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La niñera del italiano mafioso

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intro-logo
Blurb

En el inframundo de los hombres sin rostro, donde el poder se escribe con sangre y la lealtad se garantiza con miedo, existe un hombre que ha olvidado cómo sentir. Él es el monstruo que las sombras respetan, un soberano del caos que gobierna su imperio con mano de hierro y su hogar con un silencio sepulcral. Para él, el amor no es un refugio, es una debilidad que ya no puede permitirse, y el bebé que llora en la habitación contigua no es su heredero, sino el recordatorio constante de su propia condena.​Pero la oscuridad siempre convoca a la luz, y la luz tiene una forma tentadora de quemar.​Ella llegó como una nota suave en una sinfonía de violencia. Una niñera cuya belleza es tan deslumbrante como su inocencia; una mujer que ha caminado sola por el mundo y que ahora se atreve a desafiar el vacío de esa mansión con la calidez de su presencia. Ella no ve al mafioso implacable que el mundo teme; ella ve al hombre roto que se esconde tras los ojos color miel, y esa es su mayor imprudencia. Porque mirar a los ojos al monstruo es invitarlo a que te devore.​Entre ellos se gesta una atracción prohibida, un magnetismo oscuro que desafía toda lógica. Ya no es solo una guerra de voluntades, es una guerra de piel contra piel. Es el roce accidental que deja un rastro de fuego, es el aroma de ella invadiendo el santuario de él, despertando instintos que deberían haber permanecido enterrados. Es un deseo que palpita en la madrugada, una tensión s****l tan densa que se puede palpar en el aire, haciendo que cada respiración sea un pecado compartido.​Es un amor peligroso que nace entre muros fortificados y secretos inconfesables. Ella es la dulzura que promete redención; él es la destrucción que busca poseerla, marcarla y consumirla. En este juego de seducción y peligro, el deseo es una trampa de seda y el corazón es el único rehén que ruega no ser liberado.​Ella ha venido a salvar a un niño, pero podría terminar perdiéndose en los brazos del hombre que juró resistir, entregándose a una pasión que no conoce leyes ni perdón. Porque cuando la luz se enamora de la sombra, el resultado nunca es la paz, sino un incendio erótico que amenaza con reducirlo todo a cenizas. La función ha comenzado, y en el mundo de los Cavalli, nadie sale ileso ni virgen de sentimientos del primer beso del monstruo.

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Capitulo 01
Alessandra Thorne El silencio en los alrededores de la propiedad no era de esos que te traen paz; era un silencio artificial, pesado, como si la naturaleza misma tuviera miedo de hacer ruido cerca de aquellos muros de piedra gris. Mientras el taxi avanzaba por el sendero flanqueado por robles centenarios, sentí una presión extraña en el pecho. Había aceptado esta entrevista porque la agencia me aseguró que era la oportunidad de mi vida, una posición de niñera interna con un sueldo que resolvería todas mis deudas de un plumazo, pero nadie me advirtió que la casa se sentiría más como una fortaleza que como un hogar. Cuando el vehículo se detuvo frente a la estructura imponente, lo primero que vi no fueron flores ni fuentes, sino hombres. Hombres de pie como estatuas de granito, vestidos con trajes oscuros y auriculares, cuyas miradas gélidas escanearon el taxi antes de que yo siquiera pudiera poner un pie fuera. Rodeada de tanta seguridad y testosterona, me sentí ridículamente pequeña con mi bolso de mano y mi currículum arrugado por el sudor de mis palmas. Uno de ellos, un tipo con una cicatriz que le recorría la mandíbula, me indicó con un gesto seco que lo siguiera. No hubo palabras de bienvenida, solo el eco de mis tacones sobre el mármol del vestíbulo. La casa era magnífica, decorada con un gusto exquisito que gritaba dinero antiguo y poder moderno, pero carecía de alma. No había fotografías en las mesas, no