El reloj indicaba con sus manecillas que eran las ocho de la noche. Mis signos vitales se habían estabilizado tras cinco años en coma. La enfermera que se encontraba de turno corrió hacia la habitación. - ¡Es un milagro! – gritó. Se me dificultaba mover mis extremidades. Era normal, tanto tiempo sin actividad física me había perjudicado. De repente, escuché en mi mente la voz de Ismael. «Haré una excepción contigo y te devolveré tus facultades, es imposible que logres movilizarte hasta la boda si te someten a terapias físicas» retumbó en mi cabeza. Luego de ello, procedí a mover mis extremidades, dándome cuenta que podía agitar mi brazo de manera normal. La enfermera se sorprendió. - ¡Quieto! ¿Cómo puedes hacer eso? Debe ser un reflejo involuntario. Arranqué todos los cables que se
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