Narrado por Emma Robles
“El sexo sin amor es tan hueco y tan ridículo como el amor sin sexo”.
Hunter S. Thompson
No sabía lo mucho que podían temblar mis piernas hasta ese día. Jamás había experimentado un sudor de manos tan insistente y continuo. Tampoco, mi corazón había galopado con tal velocidad, ni mi interior se había contraído de forma anhelante. Aquello iba mucho más allá de lo que había sentido y lo comprendí cuando sus ojos se encontraron con los míos.
Frank… Mis relatos siempre tenían el mismo rostro masculino a pesar de que no dejaba ver este detalle en mis escritos. Desde que lo había visto, la atracción fue instantánea y demoledora. Cerca de él, me convertía en una gelatina que apenas podía emitir sonido. No lo comprendía, en mi cabeza no entraba la posibilidad de enamorarme.
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Eran sus ojos castaños? ¿Su sonrisa? ¿El sexy lunar que tenía cerca de la boca? ¿Los pliegues que se formaban en la comisura de sus ojos cuando sonreía? ¿El tono de su voz? ¿Su actitud amable y sus gestos humildes? ¿Qué era?
No lo sabía, lo que sí sabía era que él en cuanto a mujeres tenía gustos muy exquisitos. La novia que tenía era muy hermosa. A su lado, yo terminaba pareciendo un ser diminuto y sin gracia. Sabía que no había competencia en ese sentido, pero no me sentaba mal tenerlo a él en mis relatos, en mis sueños, en mis fantasías.
Me conformaba con eso, me bastaba con saber que en mis ilusiones más profundas lo vería. Era feliz imaginando por las noches que en mi cama lo tenía. Sin dejar de lado, lo mucho que me gustaba cuando me complacía. Me conformaba cuando en mi mente, él por mí gemía.
Entonces, vaya que era una sorpresa y un gran giro de los acontecimientos tenerlo frente a mí. Él había admitido que quería hablar conmigo. Aquello era alucinante, irreal, pero a la vez me generaba muchísimo pavor. ¿Y si él no era cómo lo había imaginado? ¿Y sí conociéndolo más a fondo mataba mis fantasías?
En definitiva, amaba la versión de Frank Harry Lawler Payne que estaba en mi cabeza. Pero, sin duda, no quería manchar la reputación de aquella si me dedicaba a conocer su versión real. Lo mejor, era mantener distancia. Lo ideal, era que omitiera los latidos de mi corazón y siguiera con mi vida.
—Debo irme —dije una vez que terminé de comer levantándome de un salto. Debía obligarme a mí misma a recordar mis objetivos y a mantener mi anonimato. ¿Y si él había visto mi teléfono? Recordé que aunque tuviese clave, era simple echar un ojo a las notificaciones. ¿Y si él ya sabía? ¿Y si era por eso que intentaba hablarme? ¿Y si era para él como una rata de laboratorio?
—Pero, pedí también helados. Deja que los busque —respondió levantándose.
—No quiero ahora, pero gracias. Hmm… Había olvidado que tengo cosas que hacer. Adiós.
Tras decir aquello, casi troté como alma que lleva el diablo. Mi respiración estaba agitada, parecía que había corrido un maratón y mis manos no dejaban de temblar. La idea de que Frank supiese lo que hacía me aterraba. Nadie podía saberlo. Aquello me pondría en la mira de todos y eso era lo menos que deseaba.
Claro, viéndolo de ese modo era un poco sin sentido que llevase el cabello de color rosa puesto que eso me hacía muy llamativa; sin embargo, una cosa era que me tildaran de rara (ya estaba acostumbrada) y otra que me tildaran de obscena y depravada.
¿En que se enfundaban mis miedos? Cuando estaba en la preparatoria, también escribía relatos eróticos. Lo hacía desde los trece. Me divertía escribir fanficts con figuras del espectáculo o personajes de libros. Con el tiempo empecé a ganar mucha popularidad, tanto como para tener mi propio nombre digital.
