SUEÑOS
—Mi niña, es hora de irte a la cama…
—Pero, mami, quiero jugar un rato más.
—No, es tiempo de dormir, pequeña… Vamos, te leeré un cuento.
—Sí, mamá…
"Había una vez un marciano que soñaba con ser paseador de estrellas. Todos en su pueblo se reían de él."
—¡Paseador de estrellas! —se burlaban—. Mejor será que te pasees por ellas, porque pasearlas será imposible.
Pero el marciano no se rindió. Con los años, su sueño solo se hizo más fuerte.
—Seré paseador de estrellas, cueste lo que cueste.
Y mientras él trabajaba para lograrlo, las burlas crecían. Hasta que un día, el marciano apareció con una gran nave espacial.
—¿Qué es eso? —preguntaron con incredulidad.
—Es la nave con la que cumpliré mi destino.
Las carcajadas resonaron aún más fuerte.
—Me voy… a pasear estrellas.
Y sin mirar atrás, encendió su nave y desapareció en la inmensidad.
Nadie volvió a saber de él, hasta que, siglos después, las estrellas brillaban con una intensidad desconocida. Algunas decían haber viajado a los rincones más oscuros del universo, iluminando planetas olvidados. Un rumor comenzó a esparcirse por la galaxia: un ser errante, un paseador de estrellas, las guiaba a destinos desconocidos.
El marciano había cumplido su promesa.
—Princesa… Recuerda que debes luchar por tus sueños y, sobre todo, por descubrir quién eres realmente.
—¿Por qué me dices eso, mami?
—Porque cuando crezcas, olvidarás. Y no sé si podré estar aquí para recordártelo.
—Pero yo quiero que siempre estés conmigo.
—Lo estaré, mi amor… De alguna manera, lo estaré.
—Te amo, mamá.
—Te amo, mi pequeña…
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Siento mi cuerpo pesado, inmóvil. No puedo respirar con normalidad, y un calor sofocante envuelve mi piel. No estoy en mi cama. No siento el colchón, no hay mantas, ni almohadas. Estoy flotando en el aire, suspendida en una oscuridad espesa.
Mis ojos se abren con dificultad. Todo es borroso.
Un aroma extraño, denso, inunda mis sentidos: cera quemada, humedad, algo podrido.
Parpadeo frenéticamente, tratando de enfocar mi vista. La oscuridad cede un poco y distingo formas sombrías: figuras altas, inmóviles, alineadas en el borde de la penumbra. Son estatuas. No, no son estatuas. Parecen figuras humanas, pero no puedo ver sus rostros.
Mis ojos recorren el lugar. A mi derecha, una hilera de velas titilantes apenas iluminan una bandeja y un jarrón con flores marchitas.
Esto no es mi habitación.
Esto no es real.
El techo está cubierto de moho y telarañas. Las paredes están cuarteadas, la pintura descascarada. Algunas vidrieras están rotas, permitiendo que una brisa fría apague las llamas de las velas. Todo aquí huele a muerte, a abandono.
Algo no está bien.
Intento moverme, pero mi cuerpo no responde. ¿Estoy paralizada por el miedo? ¿O hay algo más?
Al fondo del pasillo, una luz tenue parpadea. No parece natural. Se siente… viva.
Me esfuerzo por distinguir lo que hay en esa dirección y, entonces, lo veo.
Un cuadro cuelga torcido en la pared. Su marco de madera antigua está decorado con pequeñas piedras doradas. La imagen en su interior me deja sin aliento.
Es un paisaje. O lo que queda de él. Todo está envuelto en llamas, devorado por un fuego infernal. Y en medio del desastre, emerge una mujer.
Es alta, esbelta, con una belleza irreal. Su vestido rojo carmín se ajusta a sus curvas peligrosas. Su cabello rojo cobrizo cae en ondas perfectas. Pero lo más perturbador son sus ojos: almendrados, de un gris azabache imposible.
Su mirada atraviesa el lienzo.
Me observa.
Un escalofrío me recorre la espalda.
Parpadeo, tratando de despegar la vista del cuadro, cuando algo más llama mi atención.
Cerca del retrato, una escultura de cerámica se alza sobre mí, fácilmente de más de dos metros. Sus rasgos son sorprendentemente detallados. Es la representación de un hombre… pero hay algo en él que me resulta familiar.
Cejas definidas, nariz perfilada, labios gruesos y bien delineados. Pero sus ojos…
Oh, Dios.
Sus ojos son un océano. Un azul profundo con destellos verde agua que hipnotizan.
¿Por qué siento que lo conozco?
Mis pensamientos se ahogan en su mirada. No puedo apartar los ojos. Es como si me arrastrara a su mundo.
Entonces, un ruido rompe el silencio.
Mi corazón se detiene.
Intento apartar la mirada, pero algo me impide moverme.
Los ojos de la escultura…
Parpadean.
No. No es posible.
La cerámica cruje. Se mueve.
Un sonido seco resuena cuando la escultura parece sacudirse, como si despertara de un largo sueño.
Y, de repente, sonríe.
Una sonrisa lenta, calculada.
Mi pecho se oprime. Intento gritar, pero el sonido se queda atrapado en mi garganta.
La escultura inclina la cabeza, sus ojos centellean con una chispa desconocida.
—Bienvenida, Anne…