“Tira los prejuicios junto a la cama; hoy tienes una oportunidad de demostrar que eres una mujer, además de una dama.”
Joaquín Sabina
Inhalé una bocanada de aire y apresuré mis pasos hasta abandonar las instalaciones de la universidad. Una vez que llegué al estacionamiento, ubiqué mi vehículo. Lo abrí sin dificultad y me senté ante el volante. Me incliné hacia un lado, tomé el móvil de Emma y lo sostuve frente a mí.
—Demonios ¿Ahora cómo devuelvo esto? —me pregunté en voz alta centrando mis ojos en la pantalla. Esta se iluminó y las notificaciones que llegaban se hicieron visibles a mi vista.
“Su libro el Manual de la Maestra del Sexo ha sido comprado 20 veces durante el día de hoy”
“Hay un nuevo comentario en su blog Maestra del Sexo”
“A 9 personas les ha gustado su publicación de Cómo hacer una buena felación”
“19 personas han comentado su estado”
“38 usuarios han compartido su contenido”
Dejé de respirar. ¿Qué era todo aquello? ¿Por qué Emma recibía todas esas notificaciones? ¿Acaso ella era…? Puse el aparato en la guantera y encendí mi coche. Aquello era sencillamente imposible. Ella no podía ser la Maestra del Sexo. Se rumoraba que quien estaba tras ese seudónimo mínimo tenía que contar con estudios sobre sexualidad y más…
Pero ¿Y si sí? Conduje hasta la salida de la universidad y en la parte exterior, había una parada de autobuses. También una de taxis. Así, los estudiantes podían tomar el transporte sin necesidad de cruzar la calle. Fue ahí cuando la vi. Su melena rosa era inconfundible.
Bajé el vidrio del copiloto y la llamé.
—Emma.
La chica se mantuvo mirando al horizonte, parecía que estaba perdida en sus pensamientos, así que tuve que llamarla de nuevo, con más fuerza.
—Emma —grité. Las personas a su alrededor comenzaron a mirar a los lados. Una fila de coches comenzó a formarse detrás de mí.
—Tiene que avanzar —me dijo una mujer que estaba cerca —hay otros esperando.
—Estoy llamando a mi hermana —mentí —es esa de pelo rosa nos vamos juntos a casa.
En ese momento, por fin Emma dirigió su mirada hacia mí. Giró la cabeza hacía atrás como buscando a quién yo miraba y comencé a hacerle señas con la mano.
—Sube. Te llevaré a tu casa. —dije en voz alta.
—¿Yo? —inquirió como si no lo creyese.
—Si tú —respondió la mujer que me había hablado antes. Los cláxones comenzaron a sonar —Y más te vale que lo hagas rápido porque hay toda una fila por culpa de ambos.
Emma se acercó a mi carro con los brazos cruzados y la cabeza gacha.
—¿Qué ocurre? —preguntó en voz baja.
—Solo sube por favor —pedí un poco estresado por el sonido de los cláxones —te lo explico en el camino.
La joven inhaló profundo y por fin se subió al carro. Una vez cerró la puerta, aceleré con velocidad haciendo que el motor de mi Honda rugiera. A medida que avanzaba en la carretera, me di cuenta de que no sabía dónde debía dejarla y que su móvil seguía vibrando en mi guantera.
Cuando noté que ella iba a abrir su morral, de forma instantánea tomé su mano.
—¿Quieres comer algo antes de que te deje en tu casa?
Emma tenía una mano suave y diminuta, si aflojaba el agarre, sentía que se iba a escapar. Por un momento, parecía que ella contenía la respiración y su cara se tornó roja, tan toja como un tomate.
—¿Qué haces? ¿Qué quieres? —preguntó liberándose de mi agarre. —Por favor déjame aquí. No debí subirme —añadió de pronto con una gota de alarma en su cara.
Suspiré.
—Lo siento, quizá te estoy asustando.
—Lo estás haciendo —confesó con voz débil.
Me percaté de que tenía bonita voz y de que estaba hablando más con ella de lo que alguna vez hablamos en todo un año. Y eso que se sentaba delante de mí. ¿Iba a ser buena idea comentarle que tenía su teléfono? ¿Cómo iba a explicar aquello? ¿Le decía la verdad o esperaba el mejor momento para meter el aparato en su bolso? Si estaba tan tranquila, era porque no se había dado cuenta de que no estaba.
