El dolor en su rostro seguía ardiendo como si las huellas de los golpes de Francisco estuvieran grabadas en su piel. Pero no era solo el dolor físico lo que la sacudía; era el miedo constante que llevaba consigo.
Aquel hombre, su marido, había demostrado ser una bestia despiadada, un monstruo que se ocultaba tras una fachada de éxito, respeto y control. Los gritos, las amenazas, las humillaciones ya no eran algo nuevo, pero aquella vez había cruzado una línea que Paula ya no podía ignorar.
Había escuchado su conversación esa mañana, y el horror la invadió cuando las palabras de Francisco sobre el narcotráfico se clavaron como agujas en su mente. El hombre al que había creído conocer ,el que le prometió amor ,era el líder de un imperio de drogas y lo peor ,estaba dispuesto a destruir todo a su paso para protegerlo.
Paula no pudo quedarse quieta. No podía esperar más, no podía confiar en que Julián, con sus buenas intenciones, pudiera salvarla. El abogado le había dicho que tendría que esperar, que tenía que dar tiempo, pero no era solo su vida la que corría peligro. Su hijo, Sergio, lo sabía bien: las miradas del padre, su ira contenida, todo eso la aterraba. Aquel hombre había sido capaz de golpearla sin remordimiento, pero lo que más la asustaba era que pronto, de un momento a otro, podría darle una paliza a su hijo.
El miedo y la desesperación la envolvían, y aquella noche, mientras Sergio dormía en su cuna. Paula tomó una decisión irreversible. Ya no podía esperar más. Los días de incertidumbre se habían agotado. Necesitaba escapar antes de que Francisco se enterara de sus planes. Sabía que la buscaría, que no la dejaría ir tan fácilmente. Su única opción era huir tan lejos como fuera posible, sin dejar rastro.
A las tres de la madrugada, con el corazón acelerado, Paula se levantó con rapidez y preparó todo lo que necesitaba. Una maleta pequeña, solo lo esencial: ropa para ella y su hijo, documentos, y poco más. No podía cargar con más, no podía
que pudiera arriesgarse a ser descubierta. Tomo a Sergio en brazos ,lo arropó con ternura y lo beso en la frente ,temiendo que fuera la última vez que pudiera abrazarlo con calma. Aquel niño no merecía vivir en ese infierno.
Salió en silencio de la casa de Ana, su amiga que le había ofrecido refugio. Paula había conocido a Ana hacía poco tiempo, pero la confianza había sido inmediata. Ana no conocía la brutalidad de Francisco, pero Paula sabía que no podía quedarse allí. El rastro de su huida iba a ser demasiado fácil de seguir. Necesitaba algo más, un plan más audaz, una ruta que fuera imposible de rastrear.
Con el miedo a cuestas, se dirigió al aeropuerto de otra ciudad, lejos de donde Francisco podía rastrearla. Llegó allí como una sombra, perdida entre la multitud. No tenía mucho dinero ,pero sabía que debía llegar a algún lugar lejano, muy lejos de donde su marido pudiera encontrarla.Miro el primer vuelo disponible, y sin pensarlo dos veces, compró el billete a Alemania.
El miedo la estrujaba el estómago mientras esperaba en la sala de embarque. La incertidumbre la consumía. ¿Qué haría en otro país? ¿Cómo seguiría adelante? No tenía las respuestas, pero sí tenía una certeza: no podía regresar. No podía regresar a esa vida, a ese hombre. Su prioridad era proteger a Sergio, su único amor verdadero, su razón de existir.
El avión despegó con un ruido ensordecedor, y Paula se recostó en su asiento, mirando por la ventana mientras sentía cómo la distancia entre ella y Francisco aumentaba, aunque su miedo no desaparecía. Alemania parecía estar tan lejos, pero en su pecho solo había vacío. ¿Qué le esperaba? ¿Qué iba a hacer? Sin embargo, al mirar a Sergio dormir en sus brazos, supo que había hecho lo correcto. A su hijo le esperaba un futuro mejor, un futuro donde no tendría que vivir con el miedo de ver a su padre convertido en un monstruo. Pensamientos de Paula en el vuelo hacia Alemania
El rugido de los motores del avión le recordó lo irreversible de su decisión. Ya no había vuelta atrás. Paula miró por la pequeña ventanilla mientras las luces de la ciudad se volvían puntos distantes. Todo lo que conocía estaba desapareciendo rápidamente bajo el manto oscuro de la noche. Su hogar, su vida, incluso su identidad, quedaban atrás.
Miró a Sergio, dormido con la cabeza apoyada en su regazo, y le acarició suavemente el cabello. Era tan pequeño, tan inocente. Nunca debería haber vivido algo así. Pensó en cómo sus ojos llenos de lágrimas se clavaron en los suyos mientras Francisco gritaba, mientras ella intentaba protegerlo de un hombre que alguna vez creyó que la amaba. Ese hombre ya no existía, si es que alguna vez lo había hecho.
