—Ya nació, ya nació, señora, descanse, no puje más-expresa el Doctor a Nathacha.
—Doctor dígame ¿qué sexo tiene la criatura?-pregunta Nathacha.
—Es una hermosa hembra-responde el Doctor.
—Que felicidad, ya le tengo su nombre, se llama Milet, que significa fiel, entregada, amada y divertida. Además, quiero que su nombre comience con la misma letra del nombre de su Padre, ya que se alegrara mucho al saber que tenemos una linda beba.
—Que nombre tan bello, la felicito, es una niña sana y hermosa.
—Gracias Doctor. Es mi primera hija, estoy muy feliz.
A los pocos minutos llega Madhur, desesperado por ver a su amada esposa y por conocer a su primer vástago; lamentando llegar tarde al parto, pues no pudo salir con anterioridad del trabajo, ya que su función como técnico textil en la empresa consiste en supervisar la producción diaria; entra a la habitación buscando con su mirada a nathacha y a la criatura, sus ojos se cruzan al unísono y su esposa inmediatamente le expresa.
—Es una niña, Madhur, es una niña, obsérvala, admírala, se llama Milet.
Madhur, se queda casi sin respiración por unos segundos, exhorto por la noticia, luego logra avanzar hasta acercarse a la niña, lo primero que observa son sus grandes, redondos y expresivos ojos, sé de inmediato se conectan con los de él. Nathacha le hace señas con las manos, de que la puede cargar, él lo hace y al tener a la bebe entre sus brazos, unas tenues lágrimas corren por sus ojos.
—Es hermosa, ¿verdad? — le pregunta Nathacha.
—Bella como una estrella, resplandeciente como la luz del sol, risueña como las nubes, hermosa como un despertar— Responde Madhur.
—Amor, nuestra primera hija, nuestro primer retoño, y se parece a ti— comenta Nathacha.
—Linda esposa, ¿Cómo se te ocurre decir eso? No, no, Milet es idéntica a ti, ahora tengo dos bellas flores que adornaran el jardín que es nuestro hogar.
—Tú y tu romanticismo, por eso te amo, por eso me casé contigo, por eso decidí que seas el Padre de esta niña y de otros más.-comenta Nathacha.
—No me asustes. ¿Cuántos tendremos?— pregunta Madhur.
— Los que vengas, mi amor. A mí me gustarían 2 niñas y 2 niños— manifiesta la esposa.
En ese momento, la niña comienza a sollozar denotando tener hambre. Nathacha la toma entre sus brazos, con el fin de proceder a alimentarla.
Luego de Milet, nacieron 4 hijos varones, Adaih, Sanat, Dilbar, y Balun. Ya la familia era grande, 5 hijos y 2 adultos, eran muy cercanos unos a otros, ya que en la estrecha casa donde vivían, se veían en la necesidad de compartirlo todo y eso hacía que se entendieran, se comunicaran, se pusieran de acuerdo y sobre todo que se amaran. La Madre ponía las normas y las reglas, tratando de compaginar las pautas con la alegría. El Padre, trabajaba 10 horas diarias, para poder proporcionar los recursos requeridos para su familia. Nathacha no podía obtener un empleo formal, ya que los quehaceres del hogar y sobre el cuidado de los niños, le demandaban toda su atención y la mayoría de su tiempo, aun así; se esforzaba por ayudar y apoyar a su esposo Madhur, haciendo dulces, panes, tortas que vendía por el vecindario, con la ayuda incondicional de Milet.
Cierto día, Milet le pregunta a su Madre:
—Mamá, ¿las mujeres deben quedarse en casa?
—Milet, ¿a qué se debe tu pregunta?
—Es que yo veo que tú siempre estás aquí, en casa cuidando de nosotros y atendiendo a papa, y yo me siento muy feliz por estar siempre a tu lado y ayudarte y que hagamos cosas juntas, aun así, Madre, yo aspiro algo totalmente distinto para mi vida.
—Milet, ¿a qué te refieres? Me asustas cuando hablas de esta manera. Recuerda que apenas eres una niña.
— Madre, es que yo quiero viajar, conocer gente diferente, salir de este lugar, quiero ser como mi Padre, que sale a trabajar, que lee libros, que aprende cosas nuevas, que en su trabajo da órdenes y le obedecen, y contemplo que mi papel es ser ama de casa y Madre, yo si quiero ser Mama y esposa, ahora bien, te preguntó ¿no podré hacer todo eso, esposa, mama, profesional, viajar, estudiar, trabajar?
