Capítulo VIII

1956 Words
Roxanne Dupont acomodaba sus cosas para retirarse había recibido un mensaje de su hermano citandola en un pequeño bar cerca de su casa, le decía que era un tema urgente por lo que había avisado a Danilo, su marido que llegaría tarde, había recibido un simple “ok” como respuesta, la joven rubia sabía que eso no era lo que su marido esperaba cuando se casaron, ahora pasaba más tiempo en compañía de su hermano, pero amaba a Danilo Hendel por el hecho de que la comprendía o eso creía, muchas veces cuando estiramos demasiado, todo puede romperse. Los pensamientos de la joven rubia se vieron interrumpidos cuando una molesta pelinegra caminaba hacia ella. — ¿Está Mitchell?. — Señorita Roux ¿le puedo ayudar en algo? luce molesta — Roxanne sonrió a la mujer que hizo una mueca ignorandola antes de entrar a la oficina sin dar aviso. — Grosera — dijo en voz baja Roxanne antes de terminar de tomar sus cosas y apremiando el paso para salir de ahí. Dentro de aquella oficina que en la puerta rezaba Director Ejecutivo, Mitchell Betancourt se sorprendió cuando vio entrar a Aimee Roux. — ¿Aimee?. — Mitchell…necesitamos hablar. El joven de cabellos oscuros frunció el ceño, vio la mirada nerviosa en la mujer frente a él, la vio morderse su labio inferior y comprendió para su desgracia que hacía Aimee Roux ahí, no puedo evitar cruzarse de brazos recargándose sobre el escritorio. — Creo que no me sorprende verte aquí, realmente esperaba que lo que dijo Leonard Morin hubiese sido mentira. — Todo tiene una explicación. — Te escucho Aimee, porque aunque tengamos una vieja amistad, dejame decirte algo nuevo sobre mí, odio que me utilicen. — Pues a mi no me gusta que me hablen de esa manera Mitchell. — Somos adultos Aimee, di la cosas de frente, como son. La joven hizo una mueca, quizá Devon tuviera razón también en esa ocasión ¿Podía confiar en Mitchell Betancourt aun sin conocerlo? ¿Quedaba algo del Mitchell de quince años que tanto quería?. Esas respuestas le tomarían tiempo averiguarlo, ahora necesitaba una rápida solución. — Quiero que dejes en paz a Leonard Morin, que siga trabajando sin problemas. — ¿Por qué?. — Mitchell tú has dicho que dejemos el pasado atrás, que retomemos una nueva amistad ¿no es así?. — ¿Y mentir es un buen comienzo?. — No te mentí, solo tengo que confiar de nuevo en ti. Mitchell Betancourt suspiró, extendió la mano hacia la pelinegra que dudosa la tomó. — ¿Y yo Aimee? — Mitchell apretó la mano suavemente — ¿No crees que estoy a ciegas confiando en ti?. Aimee Roux carraspeó, por un momento se sentía de nuevo como aquella chiquilla adolescente, un calor comenzó a subir por sus mejillas lo que la hizo concentrarse de nuevo en el hombre frente a ella. — Solo, dame tiempo Mitch. El joven sonrió ante aquel diminutivo, Aimee siempre solía llamarlo así. — ¿Qué te parece ir por algo de beber? Devon nos puede acompañar. — En realidad he quedado de cenar con mis abuelos. — Sería grandioso ver a la señora Rita y claro también al señor Roux. La joven pelinegra sonrió, el aura que imponía su abuelo años atrás ya no era la misma de hoy en día, pero entendía el miedo que entonces solía sentir Mitchell por el gran Donald Roux cuando solo era un niño, aunque no más que Devon, por lo menos a Mitchell lo solía tener a consideración. — Supongo que está bien, les encantará verte. El pequeño pub que se encontraba a unas cuadras de la casa de los Dupont, tenía un enorme letrero que decía “14hrs” como nombre de aquel lugar. Desde que se había abierto cuando Lionnel Dupont era un adolescente con apenas quince años, solía ir con Charlie