—Es bastante probable que esto no sea más que una equivocación — dije con una risa entrecortada que salía de mi boca, tratando de disimular el incómodo momento en el que me encontraba, no quería trabajar con ese idiota.
—Debe creerme, las cosas son tal y como se las he dicho — afirmó ella con confianza y al mismo tiempo sonando algo cansada, yo tampoco estaba muy feliz de tener que pasar por esta situación.
No me quedó de otra que dirigirme hacia donde se me pedía, me subí al ascensor y utilicé mi tarjeta para acceder al último piso, ese que vivía solo y silencioso, nadie solía estar allí excepto el personal de limpieza que hacía un par de rondas en el transcurso del día. De todos los trabajos que pudieron darme me dieron este. Bueno, después de todo lo que yo quería era repartir café y eso obtuve «Gracias, universo. Eres tan complaciente» pensé mientras elevaba mis manos como si estuviese haciendo una oración.
—¿Le estás pidiendo a Dios que te proteja de mí? — esa voz podía reconocerla en cualquier lugar, era la voz del señor Kidman.
Las puertas se habían abierto y yo ni siquiera me había percatado de ello, es mi terrible tendencia a perderme en las nubes mentales.
—Debería, pero no... — contesté sin ganas.
—¿Entonces qué estabas haciendo? — su pregunta me hizo poner muy pensativa, miraba hacia todos lados buscando una respuesta, pero no la había, al menos no una que fuese razonable o coherente.
—No estaba haciendo nada — sentencié saliendo del elevador.
—¿Acaso eres religiosa?
—Creo en Dios si esa es su pregunta — mis ojos barrieron la habitación, era de un impecable color blanco, como si me hubiese perdido y llegado al cielo.
—Podrías rezar para mí — dijo él en un tono que me resultó un poco extraño y no fue solo el tono, también la sonrisa, los ojos, todo.
—¿A qué se refiere? — no entendía bien lo que estaba tratando de decirme y por más que lo pensaba no hallaba una respuesta coherente.
—A nada, no te preocupes — contestó él dándose la vuelta y caminando hacia la puerta de su oficina — este es tu escritorio, lo único que debes hacer es atender llamadas y servirme cafés ¿crees que puedas con eso? — se sentó sobre el escritorio que se encontraba ubicado justo a un lado de su puerta y me miró con ese aire felino que lo rodeaba.
—Si, creo que puedo atender llamadas y servir cafés — contesté con una sonrisa de oreja a oreja.
Él entró a su oficina y me quedé allí, mirando las paredes de color blanco, el teléfono no sonaba, no habían cafés por hacer y yo tenía mucho sueño. Debía tratar de no dormirme, era mi primer día y quería dar una buena impresión, aunque tampoco es como si me fuese a quedar dormida los siguientes días, no debía quedarme dormida nunca en mi trabajo, si hago eso y mamá se entera lo más probable es que trate de matarme, olvidando por completo que soy su hija.
—¿Estás aburrida? — preguntó el señor Kidman asomando la cabeza por la puerta.
—No, estoy haciendo mi trabajo — contesté cortésmente. Él miró hacia los lados varias veces antes de responder.
—Pero el teléfono no ha sonado — aseguró mientras me miraba.
—Pero estoy esperando a que suene — repliqué.
Franco volvió a adentrarse en su oficina, me quedé mirando la pared durante unos segundos antes de que la puerta se volviera a abrir abruptamente y él sacara su cabeza solo para decir
—Necesito que me prepares un café, por favor.
Me levanté de mi asiento y recorrí la habitación, fuí hasta el fondo para darme cuenta de que allí había una pequeña habitación, la misma era una cocina completamente equipada, todo estaba como nuevo, parecía que nunca antes había sido utilizada.
Abrí los gabinetes y ni siquiera había café, tomé mi tarjeta y me subí al ascensor, cuando estuve en planta baja comencé a pensar que ese recorrido era demasiado largo y tedioso para mí, era como medio minuto en un elevador, eso es mucho... relativamente.
—¿A dónde vas? — preguntó Patricia al ver que estaba a punto de salir del edificio.
—Voy a buscar café para el señor Kidman — contesté mientras me devolvía lentamente.
—El señor Kidman no toma café, de hecho creo que odia el café — comentó ella mirándome sospechosamente.
—Pero me ha pedido café — respondí un tanto incómoda por su papel del policía.
—Está bien, si tú lo dices — replicó ella aún en un tono bastante desconfiado, muy notorio a mi parecer.
Salí del edificio y caminé rápidamente hacia un supermercado que se encontraba a un par de calles, una vez estuve frente a la sección de cafés me puse a pensar en algo importante «¿Qué tipo de café debería llevarle?» no me quedó de otra que llevar de varios, normal, instantáneo, de habas, al volver al edificio y subirme al ascensor Patricia siguió mirándome con desconfianza «Jamás pensé que esta estaría tan loca» pensé mientras negaba con la cabeza.
Volví otra vez a la cocina de la pequeña habitación y preparé tres tazas de café, las dispuse sobre una bandeja y la llevé hacia la oficina del señor, entré sin tocar la puerta, después de todo me tocó empujarla con el pie ya que mis manos estaban ocupadas.
—Tienes una muy mala costumbre — dijo él mirando su ordenador.
—¿Acaso pretende que toque con la frente? — contesté altiva.
—Y también eres muy testaruda.
Preferí omitir su comentario y dejé la bandeja sobre su mesa, él la miró extrañado.
—¿Qué es esto? — preguntó mirando las tazas.
—Se llama café, señor. Me lo pidió hace un momento ¿se acuerda? — contesté al instante con sarcasmo, pues, no conocía otra manera de responder a lo que él estaba diciendo.
—Claro que me acuerdo, también recuerdo haber pedido solo uno y no tres.
—No sabía cuál le gustaba o cómo le gustaba, así que le he preparado tres — dije orgullosa de mí misma al sentir que había puesto todo de mí en esta simple labor.
—Me hubieras traído café y ya ¿no todos son iguales?
—Si le gusta el café debería saber que hay café fuerte, suave, con leche, instantáneo, de habas...
—Si, si como sea, muchas gracias — interrumpió él haciendo un gesto con la mano.
—¡Que lo disfrute! — comenté antes de disponerme para salir de la habitación.
—Creo que me gusta fuerte — dijo él al viento mientras yo caminaba hacia la habitación.
—¿Ha dicho algo? — pregunté dándome la vuelta, pero él solo sonrió.