— Milet, eres muy pequeña para pensar de este modo, y para comprender las normas de la sociedad, por ahora solo entiende que las Madres tienen el rol de cuidar de los hijos, al esposo y del hogar; los Padres estudian y trabajan para mantener a la familia, deja de estar pensando tonterías y anda a ver qué hace tu hermano Balun, mientras yo culmino de lavar esta ropa.
—Está bien Madre, allí voy.
Milet, obedece a su Madre Natacha, sin embargo, se va pensando que ella si lograra ser diferente, que se las arreglará para estudiar, para viajar y a su vez para casarse y tener hijos; piensa a su corta edad que será excelente Madre emulando a la suya y que también será una profesional, siguiendo el ejemplo de su Padre. Se dice ella misma.
—Sé que mi Padre si entenderá mi punto de vista, conversaré con él, cuando se me presente la oportunidad. Además de entenderme, me apoyará, estoy segura de eso.
—Milet, vamos a Jugar— le expresa Balun— sacándola de sus pensamientos.
Ella se acerca a su pequeño hermano y le hace cosquillas, luego lo carga y le da vueltas, ambos ríen con mucha alegría.
Inmediatamente, los demás hermanos se acercan y los 5 forman un gran revuelto, al jugar entre ellos, con risas, vueltas y carreras dentro de casa. Nathacha los escucha en la distancia y siente satisfacción y tranquilidad al sentir que sus hijos son felices. Entra y les declara.
—Niños, ya cálmense, vayan a lavarse las manos que debe estar por llegar su Padre y cenaremos de una vez.
Milet y sus hermanos menores, se tranquilizan y al unísono se dirigen a lavarse las manos, aunque son todos aún muy pequeños, son obedientes, ya que Nathacha le he enseñado disciplina, con amor y constancia.
A los pocos minutos, efectivamente llega Madhur a casa, como todos los días ha traído el pan y la leche para la cena; saluda a su esposa con un beso y un abrazo, entregándole los enseres comestibles, acto seguido saluda a cada infante, con cariño; al saludar a Milet, le guiñe un ojo y le hace una seña colocando su dedo índice entre sus labios, indicándole que no diga nada y le coloca algo en la mano, Milet, la extiende para recibir lo que su Padre le otorga, sale corriendo a su habitación para ver que es, sin que su Madre y demás hermanos lo percaten; al abrir su mano se da cuenta de que es una golosina, su favorita, la guarda debajo de la almohada y se dispone a ayudar a su Madre a poner la mesa para la cena, al estar cerca de su Papá, ella también le guiñe el ojo y le regala una sonrisa, como sinónimo de agradecimiento, sin emitir palabras, para no ser descubiertos.
—A comer, a comer, todos vengan a la mesa, ya con las manos limpia— esboza con voz firme Nathacha.
Y así sucede, todos se sientan en la redonda mesa y degustan su sencilla y exquisita cena.
—Amor, ¿Cómo estuvo tu día?— pregunta Nathacha a Madhur.
—Esposa mía, gracias por preguntar, estuve muy ocupado, hoy recibimos un gran pedido de nuevas telas y se tuvo que llevar a cabo el proceso de inventario, selección y almacenamiento de las mismas, fue un trabajo arduo, aun así te comento que son telas hermosas, yo solo pensaba en poder adquirir algunas de ellas para atuendos, tanto para ti como mi bella flor Milet— responde Madhur.
—Algún día, será así mi amor, algún día podremos vestir hermosos Saris, de variados colores y de tela de calidad, como esas que tú ves allá en la textilera— comenta Nathacha.
Milet interviene en la conversación, para agregar.
—Padre, hay algo que quiero consultarte, lo converse hoy con mi Madre, lamentablemente, ella no entiendo mi idea.
—Milet, si te entendí y te di una respuesta— responde Natacha, un tanto ofuscada.
—Déjala que hable mi amor— dice Madhur a su esposa. Y continúa.
—Declárame Milet, ¿Qué es eso tan importante? Te escucho.
—Gracias Padre, por tu tiempo, lo que sucede es que yo quiero ser como tú.
— ¿A qué te refieres? ¿En qué sentido?— pregunta Madhur a Milet.
— Escucha Padre, yo quiero estudiar, aprender, ir a la escuela, viajar, conocer otras personas, otros mundos, otros idiomas; no obstante, mi Madre menciona que esas actividades son asuntos de hombres; yo también me quiero casar y tener hijos, considero que puedo cumplir los dos roles. ¿Qué piensas tú, Padre?— responde Milet.
—Pienso que si te lo propones lo puedes lograr, Milet, el cielo es el límite, uno mismo como persona es él pone el techo a sus sueños, si sueñas en grande, llegaras lejos, y siempre contaras con el apoyo de toda tu familia.
