Narrador
Era una mañana como cualquier otra, pero el aire en la casa, esa vez, se sentía pesado, denso, como si algo fuera a romperse. Paula no podía dejar de mirar a su hijo, Sergio, de dos años, que jugaba tranquilo en el suelo, ajeno al peligro que acechaba en su hogar. Los gritos de su esposo, Francisco, siempre habían sido una constante, pero esa vez fue diferente.
Había entrado a la oficina sin pensar, como si algo la impulsara a hacerlo. La puerta estaba entreabierta, y pudo escuchar su voz, grave y furiosa, elevándose por encima de todo.
- Haz lo que tengas que hacer, si tienes que matarlo, que lo mate – dijo Francisco, con un tono tan frío que hizo que el corazón de Paula se detuviera por un instante.
Paula se quedó inmóvil en el umbral, con el pulso acelerado, temerosa de lo que pudiera escuchar a continuación. Francisco no era solo un hombre de negocios; también había algo oscuro en él, algo que siempre había preferido ignorar, pero que ahora comenzaba a ser imposible de pasar por alto.
El cargamento tiene que llegar al puerto, sí o sí. No me importa lo que tengas que hacer, no quiero perder un solo dólar - continuó Francisco, su voz llena de desesperación. - Tienes que hacer que el puerto se abra, asegúrate de que todo entre, todo. El día acordado, ¿me entiendes? Si tienes que romperle los huesos, hazlo, pero no me hagas perder el dinero.
Paula retrocedió un paso, el pánico se apoderó de ella. El narcotráfico, las drogas, lo que hasta ese momento había sido solo un rumor, ahora tenía una forma real, y la había alcanzado. Francisco, su marido, estaba metido en algo mucho más oscuro y peligroso de lo que había imaginado. Su mundo de apariencia se desmoronaba ante sus ojos.
De repente, la voz infantil de su hijo rompió el aire, dulce y llena de inocencia.
Mami, mami...
Sergio entró en la oficina, mirando a su madre con esos ojitos tan inocentes. Paula lo abrazó rápidamente, abrazando con fuerza al niño que todavía no entendía nada de lo que pasaba. Pero ella sí lo sabía. El miedo la envolvía, el miedo a que esa vida, esa mentira, acabara por destruirlo todo. Y el miedo a lo que pudiera hacerle a su hijo si las cosas llegaban demasiado lejos .
Francisco giró sobre sus talones al escuchar la voz de su hijo, y al ver a Paula de pie en la puerta, la furia le estalló en la cara . Sin pensarlo, avanzó hacia ella , y la agarró del brazo con fuerza, empujándola hacia adentro. La tiró contra el sillón con brutalidad , y Paula apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que comenzara a golpearla .
Cada golpe era como una explosión en su cuerpo, cada uno más fuerte que el anterior . La rabia en los ojos de Francisco no era solo por el hecho de que lo hubiera escuchado, sino por la humillación que él sentía al verla desafiar su autoridad . Paula intentó cubrirse , pero la fuerza de su marido era descomunal, y su mente, nublada por el dolor , apenas podía encontrar una salida .
De repente, escuchó a Sergio llorar . El sonido de su hijo llamándola la hizo reaccionar , y cuando su mirada se cruzó con la de Francisco, vio la maldad en sus ojos . Él estaba por levantarse, listo para golpear a su hijo . Paula no pensó, solo actuó .
No sabía de dónde sacó la fuerza .
No sabía cómo lo hizo , pero en ese instante , la rabia , el miedo y la desesperación la impulsaron a actuar. Con un grito ahogado, se lanzó sobre Francisco , tirándole la lámpara que estaba sobre la mesa de trabajo . La lámpara cayó con un estruendo, pero eso no fue suficiente . Se levantó con rapidez , buscando algo más, y sus ojos se posaron en el palo de golf que guardaba en la esquina . Lo tomó con ambas manos y, con todas sus fuerzas, le dio un golpe directo a Francisco . Lo golpeó tan fuerte que él cayó al suelo , inconsciente , sin poder reaccionar .
Con el corazón a mil por hora , Paula apenas podía creer lo que había hecho. No podía detenerse, no podía pensar. Solo sabía que tenía que irse, y tenía que irse rápido. Tomó la maleta que había preparado en secreto días antes, echando dentro las primeras ropas que encontró. Rápidamente metió lo que pudo, agarró a Sergio en brazos, y salió corriendo por la puerta. Debía escapar ,debía irse de esa casa ,no podía permitir que le hiciera daño a su hijo . Francisco estaba irreconocible,siempre la destrataba o le gritaba pero nunca la había golpeado . Su rostro parecía el mismo Diablo . No podía permitir que su hijo vuelva a pasar esa angustia de nuevo .El Dolor de su cuerpo no importaba debí escapar y nunca más volver .
El aire fresco de la mañana la golpeó, y el miedo la invadió. Pero también había algo más, una sensación de libertad, de ruptura con todo lo que había conocido.
Corrió hacia el centro de la ciudad, a la casa de su amiga Ana, alguien que nunca había conocido a Francisco y que, por lo tanto, no podía ser rastreada.
