Finn había conducido en su motocicleta por varios minutos mientras yo me aferraba a su torso, enganchando mis brazos con fuerza alrededor de su cuerpo, aún con miedo de caerme, tal como aquel día que visitamos el museo. Sobre nosotros había un hermoso atardecer que iluminaba nuestro camino y me hacía tener una sensación de tranquilidad. —Hemos llegado, Aurora —dijo de pronto. El rubio se detuvo y nos estacionamos en lo que parecía ser un lugar poco transitado y repleto de árboles. Me bajé de la motocicleta y él sacó de dentro del asiento donde yo iba un pequeño bolso n***o que llamó mi atención. —¿Qué traes ahí? —pregunté curiosa. Finn ignoró mi pregunta y en cambio tomó mi mano para guiarme por un camino de piedras. No tenía idea de dónde estábamos, pues a nuestro alrededor solo pod

