Capitulo 5: La oficina del señor Cristian
Basta, tenía que controlar mis emociones y mis impulsos, no podía estar a la merced de este hombre que había acabado de conocer.
Pero es que... me removía todo, no sabía por qué, nunca me había sentido de esta manera, con el pecho oprimiéndome, las mariposas revolviéndose en mi estómago y mis manos temblando solo por estar bajo su mirada.
—¿Por qué me llamas pulguita? —pregunté haciéndome la indiferente, intentando romper el hielo de mis nervios.
Él no cambió su gesto confiado.
—Porque eres pequeña y tienes ojos saltones —se limitó a decir como si fuera suficiente explicación.
Uhm, seguía sin comprender por qué me llamaba de esa manera tan rara, para la palabra pulga significaba algo asqueroso que tenían los perros sin embargo él lo decía como un apodo dulce y... debía de estar mal que me sintiera a gusto con esa forma de llamarme.
—¿Trajiste mis asuntos? —preguntó Cristian.
Por un momento tarde en enfocarme en lo que me estaba hablando y afirmé con la cabeza enseñándole la bolsa que traía conmigo con el chaleco y la camisa blanca.
—Sí —dije.
—A ver —mandó.
Me acerqué a su escritorio a paso lento, él no quitó la mirada de la mía como todo un rey que tiene el mundo a sus pies, yo solo quería poder recordar respirar correctamente.
Dejé las bolsas frente a su escritorio, él apenas las miró, y luego se levantó acomodándose el chaleco que llevaba puesto, al parecer se había cambiado de la ropa que tenía puesta esta mañana.
Él dio la vuelta a su escritorio y se quedó frente a mí a una distancia razonable, pero aun así me hizo temblar ante su cercanía.
Podía escuchar los latidos de mi corazón muy fuerte en mis oídos.
Tranquila, Mica, joder, debes calmarte.
Tomé una profunda respiración y me crucé de brazos como si fuera una barrera entre los dos que me protegiera y me hiciera sentir inmune a su penetrante mirada.
Joder, pero es que este hombre era muy imponente, era demasiado atractivo como para ser real, ni en mis mejores sueños me imaginé hablando con alguien como él que parecía tener el mundo a sus pies mientra yo apenas tenía los pies en el mundo.
—¿Quieres verme la cara de tonto, pulguita? —preguntó.
Oh, oh...
Sentí mi rostro entero sonrojarse, ahora parecía ligeramente más serio.
—No señor, ¿por qué dice eso? —pregunté intentando hacerme la loca de mi obvia mentira.
Él dio un paso más hacia mí y aguanté la respiración.
—Porque esos trajes no son los míos —dijo Cristian.
Mierda.
Se dio cuenta.
Mi unica salida era hacerme la desentendida.
—¿Por qué piensa eso? Ni lo ha visto —dije, ni siquiera lo había sacado de la bolsa.
—En primera —dijo Cristian y miró la bolsa—, el tono no es.
Alzó la mano y tocó la tela del saco haciendo una mueca.
—Esa textura no es la suave que yo suelo usar. —siguió descartando mi inútil intento de engañarlo.
Él tocó la camisa y arrugó la nariz de manera despectiva.
—Sus botones no son blancos, son amarillentos y de otra marca, pero admito que intentaste hacer un esfuerzo quitando la etiqueta.
Sus ojos azules se enfocaron en mí y yo solo quería que me tragara la tierra cuando dijo:
—Entonces dime pulguita, ¿qué pasó con mi ropa?
Tomé una profunda respiración, ya no tenía escapatoria.
—Dejé la chaqueta y la camisa en el avión por accidente —admití.
Él apretó los labios pareciendo entender mi ineptitud.
—Las pedí en cuanto me di cuenta —le expliqué—, pero no tuve respuesta, dijeron que no había nada en el avión.
Él acarició su mandíbula con sus largos dedos de manera pensativa.
—Entiendo. —dijo.
—¿De verdad? —pregunté incrédula, me parecía raro que no estuviera molesto o algo así, es decir, le perdí su costosísima ropa de marca en un avión por un descuido.
—Claro —dijo sin dejar de mi mirarme y sonrió.
Raro...
