Al siguiente día preferí olvidarme de todo, de hecho ¿Quién era Kevin? Está bien, es cierto, no puedo ser tan cruel, después de todo él es mi mejor amigo, pero estaba confundiendo las cosas por completo ¿Nunca les ha pasado? Es muy común, las personas confunden la amabilidad con el amor y el cariño con el enamoramiento, aunque también me gustara él sé muy bien que eso no iría a ningún lado, la mayoría de las veces es así ¡Por favor! ¿Por qué querría arruinar una amistad tan linda como la que tenemos él y yo?
Por estar perdida en mis pensamientos me ví en la penosa situación de tropezar contra un hombre que bajaba de un coche, me quité los audífonos inmediatamente y miré hacia la persona que estaba enfrente de mí.
—Lo lamento — me apresuré a decir, hasta que me percaté de quién era este hombre — señor Kidman — dejé salir casi para mí misma, como si no pudiese creerlo y es que ¿Cuáles era las posibilidades de que esto me pasara justo hoy?
—¿Cómo se encuentra, señorita Danna? — preguntó él con una sonrisa burlona, este hombre me hace perder la paciencia en muy poco tiempo, algo en él me resulta extremadamente irritante.
—Mi nombre es Sarah — contesté dejando salir toda la apatía que sentía por este ser.
—Danna, Sarah ¿Es lo mismo, no? — su sonrisa, definitivamente era eso, no podía verla o escucharla porque me hacía sentir que la sangre hervía.
—No, no es lo mismo, al menos desde mi perspectiva hay una diferencia abismal entre ambos nombres — mi respuesta fue firme y sin un grado de broma en ella.
—Te aseguro que en algún idioma Sarah se traduce como Danna — replicó él al instante, como si fuese una bestia al acecho, esperando para molestarme.
—Es una lástima que acá no hablemos ese idioma ¿No cree, usted? Así que le agradecería que me llame Sarah, no Danna, no Samantha, no Lola, soy Sarah — quizás me había dejado llevar por mi temperamento, pero no tenía ganas de soportarlo, mucho menos hoy.
—Está bien, Sarah — dijo él haciendo énfasis en mi nombre — debido a mi mala memoria, como manera de disculpa, la llevaré hoy hasta el trabajo.
—No quiero ir con usted a ningún lado, muchas gracias, puedo seguir a pie, hace bien para el cuerpo y para la mente, al menos cuando no se tropieza uno.
—Eres muy terca, pero creo que se te olvida una cosa — comentó él con total seguridad en sí mismo, aunque yo lo llamaría más bien ego.
—¿Qué se me está olvidando? — pregunté inmediatamente.
—Que soy su jefe.
—Usted es mi jefe de ocho a seis, pero justo ahora son las siete y media, si no me cree lo invito a verificarlo en su reloj, además nos encontramos fuera de su compañía o de su reino, como prefiera llamarlo, aquí no tiene poder alguno — mi respuesta lo dejó perplejo y sonriente — con permiso — dije finalmente para continuar con mi caminata.
«¿Qué acabo de hacer?» pensé apenas dí unos pasos más allá, acababa de ser una grosera, aún peor, acababa de ser una insolente con mi jefe, seguro me despedía, ya mejor ni iba, además me daba mucha vergüenza el solo pensar en verle la cara «¿Por qué tengo que ser así?» cuando estaba en el jardín de niños nadie quería jugar conmigo porque no me gustaba que las personas quisieran alterar la historia de mis juguetes, si el conejo ‘Pelusita’ venía teniendo una relación de dos días con el león ‘Canguro’ ¿Por qué tenía que venir alguien a tratar de separarlo? Encima trataban de decirme que mi león no podía llamarse canguro ¿Cómo que no?
Sumergida en mis pensamientos de Leones, conejos y canguros finalmente llegué a la empresa, respiré profundamente antes de entrar, sentía como si todos supieran lo que había sucedido apenas minutos atrás.
—Buenos días, señorita Danna — me dijo la secretaria de la entrada, me pareció raro, después de todo yo tenía mucho tiempo conociendo a Patricia.
—¿Danna? Tú sabes que me llamó Sarah — respondí confundida, incluso olvidándome por completo de devolver su saludo.
—El señor Kidman me ha dicho esta mañana al llegar que se la ha encontrado en la calle y que usted le ha dicho que ha decidido cambiarse el nombre por Danna, que es Sarah pero en otro idioma, una lengua muerta o algo así — mientras la escuchaba hablar sentía que mi cabeza explotaba, Franco Kidman parecía tallado por los mismos dioses, era sin lugar a dudas el epítome del hombre perfecto y varonil, pero su personalidad era la de un niño de cinco años con falta de atención.
—Es un imbécil — dejé salir en un susurró.
—¿Qué ha dicho? — preguntó ella con asombro, quizás porque no estaba acostumbrada a que alguien hablara así de su querido jefe. Todas las mujeres de esta compañía parecían estar rendidas a sus pies.
—Nada, discúlpeme. Solo quiero ir a trabajar — respondí para salir del paso.
—¡Claro! Solo dame un momento para darte tu carnet y tu tarjeta de acceso — finalmente, esas eran las palabras que quería escuchar.
Me quedé allí un par de minutos observando el edificio, las paredes eran de un color gris impecable, los muebles eran de cuero n***o e incluso las plantas estaban impolutas. Trabajar aquí era como darse un lujo. Mamá era una vendedora bastante habilidosa, lo que la llevó a convertirse en la empleada con más ventas durante dos años seguidos. Lo único que tenía que hacer era dirigirse hacia las clínicas y consultorios y convencer a los médicos de que recomendaran y utilizaran los Fármacos de industrias Kidman, a mí siempre me ha resultado un trabajo muy agotador, eso de andar de allá para acá tratando de convencer personas nunca ha sido lo mío.
—Creo que ya estamos listos, Danna — escuché decir a Patricia.
—Que no soy Danna, soy Sarah — dije un tanto molesta.
—Pero el señor Kidman…
—El señor Kidman estaba equivocado o confundido ¿Qué se yo? — quería mantener mis modales pero me estaba resultando bastante difícil.
—Que temperamento — comentó ella en voz baja para luego aclararse la voz — vas a trabajar en el último piso, toma.
Ella extendió hacia mí el carnet y la tarjeta.
—¿El último piso? — pregunté confusa.
—Sí, serás la secretaria del señor Kidman.
—¿Qué voy a ser qué?