Capitulo 8: La propuesta, Parte II
El sonrojo ahora cubrió hasta mis orejas y tuve que tomar agua al mismo tiempo que apreté las piernas al sentir que todo mi cuerpo se calentó ante sus palabras.
Este hombre era muy directo y ya estaba empezando a hablar de cosas sexuales, sin embargo no me molestaba, más que eso; me intrigaba mucho.
—Te has sonrojado —comentó.
¿Como no hacerlo?
Dejé el vaso en la mesa y cuando me calmé un poco dije:
—Es que eres muy directo e intenso, señor.
Él pareció complacido cuando lo llamé “Señor”, probablemente, creo que yo también le estaba coqueteando, pero me estaba gustando esta conversación picosa y llena de coqueteo.
—Somos adultos —dijo alzando una ceja—, ¿te incomoda que te hable de sexo?
¿Incomodarme?
Sentía que iba a arder como un incendio.
—No —admití, pero sin duda mi cuerpo respondía de manera diferente, respondía ante sus palabras.
—¿Te gusta que te hable de todas las posiciones posibles? —continuó diciendo— ¿Y de todas las zonas sensibles en la que puedes gritar de placer?
Apreté los labios, sentía que me había quedado sin respiración, miré alrededor de la mesa, es decir todos hablaban sumidos en sus propias conversaciones, pero de repente entré en tierra recordando que era un lugar público y estábamos hablando de estas cosas pervertidas.
Por un momento me sentí muy zorra, es decir, tenía pareja; una con la que estaba inconforme, pero igual seguía viviendo con esa persona.
—Esta no es una conversación que tendrías con un amigo. —dije atreviéndome a mirarlo otra vez, él no había apartado la mirada de la mía.
—¿Por qué no? —sonrió levemente— A menos, que no me veas como un amigo, sino como alguien con el que quieres experimentar todo esto.
Uhm.
En realidad ahora por su culpa empezaba a imaginármelo en una habitación, él sobre mí, yo sobre él, ambos jadeando de placer... joder, sentí que me sonrojé aun más, tomé el resto de mi agua como si fuera Whisky.
—Disfrutas el sexo —dije en un susurro inclinándome hacia él temiendo que alguien me escuchara—, bien, ya lo expusiste, pero...
—¿Pero? —preguntó alzando una ceja.
Lo miré y dije:
—Siento que hay algo más.
Su manera indiscreta, misteriosa y a la vez desafiante, me advertía que no me decía todas sus intenciones.
Él se echó hacia atrás y sus labios se estiraron en una ligera sonrisa diciendo:
—Me gusta los roles —soltó.
—¿Roles? —pregunté incrédula.
—Me gusta mandar —dijo—, dominar...
—¿El sadomasoquismo? —pregunté y mis mejillas se acaloraron, realmente no pensé que eso existiera en la vida real.
Sonrió.
—Me gusta que el placer esté al borde del dolor y busco una esclava s****l que quiera someterse al placer de mis antojos.
¿Esclava s****l?
¿Pero qué...?
—¿Que te hace creer que querré hacer eso? —dije sin saber si bromeaba o hablaba en serio, a juzgar por su rostro serio; hablaba en serio.
—No te lo he propuesto —dijo con algo de burla—, solo es una conversación de amigos.
Sentí mis mejillas sonrojarse, este maldito estaba eligiendo y jugando con sus palabras, porque parecía una propuesta y a la vez una conversación, joder, me sentía acalorada.
—Suena muy interesante ¿cierto? —dijo Cristian alzando una ceja.
Lo miré sin comprender y él continuó diciendo:
—Que te hagan jadear y sentir viva, consumir el deseo y la tensión s****l, como ésta; la que estoy sintiendo contigo justo ahora.
—¿Conmigo? —pregunté.
Eso sí era algo más directo.
Sus ojos se deslizaron al escote de mi vestido y subieron a mi rostro, estremeciéndome al sentir que me tocó sin hacerlo.
—La manera en la que tus pezones chocan con la tela y aprietas las piernas —dijo—, tienes un cuerpo que se vería exquisito en todas las posiciones que me he imaginado desde que te vi en ese vestido.
Oh...
Eso sí fue muy explicito.
—Cris... —dije para intentar detenerlo, pero él continuó diciendo:
—Ahora si es una propuesta pulguita, me encantaría irnos de aquí e iniciar a jugar, y si te gusta, continuar haciéndolo, solo si lo deseas.
Me quedé sin aliento.
—Yo... —susurré y mi voz se perdió.
¿Jugar a ser su esclava?
Me había quedado muda y a la vez completamente intrigada ante la idea del placer.
—Tampoco hay presión —dijo con una ligera sonrisa malévola—, puedo darte tiempo para que lo pienses.
—Creo que necesito irme —dije sintiendo que mi cuerpo entero iba a quemarse vivo de lo caliente y sonrojado que estaba.
—¿Quieres irte? —preguntó y no sabría decir si estaba o no decepcionado.
—Sí —dije, necesitaba huir de aquí, estaba echa un manojo de nervios, estaba nerviosa y ansiosa.
—Está bien —aceptó.
Fuimos al auto en silencio, mi cabeza echa un remolino y a la vez mucha mas curiosa que antes al saber que él era un completo mundo desconocido.
Me llevó y se detuvo frente a la puerta de mi departamento, cuando me incliné para abrir la puerta me colocó una mano en mi pierna deteniéndome, me sobresalté ante su atrevimiento descarado y otra parte de mí le gustó que me tocara, su toque quemándome en la piel, sentía mis pezones sensibles contra la tela, era algo más que el frio, era deseo.
Voltee a mirarlo encontrándome con sus ojos azules, él me enseñó el collar en su mano.
El collar de mi madre.
—¿Me permites colocártelo? —preguntó.
Realmente se me había olvidado por qué acepté la cena en primer lugar; por este collar.
Afirmé con la cabeza, no era capaz de hablar, estaba al borde de ceder a mis deseos, estaba que no podía permanecer tranquila.
Se acercó a mí y yo me recogí el pelo alzándolo para dejar mi cuello al desnudo, él me lo colocó podía sentir sus dedos rozarme la piel; quemándome, su aliento a centímetros en mi cuello estremeciéndome, cerré los ojos mordiendo mis labios, estaba tan cerca... y yo estaba tan urgida.
De repente susurró a mi oído:
—Piénsalo, me muero de ganas de que aceptes.
Se separó de mí dejándome con el vacío de su toque y me quedé completamente aturdida.
—Adiós, pulguita. —dijo.
No le respondí.
Ay Dios, ¿pero qué pasaba conmigo?
Solo salí del auto y entré temblando, sonrojada y humedecida entre mis piernas por tan solo su susurro a mi oído.
¿Tan urgida estaba de que me hicieran sentir deseada otra vez?
Tomé las flores que había dejado en la recepción y al subir a mi apartamento las dejé en agua, aún Henry estaba jugando videojuegos, no se había movido ni un poco ni me saludó al llegar.
Sentí mi cabeza hecha un caos.
Fui a cambiarme y me acosté solamente pensando en la cita y en lo que hizo este hombre con solo proponerme probar este juego...
Al tiempo sentí que Henry se acostó en su lado de la cama, yo aun con los ojos abierto veía a la ventana imaginando qué hubiera pasado si hubiera aceptado la propuesta del señor Ferrari...
O... qué ocurría si lo llamaba y aceptaba ser su esclava.