Chevalier a robar una que otra botella de cerveza y beberla junto al río San Lorenzo, ahora no tenían que infringir la ley a sus treinta años podían pagarse toda la cerveza que querían. En ese momento el hombre de cabellos rubios movía el poco líquido que quedaba dentro de la botella, su hermana le había mandado un texto diciéndole que llegaría en cinco minutos. — Eh hombre, hace cuánto que no venias por aca. Lionnel se giró hacia un hombre de unos cincuenta años, sus canas se comenzaban a asomar; Klaus Harris era el dueño de aquel pub, los había cachado a él y a Charlie en un intento de robo y les había hecho pagar limpiando aquel lugar de pies a cabeza, con el tiempo se habían hecho grandes amigos. — Klaus, qué gusto verte. El hombre de canas se acercó haciendo una seña a su bartender para que le sirviera una cerveza, se dejó caer junto al rubio. — Muchacho, desde que entraste a la academia cada vez los veía menos, me alegra que se hayan reformado. — Éramos jóvenes Klaus — Lionnel encendió un cigarrillo. — Ya, pues sabían lo que hacían, he escuchado que ahora eres detective. Lionnel asintió dejando escapar el humo del cigarrillo, agradecía que en aquel lugar Klaus no hubiera puesto la restricción de prohibido fumar. — Eso merece una celebración. — No es como esperaba, no creo que tenga mucho que celebrar. — Muchas veces nos creamos expectativas demasiado altas muchacho, pero al final hay que aprender a no correr, sino a caminar. Los dos hombres se vieron interrumpidos con la llegada de una joven rubia; Klaus Harris la había reconocido al instante, le sonrió al hombre a su lado antes de caminar a la trastienda. — Hola hermanito — Roxanne dejó la bolsa en la barra pidiendo una cerveza — ¿La urgencia era beber? Porque de ser así estoy de acuerdo. — Después de lo que te diga una cerveza será poco — el joven apagó el cigarrillo — Roxie, necesito mañana mismo entrar a la oficina de tu jefe. — ¿Mañana? — dijo la joven casi escupiendo la bebida — Es imposible. — Mi capitán me exige que de resultados, en los días que llevo ahí hablando con la gente, nadie ha dicho nada relevante, Richard Roux era una gran jefe, nunca vieron nada sospechoso así que es lógico que si algo ocultaba ese hombre deba estar en la que era su oficina. — ¿Y que si lo que buscas no está en su oficina? ¿Si lo guardaba en su casa?. El joven bebió lo que quedaba de aquella cerveza caliente. — Claro que lo he pensado, pero no tengo autorización para indagar en su casa pero si encuentro algo sólido, te aseguro que podré llegar al fondo de todo, me convertiré en el mejor detective. — ¿Y qué hay de Aimee Roux?. — ¿Qué hay con ella?. — Bueno, ella es la hija de Richard Roux, ¿quien más sino sabrá lo que ocultaba su padre?. Lionnel frunció el ceño. — ¿Crees que esté al tanto de lo que su padre pudo haber hecho?. — Ha tomado el mando de la empresa, pero manteniendo un bajo perfil si no porque contrataría un Director Ejecutivo, estoy segura de que algo oculta. — Aunque tuvieras razón, esa princesita no hablará y mucho menos conmigo, pero tú… — No, olvidalo Lio — Roxanne negaba bebiendo un sorbo de su cerveza — Esa mujer me odia. — Eso no lo puedes saber. — Hermanito, se que eres tonto pero a veces me sorprendes, hay tensión entre ustedes usala a tu favor o simplemente chantajeala como ella lo hizo contigo, pero te aseguro que habla porque habla — la joven le guiño un ojo a su hermano levantando la cerveza — Salud bro. Lionnel Dupont pensaba en las palabras de su hermana, usar a la pelinegra para sacar información era muy diferente a saber si simplemente estaba involucrada en los