Paula intentó concentrarse en la respiración pausada de su hijo, usarla como un ancla para calmar la tormenta de pensamientos que la asfixiaba. Pero las imágenes de esa noche seguían reapareciendo. El dolor, el miedo, el golpe de sus puños. Sentía la ira de Francisco en su cuerpo como si aún estuviera ahí. Recordaba el sonido del palo de golf al impactar, el momento en que vio a su esposo caer al suelo, aturdido. Y, sobre todo, recordaba la sensación de desesperación cuando supo que no podía quedarse. No había tiempo para dudar ni para pensar en las consecuencias.
Había empacado lo esencial, aunque ahora, mirando la pequeña maleta a sus pies, se preguntaba si algo de eso realmente importaba. La única maleta que importaba era Sergio. Todo lo demás era reemplazable. Su ropa, sus recuerdos materiales, incluso su pasado. Pero su hijo no.
Cerró los ojos un momento, intentando ordenar sus pensamientos. Sabía que Alemania no era más que un refugio temporal. No tenía un plan concreto, solo sabía que necesitaba tiempo. Tiempo para pensar, para recuperarse, para encontrar la manera de proteger a su hijo de un hombre que lo había usado como un arma en su ira . "Francisco nunca lo tendrá , nunca más" , se prometió, apretando los dientes con fuerza .
Pensó en Julián . En cómo había confiado en él , dejándole esa carta que lo convertía en la única persona que podía ayudarla . Paula sabía que él haría todo lo posible para protegerla, pero también sabía que , desde donde estaba , no podía pedirle más . Había huido sin avisarle, sin darle oportunidad de detenerla, porque su miedo superaba cualquier otra emoción .
¿Había hecho lo correcto ? La pregunta se repetía una y otra vez en su mente, como un eco ensordecedor . Pero cuando miraba a Sergio , todo cobraba sentido . Había tomado una decisión difícil, sí, pero necesaria . El amor por su hijo era lo único que le daba fuerzas para enfrentarse al vacío del futuro .
El avión empezó a estabilizarse en el aire , y Paula respiró hondo. Era el principio de algo nuevo , algo aterrador y desconocido, pero también una oportunidad . No para ella, sino para Sergio. Ella podía vivir con el dolor y las cicatrices de su pasado, pero él merecía más . Merecía una vida donde no conociera el miedo, donde pudiera ser un niño feliz .
Apoyó la frente contra el vidrio frío y susurró, casi inaudible:
—Lo siento, hijo, pero mamá nunca dejará que te hagan daño. Nunca.
El destino le era incierto, pero Paula estaba dispuesta a enfrentarlo. Todo lo que importaba ahora era la seguridad de su hijo. La vida que había conocido ya no existía. Había dejado atrás todo, pero no podía llevarse consigo más que su amor por su pequeño. Ahora solo quedaba sobrevivir.
El sonido monótono del avión y la tenue luz de la cabina envolvían a Paula en una burbuja de pensamientos. Por primera vez en mucho tiempo, Francisco no estaba cerca, pero su sombra aún la perseguía. Cerró los ojos y dejó que el cansancio la invadiera, aunque sabía que no lograría dormir. La adrenalina aún recorría su cuerpo, manteniéndola en estado de alerta.
Unas lágrimas silenciosas resbalaron por su mejilla cuando recordó las últimas palabras que le dijo a Ana antes de salir de su casa: “No me busques. No trates de ayudarme. Es mejor que piensen que nunca estuve aquí”. Ana había querido insistir, pero Paula la detuvo con un abrazo tembloroso y un simple “Gracias por todo”. No podía arriesgarse a que la involucraran. Francisco no solo era peligroso; era despiadado.
Con un suspiro, miró su teléfono. Había dejado la tarjeta SIM en un taxi antes de llegar al aeropuerto, pero aun así, el reflejo de la pantalla negra le devolvió su propio rostro cansado y marcado por moretones. ¿Cuánto tiempo tardaría en sentirse libre de verdad? ¿Cuánto tiempo hasta que pudiera caminar por la calle sin temer que alguien la estuviera siguiendo?
De pronto, el llanto suave de Sergio la sacó de su ensimismamiento. Lo acunó con ternura, murmurando palabras tranquilizadoras. El niño se removió en su regazo y volvió a quedarse dormido. Paula besó su cabecita y, por un momento, sintió que todo valía la pena.
En algún lugar, Francisco despertaría y descubriría su ausencia. La furia lo consumiría, y ella lo sabía. No le cabía duda de que la buscaría. Pero esta vez, Paula no sería la mujer indefensa que él creía controlar. Había tomado una decisión y estaba dispuesta a enfrentar lo que fuera necesario para proteger a su hijo.
Respiró hondo y, con la frente apoyada contra la ventana, miró la inmensidad del cielo oscuro. No tenía certezas, no tenía respuestas, pero tenía una promesa: jamás permitiría que Francisco volviera a lastimarlos.