había rastro de vida cotidiana. Era una exposición de lujo estéril. —El señor Cavalli la espera en el despacho —dijo el hombre, abriendo una puerta doble de madera maciza. Entré con el corazón martilleando contra mis costillas. El despacho era amplio, con estanterías que llegaban hasta el techo y un ventanal que ofrecía una vista perfecta de los jardines traseros. Sin embargo, toda mi atención fue capturada por el hombre sentado tras el escritorio de caoba. Dominic Cavalli habían dicho en la agencia que se llamaba el era, sin lugar a dudas, el hombre más atractivo que mis ojos habían visto jamás, pero era una belleza peligrosa, como la de un filo recién afilado. Su piel era clara, casi de porcelana, contrastando con un cabello n***o como el ala de un cuervo, perfectamente peinado hacia atrás. Cuando levantó la vista, me encontré con unos ojos color miel que, en lugar de calidez, destilaban una frialdad absoluta. Su traje gris marengo parecía hecho a medida sobre sus hombros anchos y su postura era la de un rey que no tiene tiempo para plebeyos —Señorita Thorne —su voz era un barítono profundo que vibró en el aire—. Llega dos minutos tarde —Lo siento, el control de seguridad en la entrada fue… —empecé a decir, mi voz temblando más de lo que me gustaría admitir. Él no me dejó terminar. No parecía interesado en mis excusas. Me observó un segundo más, una inspección silenciosa que me hizo sentir como si estuviera bajo un microscopio. Estaba a punto de decir algo más cuando la puerta se abrió de golpe, rompiendo la tensión del aire. Una mujer joven, vestida con ropa de diseñador y el rostro desfigurado por la furia y el cansancio, entró en la habitación. No era una empleada; la calidad de sus joyas y su aire de superioridad lo dejaban claro. En su mano derecha cargaba un asiento transportador con una brusquedad que me hizo dar un respingo. —¡Ya basta, Dominic! —exclamó ella, ignorando mi presencia por completo—. La mujer que contrataste la semana pasada se largó hace una hora. Dijo que no puede más, y yo tampoco. Tengo una vida, tengo compromisos en la ciudad y no pienso pasar un minuto más siendo la cuidadora de esto. Con un golpe seco, colocó el asiento transportador sobre una de las sillas de cuero frente al escritorio. Dentro, un bebé de unos 5 meses quizas comenzó a llorar de inmediato. Era un llanto ronco, agotado, de esos que te dicen que el niño lleva horas buscando consuelo sin encontrarlo—Yo también me voy —sentenció la mujer, dándose la vuelta y saliendo del despacho sin mirar atrás, dejando tras de sí solo el rastro de un perfume caro y el sonido de sus pasos furiosos. El despacho se sumergió en una atmósfera asfixiante. El bebé, lloraba con una angustia que me partía el alma. Miré a Dominic. Él no se movió. No se levantó. Ni siquiera bajó la mirada hacia el niño que se retorcía en el asiento a pocos centímetros de él. Seguía mirando un punto fijo en la pared, con la mandíbula tan apretada que temí que se le rompiera. El instinto fue más fuerte que mi miedo. Me olvidé de la entrevista, de la etiqueta y de los hombres armados afuera. Me acerqué al asiento y con manos temblorosas pero decididas, desabroché los arneses. —Hola, pequeño… ya está, ya pasó —susurré. Lo tomé en mis brazos. Nico estaba caliente, sus mejillas estaban rojas por el esfuerzo de llorar. Lo apoyé contra mi hombro y, por puro hábito profesional, comencé a darle palmaditas rítmicas en la espalda mientras caminaba lentamente por el despacho. A los pocos segundos, el niño soltó un gas sonoro y su llanto se transformó en un hipo entrecortado antes de silenciarse por completo. Se aferró a mi blusa con sus puñitos, buscando refugio. Me giré hacia Dominic, sintiendo una mezcla de alivio y una indignación que empezaba a hervir bajo mi piel.