Tenía varias amigas, no me molestaba hablar con los demás y a pesar de tener mi mundo oculto online, podía llegar a ser bastante extrovertida. Todo cambió cuando decidí mostrar esa parte oculta de mí. Solo le había contado a mis “amigas”, pero solo fueron necesarias algunas semanas para que la información circulara por todo el liceo.
Los directivos y mis padres, me obligaron a cerrar y eliminar todas mis cuentas. Mi castigo, fue no contar con internet y decomisar mi teléfono. Estuve muy cerca de llegar a ser expulsada (detalle que deseé). Sin embargo, tuve que sobrevivir en medio de bullying y comentarios morbosos.
Y sí, con el tiempo todos empezaron a olvidarlo. Yo me alejaba cada vez más y buscaba hacerme invisible. Mis notas bajaron, al igual que mi estado de ánimo y como era de esperarse, terminé sola. Sentí que la mirada de mis progenitores no era la misma. Para ellos, era como si estuviese sucia.
El sexo para ellos era un tabú. Las relaciones entre personas del mismo sexo, las orgias y los encuentros entre miembros de una misma familia eran muestras de una depravación inimaginable. De forma automática fui rechazada. Lo más curioso, era que yo no sentía que hubiese hecho algo malo, pero no entendía porque todos lo aborrecían cuando en el fondo se entretenían hasta la saciedad con mis relatos.
¿Acaso se trataba de que ese lado de nosotros siempre debía permanecer oculto? ¿Acaso yo había mostrado de más? Mi adolescencia no fue la más bonita. Ya no era simplemente Emma, era “la chica que escribe relatos perversos”; “La chica que escribe sobre incesto”; “La depravada que fantasea con dos hombres al mismo tiempo”; etc…
Aquella experiencia solo me enseñó que nadie iba a poder amarme si me conocía realmente. Que mis padres, en el fondo solo querían a la hija que ellos pensaban que era. Cuando no resulté ser lo que esperaban de mí, buscaron excusas para mantenerme lejos.
Casi recibieron con alegría y baile la noticia de que me iba a estudiar en una universidad de otro estado. Nunca llegaron a mostrarse preocupados porque una menor viviese sola y muy lejos de ellos. Ya para mis progenitores yo estaba manchada.
Solté un suspiro. Lo curioso de todo aquello, era que a pesar de que podía escribir sobre sexo sin agotarme, no lo había llevado a la práctica jamás. Nadie me había tocado más allá de mis dedos. Nadie me había besado con lujuria y pasión, nadie me había hecho olvidar mi nombre.
En otras palabras, era libre. A mi familia no le importaba, vivía en una ciudad en la que no tenía amigos o conocidos, podía hacer lo que quisiera. Pero ¿por qué la idea de abrirme con alguien me generaba tanto temor? El hecho de que me hablara Frank era como un aviso fugaz de lo que necesitaba.
Para comprender lo que escribía, debía cruzar la línea entre la fantasía y la realidad. El porno y la literatura erótica, no bastaba para darme una idea real de lo que era el sexo. Necesitaba un encuentro s****l. Pero ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde y con quién?
Tomé un taxi para ir a mi residencia. Era un gasto innecesario, pero no podía tomar un bus con todos aquellos pensamientos en mi cabeza. Era viernes… Como alquilaba por una habitación, vivía en una gran casa que compartía con muchas otras mujeres. Tenía 18 años casi recién cumplidos y por esa razón, Fernanda una de mis compañeras de piso, me había invitado a “discotequear”.
En mi cabeza no se había cruzado la cabeza de aceptar, hasta ese encuentro con Frank Lawler. Había llegado el momento de que sacara el ideal que tenía de él de mi mente. Si solo cruzar palabras con él me ponía en aquel estado, corría un gran riesgo si seguíamos interactuando.
Era probable que las hormonas y mis emociones juveniles, me estuviesen jugando una mala pasada. Debía averiguarlo, debía conocer a otras personas y probar aquello de lo que hablaba, pero que no probaba. Después de todo, era mayor de edad.