvo alzando sus cejas, pues el pequeño Roger estaba en sus brazos, con la barriguita llena de leche y dormido. Tess se mordió los labios—. Sólo me sentí un poco indignada al ver… la poca cosa por la que tanto lloré; y es que luego de haberme reencontrado con Adam… luego de recordarlo a él… todos los hombres son unos peleles para mí, ¿sabes? Él… dejó el listón muy alto. —Tess… —Todos los hombres que conozca de aquí en adelante, inevitablemente serán comparados con Adam. No podré ver a nadie más, Heather. —¡Para! ¡No digas eso! —Pero es lo que siento. —¡Y fue lo que sentí yo durante décadas por Ralph Branagan! ¡Y me quedé sola, solterona, y con una vida entera desperdiciada! No te atrevas a decir algo así jamás, porque te niegas a ti misma la oportunidad de volver a amar, de volver a ser mujer. Abre los ojos y sigue adelante. Métete esta verdad en la cabeza: Adam murió, y tú en cambio sigues viva y debes seguir adelante. Es lo que él hubiese querido—. Por las mejillas de Tess bajó una gruesa lágrima, pero ella la limpió más con furia que con delicadeza. —¿Y qué puedo hacer… si esa verdad la sabe mi cabeza, pero se rehúsa a entrar en mi corazón? —Oh, Tess. —Todavía… me duele el alma, Heather. Me duele tanto por Adam… Es una herida que aún sangra… y no veo…que vaya a dejar de sangrar en el futuro. —Debes reponerte. Ser fuerte. —El problema es —susurró Tess apoyando su cabeza entre sus brazos, como si quisiera esconderse de algo— que no tengo fuerzas ya. No tengo fuerzas, Heather. Heather extendió su mano hasta su amiga y la posó sobre su hombro, preocupada y dolida por su amiga. Cerró sus ojos recordando que una vez una voz le dijo algo concerniente a Tess. Con Tess y nada más, había dicho. Pero eso no le había impedido seguirla incluyendo en sus oraciones. —Harry Baker —saludó Adam, mirando a un hombre que lucía un traje de algunos cuatro mil dólares, bajando de un auto de unos cien mil. El hombre se giró a mirarlo y de inmediato frunció su ceño. —¿Disculpe? —No me conoce, pero yo he oído hablar mucho de usted—. Harry Baker se tomó las solapas de su traje y miró en derredor. El hombre que conducía su auto y le había abierto la puerta se puso delante como protegiéndolo, pero Adam levantó ambas manos—. Mi intención no es hacerle daño, todo lo contrario; vengo a pedirle ayuda. —¿A mí? —preguntó Harry elevando una ceja, y Adam asintió. —Mi nombre es August Warden, y necesito de su ayuda como abogado. —No luce como alguien que puede pagarme. —Pero usted prometió, hace tiempo, que uno de cada veinte casos no lo cobraría, lo donaría a la caridad. —Sí, a ancianas y madres desesperadas, no a… sujetos que lucen como usted. —Soy un padre desesperado. Me negarán el derecho a ver a mis hijos, no tengo como pagar un abogado que pueda enfrentarse al de mi mujer… los perderé para siempre, no los veré crecer. —¿Por qué un padre se ve en tan desesperada necesidad? —preguntó Harry ajustándose el cinturón de su pantalón, y Adam casi sonrió al verle ese gesto tan característico. Harry tenía un poco de sobrepeso, y los pantalones, no importaba quién los confeccionara, siempre se le escurrían. Pero era un buen hombre, un amigo muy querido de la universidad. —Porque cometí errores en el pasado, y sé que merezco pagarlos… pero no mis hijos, ellos no deben entrar en ese castigo—. Harry meneó la cabeza, como si ese argumento no lo convenciera mucho—. Adam Ellington me habló muy bien de usted, me dijo que era el mejor—. Eso, definitivamente, llamó su atención, y volvió a girarse a él. —Adam Ellington —dijo Harry—. ¿De qué lo conociste? —Por las casualidades de la vida. Sé que falleció… hace ya varios meses… —Seis meses. —Pero fue quien me habló de usted, de lo buenos amigos que eran, y fue quien también me dijo de su promesa, por eso sé… que podría ayudarme. Es mi última esperanza—. Harry lo miró otra vez de arriba abajo y apretando sus labios, como si en verdad evaluara la posibilidad de ayudarlo. —¿Tienes algo que hacer? —preguntó mirando su fino reloj. —Tengo un par de horas libres. —Sube conmigo —le dijo, y Adam asintió sonriendo. Había conseguido la ayuda que necesitaba, podría enfrentar los abogados de Tess, contratados por Raphael Branagan, de igual a igual. Adam Ellington, o, más bien, August Warden, no pudo evitar que Tess siguiera con el proceso de divorcio, pero sí consiguió que el juez le permitiera ver a los niños siempre que quisiera. Siempre. Había demostrado que era capaz de conservar un empleo, que ya no tenía vicios, y que, a pesar de los pecados pasados, era un hombre con derecho a regenerarse, a cambiar, y que demostraba preocupación infinita por su familia en la actualidad, pues había actuado heroicamente cuando se dio cuenta de que estaban robando en la casa de sus hijos. Cuando dio su testimonio, del corazón le salieron las palabras más bonitas, algunas dirigidas por Harry Baker, que, en vez de abogado, parecía poeta, pero no le pesó decirlas, porque las sentía de verdad, y así había logrado lo que no había imaginado siquiera tener: ver a sus hijos siempre que quisiera. Oh, la patria potestad la tendría Tess, ellos vivirían con ella, ella decidiría sobre su educación, y ella era la que mandaba, pero August podría ir a verlos todas las tardes si así quería, y eso la mortificaba a ella bastante. El divorcio era otro asunto. En eso no había podido ganar, pero no se desesperaría. De todos modos, pensó él cuando la reunión donde se dictaba el fallo del juez terminó, ella estaba casada era con el antiguo August Warden, no con él. —Quiero verlos, Tess —le dijo en voz baja. Ella tenía sus ojos cerrados. No se podía creer que hubiese perdido en esto, y él la entendía, pero había tenido que derrotarla—. Así que… iré hoy mismo a verlos. —Tanta desesperación ahora, cuando antes se te fueron los años sin hacer siquiera una llamada para preguntar cómo estaban. —Ese era el antiguo August Warden. El de ahora, moriría antes de dejar solos a esos niños otra vez… y a ti. —No te atrevas —amenazó ella mirándolo con ira cuando él intentó tocarla, y August retiró de inmediato su mano. —No, Tess. No me atrevería… Sé que te perdí. Pero al menos… ¿te puedo pedir que delante de los niños guardes tu odio hacia mí? No creo que quieras que ellos vean que sus padres se detestan. —Me será muy difícil fingir. —Lo sé. Eres una chica transparente y sin doblez. Eso siempre me gustó de ti—. August se dio la media vuelta, sin darse cuenta de que Tess lo miraba sumamente extrañada. Salió de la sala de audiencias y llegó hasta la calle. Una vez allí, miró al cielo y respiró profundo. Había ganado la primera batalla, y ahora se avecinaba la más dura, la más difícil: ganarse a Tess. Pero lo conseguiría, aunque se le fuera la vida en ello.
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