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3724 Words
Tess regresó un poco tarde en la noche. Se había quedado en casa de Heather lamentándose por haber perdido ante August en el juzgado, y de paso, Raphael le había contado todo lo que habían averiguado de su flamante ex marido. Heather le había pedido que se quedara a pasar la noche, pero Tess se había negado. Necesitaba tiempo para pensar, para acomodarse a su nueva realidad… otra vez. —Gracias, John —le dijo al chofer de Heather, que la había traído hasta aquí y la ayudaba con Rori, que dormía ya profundamente, mientras ella llevaba a Nicolle, también dormida. En un brazo llevaba el bolso en el que guardaba algunas cosas de los niños, y Kyle, algo cansado y adormilado, se aferraba a su mano libre. Antes de entrar los dos adultos se detuvieron, y John se puso en alerta cuando vio un sujeto acercarse desde la casa. —Un intruso —susurró John a Tess haciendo ademán de dejarle en brazos también a Rori para hacerse cargo, pero Tess lo detuvo. —No. Sólo es… August; el papá de mis hijos—. Vio a August apresurarse para tomar a Rori en sus brazos, y John lo miró fijamente. Tess sólo suspiró, sin decir nada, aunque él tampoco abrió su boca siquiera para saludar, y se adelantó a meter la llave en la puerta. Había olvidado completamente que él le había dicho que quería ver a los niños en la tarde, o tal vez era que no le había creído, pero al parecer, él estaba aquí desde que salieran del juzgado. Entraron a la casa y John los miró como si no se fiara de este desconocido, y Tess tuvo que sonreírle. —Todo está bien, John —le dijo—. Muchas gracias por la ayuda. —¿Está segura? —preguntó John aún reticente, mirando de reojo a August, que se quedó en medio de la sala con la niña en brazos. —No nos hará nada —lo tranquilizó Tess—. En un tiempo fue mi marido, y es capaz de muchas cosas, pero no de hacerme daño físico… ni a mí, ni a los niños. —Oh… Está bien entonces, supongo—. Tess asintió aún con Nicolle en sus brazos, y John hizo una ligera inclinación con su cabeza y salió. Tess dejó salir el aire y miró a August, pero este ya se encaminaba a la habitación de los niños. Eso le extrañó. ¿Cómo sabía él que era esa la habitación? Había ido como si ya conociera la casa. —¿Qué hacías aquí todavía a esta hora? —le preguntó cuando él dejó a Rori sobre su cama con cubrelecho rosa. August se inclinó y besó los cabellos de la niña, se sentó y le quitó los zapatos—. Te hice una pregunta, August —él se giró y la miró. —Te dije que quería verlos hoy mismo. —Pero… —Mamá —interrumpió Kyle— ¿quién es ese señor? —preguntó el niño todavía aferrado a su mano, y el corazón de Tess empezó a latir con fuerza al escuchar su pregunta. Era tan sencilla la respuesta, pero tan complicado darla… Vio a August levantarse y caminar despacio hacia ellos mirando a Kyle con mucha seriedad, se agachó frente a su hijo y le sonrió con un brillo de infinita ternura en sus ojos. August siempre había sido atractivo, pero esa sonrisa y esa mirada lo hacían ver increíble. Qué injusto era todo, pensó Tess apretando un poco más la mano de Kyle en la suya. —¿No me recuerdas? —le preguntó August al niño. Kyle lo miró un momento en silencio, y August posó su mano en la cabeza del pequeño, revolviendo un poco su oscuro cabello—. Soy yo, August… tu padre—. Tess quería cerrar sus ojos, huir un momento de lo que estaba pasando aquí, pero los dejó bien abiertos. —Te fuiste —dijo Kyle, y su tono parecía de reproche—. Ya me hice grande, y no venías. No nos querías. —Por el contrario —contestó August con tono sereno—. No hay nada que ame más en este mundo como a ustedes. Estuve lejos, sí… pero ya volví, y nada hará que me vuelva a ir—. Tess sintió al niño mover su mano dentro de la suya para soltarse, y la retuvo a la fuerza por unos