Sobre el costoso y fino mueble se encontraba Constanza, abrazada a su amiga, quien desahogaba sus penas y el profundo dolor que sentía. Cuando se escucharon pasos acercándose, la mujer lastimada se alejó de su amiga. Al percatarse del ilustre caballero que había ingresado, rápidamente colocó sus gafas oscuras y ocultó los negros moretones que rodeaban sus ojos. —Amor...— Emocionada, Constanza Báez se levantó y abrazó a su esposo. De la misma forma, él la recibió dándole un apasionado beso. —¿No salías mañana?— cuestionó, al limpiar el labio humedecido de su amado. —Sí, pero quise adelantarme— explicó Fernando, mirando fijamente a Lourdes. Aunque ella trató de ocultar sus moretones, él ya los había visto. —Lourdes, tenías semanas sin visitarnos— dijo, con la mirada clavada en el suelo.