negocios turbios de su padre; pero por otro lado estaba el capitán Miller al cual le debía en gran parte el ascenso como detective, era una niña rica un pequeño escarmiento no le vendría mal. — Quizá tengas razón Roxie, aun así necesito estar dentro de la oficina de Mitchell Betancourt mañana mismo. Roxanne Dupont sonrió. — Cuenta con ello, se me ha ocurrido algo. El tiempo transcurrió para los dos hermanos, afinando el plan que se le había ocurrido a la menor de los Dupont; Roxanne se sentía orgullosa de Lionnel, de lo que había logrado en el departamento de policía siendo tan joven y estaba segura de que sus padres también, pero conocía a su hermano mayor casi mejor que él mismo y no estaba conforme en esos momentos, al rubio le gustaba la acción, ser agente de campo, es por eso que se había propuesto ayudar para que aquella misión saliera mucho más pronto. La lujosa mansión perteneciente a Donald Roux estaba iluminada de manera tenue cuando el deportivo rojo de Mitchell Betancourt ingresó al camino de grava que llevaba a la puerta principal. Aimee había hecho una seña a la seguridad de su abuelo para indicarles que lo conocía. — Es mi imaginación o la enorme mansión luce aún más grande. — Y por tu rostro pareciera que también aterradora — dijo la pelinegra sonriendo mientras abría la puerta del vehículo. Mitchell se apresuró a salir del vehículo para sostener la puerta de la pelinegra, que lo miraba divertida. — Por un momento olvide que siempre fuiste atento. La joven sintió la cercanía del pelinegro acomodando un mechón detrás de su oreja. — Contigo siempre — hablo con voz ronca el joven haciendo una pausa para mostrar nuevamente su amplia sonrisa sin perder el contacto de miradas — ¿Entramos?. Rita Roux desde donde se encontraba en la cocina inspeccionando la cena de ese día, escuchó a la perfección como una de las jóvenes cocineras había dicho que un carro rojo había ingresado, seguramente lo había alcanzado a ver por una de las ventanas de la cocina. — ¿Has dicho rojo Larissa?. La joven llamada Larissa, se sorprendió girando hacia la dueña de la casa. — Sí señora, ha entrado sin problemas. — Si mi nieta ha traído a algún amigo, les avisaré para que pongan un plato extra. Dicho aquello la matriarca de la familia avanzó con paso seguro hasta el recibidor donde comprobó que efectivamente Aimee, había llegado acompañada. — Cariño has llegado. Aimee Roux se sorprendió al escuchar la voz, pero de inmediato sonrió hacia su abuela. — Abuela, ¿te acuerdas de Mitchell?. La mujer mayor frunció el ceño al ver al hombre pelinegro que se acercó con su mano estirada. — Señora Roux, estoy encantado de verla de nuevo — el joven sonrió al ver el desconcierto en aquella mujer — Seguramente le sonará más mi apellido, hace años mi padre era amigo de su hijo, soy Mitchell Betancourt. En ese momento Rita Roux se quedó de piedra, ahora su mente volvía a recordar a aquel adolescente sonriente que siempre acompañaba a su nieta, junto con Devon Maconi, eran un trío inseparable, hasta que un día su hijo Richard le había dicho que tenía que irse del país, que él no estaba huyendo pero tenía que irse un tiempo, Rita nunca lo entendió pero gracias a Donald comprendío tiempo después que la causa de que su hijo se alejara tantos años, había sido por un hombre llamado Harold Betancourt, el padre de aquel muchacho frente a ella. — Espero que tu visita sea breve muchacho, pero tengo que decirte que no eres, ni serás bienvenido en mi hogar. La sonrisa de los dos jóvenes se borró. ¿Qué estaba pasando con Rita Roux?.
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