—Señor Cavalli, el niño solo necesitaba que le sacaran los gases y un poco de contacto humano —dije, tratando de mantener la compostura—. Podríamos discutir un horario de alimentación y… —No —me interrumpió él. Su mirada seguía fija en el vacío, evitando activamente al bebé que yo sostenía—. No hay nada que discutir. A partir de este momento, ese es su trabajo. Usted se encarga de él. De todo. —Pero apenas nos hemos presentado, no le he hablado de mi experiencia con… —No me interesa —dijo, y esta vez sus ojos miel se clavaron en los míos. Eran pozos de dolor oculto bajo capas de hielo—. La agencia dice que es la mejor. Demuéstrelo. Alguien le mostrará dónde dormirá. Puede empezar ahora mismo. Se levantó con una elegancia letal, rodeó el escritorio sin acercarse a nosotros y salió del despacho por otra puerta lateral. No hubo una caricia para el niño, ni una mirada de despedida. Nada. Solo un vacío helado que se quedó flotando en la habitación. Me quedé allí parada, abrazando a un Nico que empezaba a quedarse dormido, sintiendo una soledad inmensa. Una mujer mayor, de rostro amable pero cansado y vestida con un uniforme impecable, apareció en la puerta principal. —Venga, querida. La acompañaré a la habitación —dijo con voz suave. Caminamos por pasillos interminables. Yo sostenía a Nico como si fuera un tesoro frágil. No pude evitarlo y, mientras subíamos las escaleras, pregunté en voz baja: —La mujer que salió hace un momento… ¿es la madre de Nico? La mujer se tensó visiblemente. Sus pasos se detuvieron un segundo antes de retomar la marcha. Me miró con una mezcla de advertencia y lástima. —No —susurró—. Ella es la hermana del señor Cavalli. La madre de Nico… la señora murió dándolo a luz. Hubo complicaciones terribles en el quirófano. Mi corazón dio un vuelco. Miré el rostro sereno del bebé en mis brazos.—Desde ese día, el señor no tolera estar en la misma habitación que el niño —continuó la mujer, bajando aún más la voz mientras nos acercábamos a la guardería—. Su dolor es más grande que su razón. Para él, Nico es el recordatorio constante de lo que perdió. Si quiere conservar este empleo, señorita Thorne, le daré un consejo: no mencione a la madre, no intente que el señor cargue al niño y, sobre todo, no espere que él sea un padre. Aquí solo hay un hombre que sobrevivió y un niño que nació de una tragedia. Asentí en silencio, sintiendo un nudo en la garganta. Entramos en la habitación del bebé. Era enorme, llena de juguetes caros y ropa de las mejores marcas, pero se sentía fría, como una vitrina de museo. Me mostraron mi propia habitación y luego se fue, caminé hacia la de Nico y tomé la cuna de madera la arrastre hasta mi habitación, había sido difícil pero no imposible. Con sumo cuidado, acosté a Nico en su cuna de madera tallada. Era un bebé precioso; tenía las pestañas largas y oscuras de su padre, pero una suavidad en las facciones que solo podía pertenecer a la mujer que ya no estaba. Me quedé observándolo un largo rato, acariciando su manita diminuta. Entendía el dolor de la pérdida. Yo también sabía lo que era que el mundo se detuviera de golpe y que el silencio fuera el único compañero. Quizás por eso, en lugar de sentir miedo de Dominic Cavalli, sentí una profunda y peligrosa lástima por ambos. Por el hombre que se negaba a amar para no volver a sufrir, y por el niño que no tenía la culpa de haber sobrevivido. —No te preocupes, Nico —susurré, mientras lo cubría con una manta de seda—. Yo te voy a cuidar. Yo te voy a dar todo el amor que este lugar te niega. Me incorporé y miré hacia la ventana. La mansión Cavalli era una jaula de cristal, y yo acababa de entrar en ella por voluntad propia. No sabía qué me esperaba en los días venideros, ni cómo sobreviviría a la gélida presencia de Dominic, pero algo en mi interior me decía que no me habían enviado aquí solo para ser una niñera. Me habían enviado para rescatar a dos almas que se estaban ahogando en la oscuridad. Cerré las cortinas, dejando la habitación en una penumbra acogedora, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba exactamente donde debía estar.

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