segundos más. Tuvo que invocar toda la fuerza, todo el autocontrol para no tomar a su hijo y salir de allí en volandas. Pero esto debía hacerla feliz, se reprendió a sí misma, esto era lo que el niño necesitaba oírle decir a su padre; ella no debía impedirle acercarse a él, todo lo contrario, así que lo soltó. Llevaba mucho tiempo siendo la única en la vida de sus hijos, excusando la ausencia del padre, siendo ella todo para ellos… Él había vuelto, y si bien no iba a ser nada para ella, en la vida de sus hijos él no podía seguir siendo un extraño. August no movió ni su cabeza ni sus ojos para mirar a Tess, aunque sabía que ella estaba muy tensa y recelosa; su atención estaba toda en el niño de cabellos castaños como los de su madre, pero de ojos azules como los suyos. Ya tenía siete años, ya era casi un hombrecito. Tenía todo el derecho a hacer preguntas, y merecía sus respuestas, y él siguió mirándolo atentamente dispuesto a dárselas. —¿Es verdad? —preguntó Kyle—. ¿Nos quieres? —Con todo mi corazón —contestó August sin dilación—. A ti… a tus hermanas… y a tu mamá—. August notó que a Kyle le temblaban los labios. Estaba tratando de hacerse el fuerte, y no tenía por qué hacerlo, pero admiraba su resolución—. ¿Me dejas… abrazarte? —Kyle asintió con los ojos un poco humedecidos, y August abrió sus brazos dándole espacio al niño, que de inmediato se tiró a su pecho. Lo abrazó con fuerza, encerrándolo completamente en el círculo de sus brazos, y sintió al pequeño respirar con dificultad. —Te extrañé muchísimo —dijo Kyle en su hombro, y August sonrió con un dulce dolor en su corazón. —También yo. Perdóname, hijo… —No te vuelvas a ir. —Nunca. Te quiero, hijo mío. Perdóname por haberte dejado solo tanto tiempo—. El niño no dijo nada, pero a él no le importó, sólo siguió abrazándolo. Segundos después lo alejó un poco para besarle la frente, admirarlo bien de cerca, notar lo grande que estaba, felicitarlo por lo que fuera, y el niño sonrió mostrando unos hermosos hoyuelos. —¿Te quedarás a vivir aquí? ¿Como antes? —August sonrió con tristeza. —No hijo —le contestó, y miró de reojo a Tess, que seguía de pie, en silencio, y con Nicolle aún en sus brazos—. Debo ser castigado por mis errores. —¿Quién te va a castigar? —La vida, supongo. Pero no te preocupes, vendré a verlos a diario. —Con respecto a eso… —intervino Tess, y August al fin se enderezó y la miró—. No creo que puedas verlos realmente “a diario”. No es práctico. —¿Por qué no? —Porque yo trabajo, y supongo que también tú. —Tengo un horario flexible. —Sí, como lavaplatos en el restaurante de un hotel, pero… —No importa lo que me toque hacer. Vendré a verlos todos los días. —No los ilusiones con cosas como esa. —No estoy ilusionando vanamente, cumpliré mi palabra. —Perdóname si soy un poco escéptica, pero es que sé de primera mano que eres muy bueno rompiendo promesas e incumpliendo tu palabra—. August la miró en silencio por espacio de varios segundos, sin poder reprocharle su incredulidad. —¿Se van a divorciar? —preguntó Kyle con un poco de aprensión en su voz, y Tess tuvo que respirar profundo varias veces. August fue el que contestó. —Sí, hijo. —Pero… ¿Ya no se quieren? —Kyle… Estas cosas pasan… —le contestó Tess, y August siguió mirándola fijamente—. No tienes que temer… Tú… estarás bien. Estaremos bien. —Pero no quiero que se divorcien —se quejó Kyle mirándolos con su ceño fruncido—. Por fin papá volvió. ¿No puede quedarse aquí? Mamá, por favor. —No, eso no puede ser. Él ahora tiene su casa, ¿no es así? —August no había dejado de mirarla. Con los ojos, ella casi le ordenaba que no la contradijera. Elevó sus cejas y miró a Kyle. —No te preocupes, hijo. Estoy más cerca de lo que crees. —Acaso, ¿dónde vives? —preguntó Tess. August la miró y elevó una ceja. —A unas pocas calles de