Ana fue la que la contactó con Julián, el abogado. Paula no podía confiar en nadie más, pero Julián parecía ser su única esperanza.
Lo único que importaba en ese momento era escapar, sobrevivir, y asegurarse de que, por primera vez en mucho tiempo, ella y su hijo estuvieran a salvo.
La casa, normalmente silenciosa a esa hora, parecía contener la respiración. Paula sabía que debía actuar rápido, pero cada ruido que hacía al moverse le parecía un estruendo. Su cuerpo temblaba, aún sintiendo el ardor de los golpes, pero el miedo era más fuerte que el dolor. Sergio sollozaba contra su pecho, su manita aferrada a su blusa como si sintiera que algo no estaba bien.
El pasillo hacia la salida se le hizo eterno. Pasó junto a la sala donde aún quedaban rastros de la última fiesta de Francisco: vasos de whisky a medio tomar, ceniceros repletos de cigarros, una chaqueta tirada sobre el sillón de cuero n***o. Todo eso era testigo de la vida que estaba dejando atrás.
Cuando llegó a la puerta principal, una duda fugaz cruzó su mente. ¿Y si Francisco despertaba antes de que ella lograra salir? ¿Y si alguien la veía y avisaba? Su respiración se aceleró, y la adrenalina corrió por sus venas como una corriente eléctrica. Miró a su hijo, quien se frotaba los ojos con cansancio. No, no podía dudar. Ya no había vuelta atrás.
Con sumo cuidado, giró la manija y abrió la puerta apenas lo suficiente para salir. Se deslizó al exterior con el corazón latiéndole en los oídos. El aire frío de la madrugada le golpeó el rostro, despejando un poco la neblina de miedo que la envolvía.
No podía usar su auto; tenía rastreador. Si Francisco se daba cuenta de que había escapado, lo primero que haría sería buscarla por todos los medios posibles. Así que caminó, con Sergio en brazos, hasta llegar a la avenida principal. Su única esperanza era encontrar un taxi antes de que alguien la viera y alertara a su esposo.
Cada paso le parecía un desafío. Cada sombra, un enemigo. Pero debía seguir.
Cuando por fin un taxi se detuvo, Paula sintió una punzada de alivio. Se subió apresurada, sin siquiera mirar al conductor.
—Por favor, lléveme al centro —dijo con la voz entrecortada.
El hombre asintió sin hacer preguntas, y el auto se puso en marcha.
Mientras avanzaban por la ciudad adormecida, Paula no podía evitar mirar por la ventana cada pocos segundos, esperando ver algún coche conocido, algún indicio de que la estaban siguiendo. Pero todo estaba en calma. Aún tenía una oportunidad.
El trayecto hasta la casa de Ana fue corto, pero para Paula se sintió eterna. Cuando el taxi se detuvo, buscó dinero en su bolso con manos temblorosas. Al pagarlo, se bajó rápidamente y se dirigió a la puerta.
Tocó tres veces, esperando con ansiedad. No pasaron ni dos minutos cuando Ana abrió, con el rostro confundido por la visita inesperada.
—Paula… ¿qué pasó? —preguntó, viendo su estado.
Paula no pudo contener más las lágrimas.
—Necesito ayuda —susurró, sosteniendo a Sergio con más fuerza—. No puedo volver a casa.
Ana no dudó ni un segundo. La hizo entrar y cerró la puerta con llave.
Horas después, cuando el sol comenzaba a salir, Paula estaba sentada en el sofá de Ana, con una taza de té caliente en las manos. Su amiga la miraba con preocupación.
—Paula, lo que me contaste… esto es grave. No puedes simplemente esconderte aquí. Francisco va a buscarte.
—Lo sé —susurró Paula—, pero no tengo a dónde ir.
Ana suspiró, como si sopesara todas las opciones en su mente.
—Tengo un contacto. Un abogado. Es discreto y sabe cómo manejar estas cosas
Ana fue la que la contactó con el abogado. Paula no podía confiar en nadie más, pero Julián parecía ser su única esperanza. Aquel hombre, aunque extraño en un principio, había sido su salvación.
Lo que no sabía Paula era que ese encuentro con Julián sería el comienzo de un nuevo capítulo en su vida, uno lleno de incertidumbres y miedos, pero también de la posibilidad de un futuro diferente.
El nombre no significaba nada para Paula, pero en ese momento, cualquier ayuda era bienvenida.
—¿Puedes contactarlo? —preguntó, con la voz temblorosa.
Ana asintió y tomó su teléfono.
Horas después, Paula estaba sentada frente a un hombre de traje oscuro, con un semblante serio pero amable. Julián la observó en silencio por unos segundos antes de hablar.
—Si realmente quieres desaparecer, vas a tener que hacer muchas cosas, Paula. Esto no es solo dejar a tu esposo. Francisco es un hombre peligroso.
Ella tragó saliva y miró a Sergio, dormido en su regazo.
—Haría lo que fuera por mi hijo —susurró.
Julián sostuvo su mirada.
—Entonces, tenemos trabajo que hacer.
Y así, sin saberlo, Paula acababa de dar el primer paso hacia una nueva vida. Una que jamás imaginó que tendría que empezar.