Capítulo 4: El beso francés

1540 Words
Narrado por Emma Robles "La belleza seduce a la carne con el fin de obtener permiso para pasar al alma" Simone Weil Mis determinaciones de la tarde me habían llevado a estar en un carro con mi compañera de piso Fernanda, su novio y un amigo de este. Si hubiese tenido que elegir una palabra para definir aquel momento, sin dudarlo habría elegido “incómodo”. Observaba por la ventanilla como pasábamos edificios en la oscuridad, mientras deseaba haberme quedado en mi casa escribiendo. Sin duda, había metido la pata por actuar de modo impulsivo. Tan solo al llegar a mi residencia, había tocado la puerta de la habitación de Fernanda con la vergüenza en la cara. No tenía mucha confianza con la muchacha de cuerpo prominente y amplias caderas, pero cuando ella abrió la puerta y me observó con una sonrisa de oreja a oreja, supuse que no sería tan difícil. —Esto sí que es una sorpresa —dijo sin dejar de sonreír. Yo la imité y pregunté en voz baja: —¿Sigue en pie tu invitación? —Pensé que nunca aceptarías —comentó con una carcajada. —Alístate porque hoy salimos. Si algo admiraba secretamente de Fernanda, era que esa mujer no parecía tener complejos. A pesar de que era lo que la sociedad denominaba como una talla grande, ella exhibía su figura sin complejos, lo hacía con orgullo. Tenía muchos admiradores, los había visto ir y venir casi en fila; pero, tenía un mes en algo que parecía bastante serio. La veía de vez en cuando llegar con un chico de cabello n***o. Él era alto, delgado y su melena le llegaba hasta los hombros. Usaba una coleta que no se le veía nada mal y podía apreciar que tenía tatuajes en sus brazos. Podía definirlo como un tipo punk, pero no quería enfrascarlo en un esteriotipo, Paul no encajaba en ninguno. Me enteré de que se llamaba Paul una vez me subí en el auto. Fer le dio un largo beso en los labios que me hizo bajar la mirada. En el asiento de atrás, muy cerca de mí se encontraba un joven de cabello castaño y mirada arrogante. Tenía las piernas cruzadas, como si quisiese formar un cuatro. Al notar mi turbación se presentó. —Soy Axel —dijo extendiendo la mano. No la tomé, pero levanté el rostro para verlo. —Emma —murmuré sintiendo un frio repentino en las piernas tras el escrutinio de sus ojos. Tuve la impresión de que quedó complacido con lo que vio. —Me pareces conocida de alguna parte —añadió poniendo el dedo índice cerca de su boca. Me mantuve en silencio y luego de un rato, me dediqué a mirar por la ventanilla. No tenía idea de que socializar con hombres me iba a resultar tan complicado. Quería espabilarme, hablar, pero mi lengua no respondía. No podía negar que el tal Axel era una belleza andante. Podía ser tímida, pero no era ciega. Se daba cierto aire a un actor famoso. Su mandíbula era del tipo cuadrada y bien formada. El centro de su rostro resaltaba por una nariz recta y una boca prominente. Sus ojos eran pequeños, pero con un tono que era muy similar al verde. En cuanto a su cuerpo, tras mirarlo por el rabillo del ojo, llegué a la conclusión de que se ejercitaba. Vestía de modo elegante, pero a la vez muy a la moda. Literal parecía que tenía un modelo al lado. A pesar de eso, no me provocaba una emoción desenfrenada como sí lo hacía Frank. Cuando llegamos al sitio nocturno, Fernanda se bajó con rapidez para abrirme la puerta. Tomó mi mano y casi me jaló al lugar. —¿Qué quieres tomar? —Inquirió cruzando nuestros dedos —quizás el licor te suelte la lengua amiga mía. Sonreí de forma forzada. No tenía experiencia con el licor, pero no quería delatarme. —Lo que bebas tú —respondí siguiéndole el paso con dificultad. La brisa nocturna chocaba contra mi cuerpo y erizaba mis vellos. En definitiva, no estaba acostumbrada a usar falda si no llevaba una licra debajo. Nos pusimos en la fila de personas que querían entrar al lugar. Los dos jóvenes se habían quedado discutiendo algo en el auto, mientras nosotras marcábamos el puesto. —Ten cuidado con Axel —me advirtió Fernanda con disimulo —es muy guapo, sí, pero tiene fama de mujeriego. Si pasa algo entre ustedes, no te enganches con él. La observé con espanto. —Dudo que algo pase… No creo, no creo que yo le haya gustado o algo. Mi compañera sonrió. —Claro que