aquí. —¿Cómo conseguiste vivir tan cerca? —Tenía unos ahorros—. Tess tenía mil preguntas en la punta de la lengua, pero sólo se quedó allí, de pie, con el ceño fruncido. —Mañana tienes clase en la escuela, Kyle —advirtió Tess, y Kyle dejó caer los hombros. —Podría faltar —dijo—. Nunca he faltado, no me atrasaré mucho. —Eso no —le dijo August, y para suavizar un poco su tono, le puso una mano en el delgado hombro—. No te preocupes por mí, vendré a verte en cuanto pueda. Iremos a jugar a algún lugar si lo deseas. —¿Lo prometes? —preguntó el niño con ojos grandes y llenos de esperanza. August sonrió. —Claro que sí. Pero si faltas, creo que tendrás que quedarte en casa adelantándote. —No faltaré. ¿Me acompañas a dormirme? —Kyle… —Por supuesto que sí —contestó August interrumpiendo a Tess, y tomó la mano de su hijo y lo condujo hacia la otra cama, ésta con un cubrelecho azul con pequeños platillos voladores estampados. Tess se reusó a acostar a Nicolle, a perder de vista a August. Muchas veces, en el pasado, él se acostó al lado de sus hijos, les leyó un cuento y se quedó dormido junto a ellos. Ella tenía que ir a despertarlo para que fuera a su cama. August había disfrutado la paternidad, recordó, por un tiempo hizo todo lo que se esperaba de él… Pero luego pareció cansarse de esa vida, de esa rutina, y cuando supo que las cargas en vez de disminuir aumentarían con la llegada de un nuevo bebé, olvidó todo el amor que había dicho sentir por sus hijos y se fue. Era difícil olvidar, era difícil perdonar. August ayudó a Kyle a acostarse, le quitó los zapatos, le ayudó a ponerse el pijama y luego lo arropó, conversó unos minutos con él y le besó los cabellos al igual que Rori cuando al fin cerró los ojos. —No me quiero dormir —dijo Kyle con una sonrisa—. Es tan genial que estés aquí. —Tú lo has dicho —le dijo August—. Genial… y así será siempre. —¿Lo prometes? —Lo juro—. ¿Por qué estaba haciendo esto?, se preguntó Tess cerrando con fuerza sus ojos. August, sabía, era un hombre voluble, cambiante. Hoy era un entusiasta de la familia, la vida y el amor… pero en unas semanas estaría por allí, quejándose de las obligaciones, de la rutina, de no poder salir con sus amigos por tener que cuidar tres críos. Y los que sufrirían serían los niños, otra vez. —Deberías irte ya —dijo Tess en voz baja cuando supo que Kyle ya se había dormido. August se levantó suavemente de la cama y se le acercó. Se alarmó bastante cuando August hizo ademán de quitarle el peso de la niña, pero luego se relajó y dejó que él la alzara. Nicolle, dormida, se aferró a él y August sonrió y le besó la cabecita. —Son todos tan hermosos… —sonrió él, y en sus brazos, Nicolle se veía mucho más pequeña de lo que en realidad era—. No cabe duda de que tenemos una buena genética—. Tess no dijo nada. Una madre nunca podía decir nada en contra cuando alababan la belleza de sus hijos. August observó que no había una tercera cama para Nicolle en la habitación de los niños y miró a Tess interrogante. —Ella duerme conmigo —explicó ella, y señaló la puerta de su habitación. August entró a ella, y con cuidado dejó a la pequeña en un lado de la amplia cama. Miró el mobiliario, el papel de la pared, las cortinas, interiorizando todo—. No deberías prometerles tantas cosas a los niños —dijo Tess masajeándose un poco el brazo donde había tenido apoyada a Nicolle mientras salían de la habitación—. En un tiempo volverás a cansarte de ser un padre ejemplar, volverás a desaparecerte con tus amigos, volverás a dejarme sola, a llegar ebrio por la madrugada, y a maldecir la vida que elegiste. —¿Eso hice en el pasado? —Tess rio con sorna. —No me digas que no lo recuerdas, o que lo recuerdas diferente —August apretó los labios sin poder contestar—. Todas esas palabras bonitas que le acabas de decir a