Capitulo 7: La propuesta, parte I
Sus ojos azules me dieron un escaneo completo desde la punta de mis pies hasta mi rostro, llegué frente a él y me detuve sintiendo que todo mi cuerpo estaba temblando, cuando amplió su sonrisa sentía que iba a desmayarme.
Todo de él se veía peligroso y atrayente, me asustaba de la misma forma en la que me fascinaba.
—Estas hermosa, pulguita. —susurró, su voz profunda me erizó la piel.
Sentí sonrojarme, pero es que no entendía por qué su simple forma de decir “pulguita” hacia mí, sonaba tan sensual.
Debía de estar mal... pero entonces, no quería estar bien.
—Lo mismo digo de usted, señor Cristian —dije, y no mentía, Cristian llevaba un lindo suéter de color azul oscuro que resaltaba sus penetrantes ojos azules y los músculos de su torso y brazos, pantalón n***o y zapatos negros lustrosos; estaba muy atractivo como siempre.
—Señor. —repitió y pude ver un ligero brillo en sus ojos ante esa palabra.
—¿Te puedo llamar señor? —pregunté sin saber si eso lo ofendía.
Él fijó la mirada en la mía estirando sus labios en una ligera sonrisa y murmuró:
—Señor es mi palabra favorita si sale de tus labios.
Su mirada se quedó trabada en la mía de manera intensa, sentía el calor subir a mis mejillas y por un instante dejé de respirar, pero es que sentía que hablábamos en otro contexto.
—Son para ti —dijo Cristian extendiéndome el enorme ramo de flores rojas.
No recordaba que nadie me hubiera regalado flores antes, mucho menos unas tan lindas.
—Muchas gracias —susurré tomando las flores; olían divinas.
Las dejé en recepción con agua y luego volví a donde estaba Cristian.
Él sonrió como única respuesta, me abrió la puerta y me ayudó a subir a la camioneta, tantos lujos me parecía algo inexplicable de describir, jamás me imaginé poder subirme a un auto lujoso.
Nunca me habían tratado así, creo que nunca tuve una cita en realidad, con Henry todo fue un amor de apenas unas semanas antes de toda la catástrofe que sucedió... claro que, prefería no pensar en eso.
Cristian dio la vuelta y se subió empezando a manejar, la manera en la que sus brazos se contraían al mover el volante, dulce jesus, pero es que se las arreglaba para ser sexi sin esfuerzo.
Él me miró y yo cambié la mirada al frente, no quería que creyera que era una clase de desesperada, es decir, para él yo tenía novio.
—¿A donde vamos? —pregunté para hacer tema de conversación.
—Te llevaré a cenar uno de mis lugares favoritos —dijo.
—¿Por qué es tu favorito? —pregunté con curiosidad.
—Ya verás. —prometió y me emocioné con la idea.
Llegamos al restaurante, era muy elegante, había mucha gente, para mí era extraña la vida nocturna, yo no solía salir de noche o salir en general a algún lugar que no fuera el trabajo.
Tomamos asiento en una de las mesas apartadas y mordí mis labios mirando el lugar.
—¿Estás nerviosa? —preguntó de repente capturando mi atención.
Alcé la vista saliendo de mis pensamientos notando que él mantenía su mirada fija en la mía, pero es que este hombre sabía como ser intenso e intimidante a la vez solo con una mirada.
Sentía que me traspasaba.
—Solo un poco —admití.
—No deberías —dijo y sonrió un poco—, solo quiero cenar contigo y posiblemente... comer postre.
Cuando dijo eso ultimo, tragué pesadamente saliva y mi rostro entero se sonrojó.
Eso fue una indirecta muy directa lo de comer postre.
Aclaré mi garganta y pregunté:
—¿Por qué estoy aquí?
Él inclinó la cabeza a un lado y respondió:
—Dímelo tú.
—Para que me des mi collar —dije como si ese hubiera sido mi único motivo y no el hecho de que este hombre me parecía fascinante.
Él llevó su mano al bolsillo de su pantalón y sacó la cadena dorada.
—Cumplo con mi palabra —dijo enseñándomelo.
De repente trajeron la comida me sorprendí porque ni siquiera habíamos pedido, pero de seguro ya Cristian había reservado esto porque todos parecían atendernos con más atención y llamarlo a él “señor Ferrari”, era un plato muy elegante, nunca había visto algo tan bien presentado, apenas probé un bocado sentí que rozaba el cielo.
Era la gloria.
—Es un collar muy lindo, delicado —dijo Cristian—, sofisticado y algo misterioso, justo como te describiría a ti.
Sonreí un poco.
—Tienes una buena forma de seducir. —dije, él sonrió.
—Me gusta seducir, también me gustan diversas cosas —tomó un poco de su vino sosteniendo mi mirada cuando dijo:— Me gusta que obedezcan y disfruten conmigo el placer.
Dejé de respirar sin saber por qué.
—¿El placer? —pregunté incrédula.
Relamió sus labios echándose hacia adelante un poco y murmuró:
—Me gusta mucho experimentar distintos placeres, sobre todo, dominar todo lo que sucede en la cama.
¿Uh?