—Solo, como te vi ahí, pues pensé que podía dejarte en tu casa. Incluso, podemos comer algo antes si quieres.
Hablar me salía con naturalidad. No sufría de pena o timidez al hablar con las chicas. Era uno de los más sobresalientes de la clase. A la hora de hablar, claro está.
Emma entrecerró los ojos y comenzó a jugar con el cordón de su suéter.
—Esto es raro —dijo para sí misma como si yo no estuviese con ella.
—¿Qué dices? —pregunté más animado dado que al menos lo estaba considerando. Claro, estaba atento a ella y al camino para no chocar.
—Ok —dijo en un tono que parecía más una pregunta que una afirmación. En plena avenida, había un Wendy’s cerca, así que no dudé en entrar. Solo necesitaba distraerla y meter el teléfono en su bolso. Una vez me estacioné, Emma bajó del vehículo. Yo la imité, luego de tomar su móvil y meterlo en mi bolsillo.
Cuando estuve a su lado me percaté de lo diminuta que era. Literal le llevaba como dos cabezas. Viéndola así podía pasar fácilmente como una niña. Su cuerpo no era voluptuoso y con el suéter enorme que llevaba puesto ni se notaba.
Las uñas de sus manos estaban pintadas de n***o y su cabello rosado estaba suelto. Tenía una pollina que llegaba hasta sus cejas pobladas y un maquillaje suave que resaltaba sus rasgos. Su rostro no era una belleza, pero tenía un toque peculiar. Algo interesante. ¿Quién iba a pensar que terminaría comiendo con ella?
—¿Qué quisieras comer? —pregunté cuando estuvimos adentro.
—Supongo que una hamburguesa de carne con queso y papas fritas por favor —respondió tomando asiento en un puesto libre. —Y de bebida Coca-Cola.
Iba a dejarla sentada y hacer el pedido, cuando recordé, que quizá ella aprovecharía ese momento para curiosear su móvil. Me mantuve frente a ella en silencio y Emma mantuvo su mirada fija en mi cara.
—¿Tienes algo que decirme? —inquirió con voz firme. Como, si se hubiese convertido en otra persona.
—¿Yo? —respondí a mi vez sintiéndome nervioso ante su escrutinio. Había olvidado por completo que quizá estaba ante la mismísima Maestra del Sexo. Quizá ella tenía más experiencias de las que yo podía contar. Tal vez ocultaba su lado sádico y lleno de morbo en la imagen de una joven inocente de pelo rosa.
—Olvídalo —dijo —por favor cuida mi bolso mientras voy al baño —añadió tras dejar el bolso en la mesa y caminando hacia los lavabos.
Tragué saliva al ver aquel morral frente a mí. Era como un regalo del destino, una ofrenda de los dioses. ¡Estaba salvado! O al menos eso creía. De forma rápida, saqué su teléfono de mi bolsillo y lo metí en su bolso. Luego, me lo puse en el hombro y fui a pedir la comida. Añadí dos helados porque en ese momento a causa de los nervios sentía que podía comerme a un elefante.
Cuando me dieron las hamburguesas, vi que Emma me esperaba en el puesto de antes. Parecía estar muy tranquila mientras movía los pies como si se estuviese columpiando. Era tan pequeñita.
—A comer —dije con una sonrisa luego de sentarme. Puse su bolso en la mesa y suspiré lleno de alivio. Todo había salido bien.
Emma no sonrió.
—¿Ya pusiste mi celular en mi bolso? —preguntó como si pudiese leer mentes.
Agradecí no haber empezado a comer, porque si hubiese sido así, capaz habría terminado ahogado.
—Noté que no estaba luego de salir ¿Lo tomaste tú? —añadió al ver que no respondía.
No quería meter a Samantha en problemas, a pesar de que ella había sido quien inició todo, así que preferí lanzarme al vacío.
—Algo así. —respondí.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué lo tomaste?
Me encogí de hombros.
—Supongo que quería hablarte.
Por un breve instante, su gesto cambió por uno de sorpresa. Ella bajó la mirada y tomó su hamburguesa para empezar a comer.
—Supongo que lo conseguiste —comentó tras dar unos cuantos bocados. La comida estaba deliciosa, eso, sumado a una inesperada buena compañía.
—Supones bien —repliqué dedicándole una sonrisa sincera. Estaba disfrutando ese momento.