Kyle ya las habías dicho antes. Juraste estar con ellos siempre, prometías ir con ellos los domingos por un helado al parque, y luego era yo la que tenía que enjugar sus lágrimas porque los habías decepcionado, así una y otra vez… Para ti era más importante tu música, tu banda, cualquier otra cosa en el mundo… De último estábamos mis hijos y yo… —Y seguiste casada conmigo. —¡Eras el padre de mis hijos! —dijo Tess casi en un susurro, sin poderse creer que él le estuviera reprochando justo eso—. ¡Eras mi esposo, y cuando prometí estar contigo en las buenas y en las malas… lo hice en serio! Tenía fe… de que volverías en ti mismo… Pensaba que… era una crisis que estábamos pasando, que ya mejoraría, que pronto… volverías a ser el de antes. —Pero no fue así. —No —contestó ella y cerró sus ojos con deseos de llorar— Me defraudaste, August. Me fallaste, pero no sólo a mí, sino a esos chiquillos que te amaban con locura. Es por eso que jamás… podré volver a confiar en ti. No puedo, August. —Yo… no soy más ese August. —Pero, ¿qué es esa locura otra vez? —dijo ella entre dientes, mirándolo casi con odio—. ¿Acaso esperas que crea que de la noche a la mañana cambiaste? Por favor, ¡estabas usando otro nombre! —exclamó mirándolo con el ceño fruncido—. No tenías intenciones de volver. Tenías tratos sucios con traficantes y fulanas, portabas documentos falsos, estuviste en la cárcel… y de repente, ¿vuelves y esperas que yo te acepte otra vez? August, ¿qué clase de estúpida crees que soy? —Y también estuve al borde de la muerte —siguió August, sin rendirse—, y eso… me abrió los ojos en más de un sentido. Me hizo darme cuenta… de lo que es verdaderamente importante en este mundo. —Sí, estuviste en una clínica, pero no volviste de inmediato, tardaste otros tres meses… —Porque recapacitar, arrepentirse, volver al camino no es tan fácil, Tess… —Ay, por Dios… —Salí de esa clínica sin un centavo, sin documentos siquiera, sin… más que la ropa que llevaba puesta, pero con una nueva visión… un nuevo corazón, uno que no hizo sino pensar en ti desde que abrí los ojos. En ti… en mis hijos. Y tuve que recuperar mi nombre, reunir dinero porque me vi perdido en la otra punta del país, y entonces no hice más que trabajar, trabajar y trabajar para presentarme ante ti otra vez como alguien… medianamente digno… medianamente aceptable. No creas… no creas que te considero una estúpida. Jamás… eres la mujer más fuerte, más valiente que jamás conocí. Pudiste con una carga que el viejo August no fue capaz de llevar… y sola. ¿Estúpida? ¡Nunca! Eres admirable, y te respeto por eso, y… aunque suene confuso, y loco, y raro, me enorgullece que no ames ya a ese hombre que… una vez fui. Me admiro de que tengas la dignidad de divorciarte. Quiero que… olvides al viejo August… que ya no lo recuerdes más, ni para bien, ni para mal… Todas las palabras que dije allá en la comisaría, yo sólo… estaba probándote a ver en qué clase de mujer te habías convertido con el paso de las pruebas y las dificultades. —¿Qué? —Y pasaste la prueba, y con honores, y eso no hace más que llevarme a esto: Quiero estar contigo… No recuperarte, no; empezar de cero. —Empezar de cero con tres hijos, sí, claro. —Y quiero que me veas a mí. A este nuevo hombre que está delante de ti— Tess se secó una lágrima. —No es posible. —Oh, Tess… —Porque conocí a alguien —Él la miró con ojos grandes de sorpresa, desolado, completamente destrozado. —No… —Y delante de él… tú no eres más que basura. —¿Cuándo…? —empezó a hablar él, casi atragantado— ¿Estás… saliendo… con él? —Tess dejó salir una risita sarcástica. —Ese ya no es tu problema. —Sí lo es… —susurró August— Porque es mi corazón el que está destrozado ahora —Tess meneó su cabeza negando, como si aquello no le preocupara lo más mínimo. Vio a August cerrar sus ojos