—Gracias Papa, entonces, quiero ir a la escuela, inscríbanme por favor.
Nathacha, respira profundo, mira a Madhur y le dice.
—Ahora, ¿Qué hacemos? ¿Cómo manejamos esto?
—Calma, por favor, déjamelo a mí-expresa Mahdur a su esposa. Y prosigue, dirigiéndose a Milet.
— Hija mía, lamento mencionarte que hay una realidad que no podemos ocultar, aquí las escuelas son privadas, ósea, tendríamos que pagar para que te puedas matricular, y en estos momentos no podemos, discúlpanos a tu Madre y a mí, de todo corazón quisiéramos complacerte y apoyarte en todo; espero que con tu madurez puedas entender, sin embargo, yo te prometo que a partir de mañana comenzaré a enseñarte a leer y a escribir. ¿De acuerdo?
— Está bien, Papa, gracias por entenderme y apoyarme— responde Milet.
Acto seguido les da un abrazo a cada progenitor, expresando que los ama. Y se retira a su pequeña habitación. Estando allí, ya acostada en su cómoda cama, empieza a llorar, pues la invade la tristeza y el dolor, ella entiende a sus Padres y no quiere presionarlos, aun así, lo que más desea en su vida es ir a la escuela, aprender, salir de la casa y ver más allá de ese pequeño mundo que es su familia. Las palabras de su Padre le resuenan en su mente, y se dice a sí misma.
—Milet, cree en las palabras de tu Papá, no te pongas límites, ten confianza, ten Fe, de que algo maravilloso ocurrirá en tu vida y lograras esa meta que tanto anhelas.
Enjuaga sus lágrimas, se calma, va a desearles dulces sueños a sus hermanos, regresa a su habitación a dormir.
Al siguiente día, su Madre la levanta muy temprano y le pide una ayuda.
—Milet, he preparado unos pequeños y deliciosos dulces, ¿podrías ayudarme a venderlos?
—Claro Madre, estoy aquí para ayudarte, me baño, me visto y salgo.
—Gracias, amada hija, eres realmente una luz en esta casa, ve a prepararte, mientras yo envuelvo los dulces y hago el desayuno para ustedes, pues tu Padre se ha ido muy temprano y se ha llevado su vianda.
—Está bien Mama.
Milet se prepara prontamente, desayuna y agarra la cesta con los dulces que Nathascha le ha preparado; sale con mucha disposición y actitud positiva a caminar por las calles del barrio con la intención de vender todo lo que lleva, a cada persona que se encuentra por el camino le ofrece los deliciosos dulces preparados por su Madre, algunas personas los obtienen, otras la ignoran; sin embargo, ella sigue adelante pensando en que le irá muy bien.
En su andar se cruza con la instalación de una escuela primaria, se detiene, su corazón se paraliza, luego se acelera, se queda parada observando a través de la ventana a la maestra, se ve que da la clase con tanta dedicación y amor, Milet también observa a cada pequeño y niña que se encuentran presentes en esa aula de clases, su mente e imaginación vuelan, supone y cree que ella está allí adentro, que puede escuchar la instrucción de esa docente y que comparte con sus compañeros de clases, así se queda por varios minutos soñando despierta en esa posibilidad; de pronto la maestra voltea y se entrelazan sus miradas. Milet siente un poco de pena y quiere salir corriendo; no obstante, la maestra le sonríe y la saluda con un gesto en la mano, los estudiantes admiran ese gesto en la maestra y todos voltean, se cruzan con Milet, de igual forma le sonríen y la saludan, ella responde tímidamente. La maestra le indica con otro gesto que pase al aula de clases; Milet le responde con la cabeza que no puede; la Maestra sale del aula para conversar directamente con ella
—Hola pequeña hermosa ¿cómo te llamas?
—Buenos días, señorita, me llamo Milet Mandal.
—Tu nombre está tan bello como tu rostro, que linda eres, que lindos ojos tienes, cuéntame ¿por qué no entras al aula? Eres bienvenida. Yo soy la maestra, me llamo Daya Dará.
—Si pude entender que usted es la maestra y también es muy hermosa, su nombre igualmente es muy lindo, además su voz parece canto de ángeles, gracias por la invitación maestra Daya, aun así, mis Padres anoche me informaron que yo no puedo entrar a la escuela, ya que ellos no pueden pagar mi matrícula; somos una familia de varios niños y no alcanzan los recursos económicos para pagar la escuela.
—Qué triste de verdad Milet, cuéntame ¿realmente es tu d***o estudiar y aprender?