le gustaste, te ves divina con esa falda negra y esa chaqueta de jean. Pareces una rockera chic. Me reí. ¿Cómo no había hablado antes con aquella mujer? Le subía la autoestima a cualquiera y era muy simpática. Me lamenté por haberme alejado de las personas durante tanto tiempo, me odié por permitir que el miedo formara una muralla a mí alrededor. Conversamos un poco más mientras la fila avanzaba y minutos después, los chicos estaban a nuestro lado. Fer y Paul se tomaron de las manos y sin percatarse comenzaron a hablar entre ellos. Axel, quien me llevaba una diferencia bastante amplia en altura, me estudió con detenimiento. —¿Es tu primera vez? —inquirió inclinándose hacia mí para que lo escuchara. Asentí. —Hace unas semanas cumplí la mayoría de edad. —Hmm… Pensé que eras mayor. Arrugué el rostro con escepticismo. Había leído mucho como para saber que ese tipo de comentario era casi un insulto. Me estaba diciendo vieja. —¿Qué edad pensaste que tenía? —me atreví a preguntar. —No sé… Unos veinticinco. Solté una exclamación lo cual llevó a que su rostro enrojeciera y explotara en carcajadas. —Solo te estoy molestando Emma —se mofó poniendo su mano por unos segundos en mi cabeza. Para mi sorpresa, aquel gesto a pesar de ser inesperado, no me incomodó. La sonrisa de Axel era cálida y sincera, estudiar su personalidad de cerca me iba a ayudar para mis relatos. Una vez entramos en la discoteca, tuve que acostumbrar mis ojos a la oscuridad. Por supuesto, también tuve que adaptarme a la música estrepitosa que taladraba mis oídos. ¿Cómo podían hablar y escucharse unos a otros en medio de aquel bullicio? Había muchos jóvenes a nuestro alrededor, el sitio estaba repleto. Seguí a mis compañeros de fiesta casi a tropezones, llegamos hasta la barra y allí Paul y Axel se pusieron a pedir los tragos. Fernanda movía su cuerpo al ritmo de la música y recorría el área con una sonrisa. —La noche estará movida —comentó en voz alta con coquetería. Traté de contagiarme con su alegría y cuando recibí mi bebida, tomé un sorbo corto para ver de qué se trataba aquello. El sabor era una mezcla entre dulce y amargo. Me calentaba la garganta y por poco me hacía toser. Sin embargo, no sabía mal. Tenía un toque de limón que me encantaba. —Está delicioso —le dije a mi compañera. Fer tomó mi mano y me condujo a una mesa con algunos asientos vacíos. Noté que solo estábamos ella, Paul y yo. Una vez nos sentamos, ellos hablaban en voz alta sobre música y trataban de incluirme de cuando en cuando. Sin embargo, como casi no los escuchaba mis intervenciones no eran las mejores. Un buen rato después, ya cuando iba por mi segunda bebida, apareció Axel. —¿Me buscabas? —preguntó sentándose muy cerca de mí haciendo que nuestros brazos se rozaran. Negué. —Ni me di cuenta de que no estabas —repliqué con indiferencia y algo de fanfarronería producto de los tragos. Vaya que el alcohol le daba fortaleza para hablar hasta al más tímido. Axel volvió a carcajearse. Tenía que admitir que tenía una risa bastante bonita. Su rostro adoptaba una expresión casi inocente cuando se reía. —¿Quieres bailar? —preguntó acercándose más. Entrecerré los ojos un poco incómoda y a la vez algo mareada. Las luces me atontaban. —No sé bailar —admití bajando el rostro. —Yo te enseño —me invitó él tendiendo su mano hacia mí. Me envalentoné y tomé su mano, la cual se sintió caliente junto a la mía. Axel sonreía de oreja a oreja. Él sabía lo que estaba haciendo, sabía cómo guiarme, dónde tocarme y cómo moverse. Hizo que girara, lo pisé algunas veces, pero eso no importó. No sabía si me estaba moviendo bien, pero era divertido. Lo que más me gustó, fue que él no intentó propasarse o tocarme más allá de lo debido. No era invasivo con sus manos, él me invitaba a dar el primer paso. Me sentía ligera, quizá algo adormecida, pero a la vez liberada. Mi temor a la hora de hablar se había difuminado. Axel juntó nuestras manos y las subió un poco mientras bailábamos. Nos fuimos acercando hasta que nuestras frentes se adhirieron. Podía sentir su respiración, su aliento, su perfume. Cerré los ojos por instinto y el beso no se hizo esperar. Nuestras bocas se juntaron y yo me dejé llevar.        
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