—Okey... entonces —dije—, ¿me darás mi collar?
—No —dijo con simpleza.
Lo miré sin comprender, es decir, me estaba diciendo que no tenía problemas con esto y parecía conforme y tranquilo.
—Pero... —murmuré sin comprender, él dio otro paso hacia mí acaparando mi espacio personal y dijo:
—¿Por qué te daría el collar si perdiste mi ropa?
¿Entonces no me entendía...?
Maldición, ahora sabía que no eran buenas noticias porque no aceptó el cambio.
—Por favor —dije—, es algo muy importante para mí.
Él se encogió de hombros.
—No me convence —dijo.
¿Qué no lo convencía? ¿acaso quería verme llorar? De seguro lo haría si no me daba lo más preciado que tenía.
—Me lo dio mi madre cuando vivía con ella —dije—, tengo casi una década sin verla.
Él entrecerró los ojos.
—Vale, te propongo algo —soltó.
Me quedé mirándolo, ¿una propuesta? Bueno, eso era algo inesperado.
—¿Qué? —pregunté con curiosidad de lo que fuera a decirme, una solución.
Él sonrió sin apartar la mirada de la mía.
—¿Me aceptas una cita? —preguntó.
¿Qué?
¿Una cita?
Sentí mi rostro entero sonrojarse y lo miré incrédula.
—¿Una cita, en plan romántico?
Aun mi cerebro no asimilaba que él quisiera invitarme a alguna clase de cita o que tuviera algun tipo de interés hacia mí es decir... estaba muy fuera de mi alcance.
Las cosas como son, cada quién sabía que estándar físico tenía y definitivamente él y yo no parecíamos del mismo plano.
—Pues no soy de romance —dijo Cristian, su mirada fija en la mía—, pero me gustaría comer contigo y hablar de algo más.
¿hablar de algo más?
—¿Algo más como qué? —pregunté.
Él estiró la comisura de sus labios.
—Lo sabrás si aceptas. —respondió.
Sentía que había algo más entre líneas de esta supuesta cita, algo oscuro y siniestro... bueno, no tan siniestro pero aún así algo raro.
Estuve muy tentada a decir que sí, pero luego recordé que de hecho yo no estaba soltera.
—No, es que tengo novio —dije.
Él no cambió los gesto de su rostro.
—¿Y? —alzó una ceja— quiero salir contigo, no con tu novio.
Uhm, lo que diría un infiel o un hombre que solo quiere divertirse.
Si él quería algo conmigo de seguro que sería cosa de una noche.
Que decepción.
—Si aceptas —dijo Cristian—, te doy el collar esta noche y olvidaré que perdiste mi ropa, piénsalo, una buena cena, no pasará nada más si tú no quieres que nada más pase.
Uhm, eso sonaba muy bien para mí.
Realmente, bien, una buena cena y me devolvía mi collar.
Astuto, muy astuto.
—Vale —dije—, ¿a que hora?
Solo sería una cena, mi novio no tenía por qué enterarse porque nada iba a pasar, Cristian era solo mi amigo.
Cristian amplió su sonrisa ligeramente complacido, aferré los brazos aún más a mi alrededor como si de repente tuviera frio porque no podía dejar de estremecerme.
—A las 7 —dijo Cristian—, a cenar, te buscaré.
Tragué pesadamente saliva.
Ahora era un hecho, mi corazón estaba desenfrenado al pensar en que esta noche lo volvería a ver.
Mi tentación personal.
—Vale. —dije.
Él mantuvo su sonrisa y dijo:
—Vale —señaló la puerta con su barbilla—, Tom te llevará a tu casa.
Oh, ya me estaba echando de su oficina, al menos iban a llevarme.
Eran las 3:40 de la tarde, tenía unas horas para arreglarme.
Que nervios, mi corazón estaba completamente acelerado al saber que en unas horas saldríamos y... un momento, nada iba a pasar porque solo era eso, una cena.
Tenía que frenar mis pensamientos, pero aún así, la ansiedad me hacía sudar las manos.
Salí de ahí de su oficina, ahora sabiendo que tenía una cita con Cristian Ferrari; un productor importante en solo unas horas y sin saber que esa noche, todo cambiaría ante su propuesta inesperada.