con fuerza, sacudir la cabeza y tomar aire—. Está bien. Haré que lo olvides. —No me hagas reír. —Conseguiré que me ames. No nuevamente, sino verdaderamente. —Qué… —Te amo, Tess… —¡Papá! —exclamó una pequeña vocecita, que interrumpió lo que seguramente Tess iba a contestar. Sus voces habían despertado a Nicolle, y la niña se había bajado de la cama y caminado hasta la pequeña sala, donde, de pie, habían estado hablando. Tess la miró sorprendida, sobre todo, cuando August la alzó, y ella, en vez de berrear y resistirse a ser alzada por un desconocido, rio encantada de la vida. —Hola, bella durmiente —la saludó August, como si simplemente fueran viejos amigos, como si todas las noches Nicolle se bajara de su cama para ir a buscar a su papá y jugar en sus brazos—. Pensé que estabas profundamente dormida. —Papá, papá —volvió a hablar Nicolle, y a continuación empezó a decir mil palabras por hora, muchas de ellas tan enredadas que no se podían entender. —Dámela —pidió Tess extendiendo los brazos hacia la pequeña, y Nicolle simplemente se aferró con brazos y piernas a August, mirándola a ella ceñuda. Tess no daba crédito a sus ojos. —Me quedaré hasta que se duerma. —Los volverás a ver mañana, ¿no es así? —Aun así… —Entonces vete ya. Estoy cansada —dijo cuando él abrió la boca para volver a hablar—, fue un día largo, y soy la primera que debe estar en pie para despachar a los pequeños a la escuela o la guardería. Oh, pero eso no lo sabes porque no estuviste aquí estos últimos años y no conoces las rutinas de una familia con niños en edad escolar. —Podría yo hacer esa tarea mañana, y tú dormirías aunque sea una hora más—. Tess había abierto la boca para protestar, pero la idea se coló como una traidora en su mente. Dormir una hora más, oh, qué sueño tan hermoso… —Claro que no —dijo en vez—. No vas a dormir aquí. No hay dónde… —No me molesta dormir en el sofá. —No, he dicho. Vete ya. —Tess, date cuenta que si tomas mi palabra, las cosas se te facilitarán mucho más. He venido dispuesto a… —A mortificarme la existencia, a eso has venido. —No es así… —Tess se apresuró a tomar a Nicolle de sus brazos, que no tardó en protestar y lloriquear—. Tess… —Es muy tarde, mañana debo madrugar. Te agradecería que te fueras—. Nicolle seguía llorando, y August dejó caer los hombros en signo de derrota. Se acercó mucho a Tess, pero cuando esta ya tenía intención de dar un paso atrás, August tomó el rostro de la niña, muy cerca del de Tess, y le besó la frente. —Te amo, preciosa —dijo con voz grave, arrulladora, y Tess sintió que una fuerte corriente eléctrica le recorría el cuerpo desde la cabeza hasta… todas partes—. Duerme bien, mañana volveré por ti—. Mágicamente, Nicolle dejó de llorar, y dócil, apoyó su cabeza en el hombro de su madre. Tess miró a August, que tenía su mirada fija en ella, hasta que dio la media vuelta y salió de la casa. Trastabilló hasta casi caer sentada en el sofá, y arrulló a la niña sintiendo los desbocados latidos de su corazón. Algo no andaba bien con este hombre. Algo era raro, distinto. Algo no andaba bien… Acostó a Nicolle, se dio una corta ducha y se metió a la cama todavía con el corazón acelerado. Algo no era igual, algo era distinto, pensó cerrando sus ojos obligándose a dormir, tratando de enumerar las razones por las que debía descansar. Y de repente se dio cuenta, y abrió sus ojos sintiéndose otra vez alterada. August no olía igual. Ni su cuerpo, ni su aliento, nada era igual. Una esposa se grababa a fuego el olor de su marido, el sabor de sus besos, de sus susurros, de su aliento, y el de August esta noche había sido diferente, lo había podido notar cuando se acercó tanto para decirle aquello a la niña, las palabras más bonitas… Era su olor. No era el de August.
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