—Si maestra Daya es lo que más d***o en mi vida, anoche al acostarme estuve muy triste porque no puedo entrar a la escuela, entiendo a mis Padres y quiero apoyarlos; si realmente lo que más d***o en este momento es estudiar y aprender.
—Te entiendo pequeña hermosa, escúchame con atención te voy a hacer una propuesta; te dejaré entrar todos los días durante una hora al aula de clases, podrás escuchar las instrucciones que doy sin pagar, más debe ser un secreto entre tú y yo ¿estás de acuerdo?
En este momento Milet se emociona tanto que corren unas cortas lágrimas por sus mejillas, está muy contenta, tanto que abraza a la maestra Daya y le da las gracias, de inmediato le responde.
—Sí, sí, sí, Maestra estoy de acuerdo, gracias es usted realmente un ángel gracias, gracias dígame ¿a qué hora vengo mañana?
—Qué linda eres Milet, que inocente, que risueña, gracias por tu cariño, te espero mañana a las 9:00 A.M. en punto.
—Maestra téngalo por seguro que aquí estaré mañana a las 9:00 A.M.
Milet se despide de la maestra Daya, con mucha alegría y optimismo; continúa recorriendo las calles con la intención de vender los dulces que le restan, está muy contenta por lo que le acaba de suceder, su corazón late fuerte y apresuradamente, siente agradecimiento por esa oportunidad tan importante que el universo le está otorgando. Al tener la cesta vacía, se dirige de regreso a casa, está ansiosa por llegar y contarle a su familia la bendición que ha recibido.
—Madre, he regresado a la casa, mira la cesta está vacía, eso quiere decir que ¡vendí todos los dulces! Estoy muy contenta, aquí tienes el dinero; ¡además he sido bendecido el día de hoy con un verdadero milagro!
—Qué bueno que has regresado hija mía, mejor aún ¡qué bueno que vendiste todo! Y ¿por qué hablas así? ¿A qué Milagro te refieres?
—Madre mía aunque sea difícil de creer te cuento lo que me ha sucedido, pase por la escuela de la comunidad, la maestra al verme me invitó a pasar al aula de clases, yo le expliqué que no podía, ya que ustedes aún siendo mis padres no podían pagar la matrícula; ella con mucho amor me ha invitado a asistir una hora por día sin cancelar nada; mamá esa maestra es un ángel sus ojos brillaban como dos luceros, su voz parecía canto de aves. Me dijo que comenzaré mañana a las 9: 00 a.m. En cuanto a los dulces, no te preocupes, sigue haciéndolos, yo me los llevaré a la escuela y allá los venderé todos, estoy segura de eso.
Nathascha se queda fijamente observando y escuchando a Milet luego comenta.
—Amada y preciosa hija el ángel eres tú, brillas con luz propia y me siento muy feliz por eso, sé que la vida te va a regalar todas las oportunidades para que hagas tus sueños realidad, para que seas una mujer diferente, preparada, llegarás a ser esa profesional que quieres ser y sé que darás un ejemplo positivo a muchas personas con tu actitud, con tus deseos, con tus proyectos, con tus metas, sé sin ninguna duda que te irá muy bien y qué maravilla que esa maestra te va a recibir en la escuela, de verdad es un regalo maravilloso, ¡qué bendición!
—Gracias, bella madre, realmente espero que sea así, que tus palabras se cumplan amén y amén. Otra cosa, Mamá, ¿será posible que le pueda regalar un dulce a la maestra Daya, el día de mañana?
—Por supuesto hija, claro que sí; esa maestra se merece un dulce y muchísimos más regalos.
—Que bien, Y realmente se merece muchos obsequios, sin embargo, a falta de objetos materiales, le regalaré mi puntualidad, mi buen comportamiento, mi compromiso y mucho cariño, de nuevo Gracias Mama.
—Siempre a la orden mi bella Milet. Más tarde prepararé tu mejor atuendo para que mañana vayas bien acicalada y con tu mejor presencia a tu primer día de clases.
—Qué bueno Madre, esa idea me encanta, ¡tú siempre tan detallista y tan preocupada por nuestro aseo personal y nuestra apariencia! Gracias.
—Constantemente se los digo a tus hermanos y a ti, la humildad no tiene que ver con la presencia ni con el cuidado personal, es más bien cuestión de actitud.
—Sí señora Madre lo sé, lo sé, agradecida por todas tus enseñanzas. Te amo mucho Nathascha Mandal.
Al culminar esta frase Madre e hija se miran a los ojos, se toman de las manos, sonríen con gran alegría y cariño.