. . . -Y por eso, hermanos, amarnos a nosotros mismos así como unos a los otros, esa es la orden divina de nuestro padre y la que más debemos obedecer- Mónaco sonrió mientras daba la homilía- En nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. -Amén- oyó el coro de voces de sus fieles devotos a la iglesia. Se alejó hacia la oficina quitándose la sotana. Hacía mucho calor en julio. Pero sorprendido encontró al diácono esperándolo junto a la repisa en donde descansaba su biblia. -Diácono- le saludó y el hombre canoso le sonrió un poco. -Padre Mónaco, una mujer lo espera en la oficina- él frunció el ceño- Tiene quince minutos esperando y se ve muy impaciente. -¿Quién podrá ser?- preguntó en voz alta y sonrió al hombre mayor- Muchas gracias por dar aviso, hermano. Salió en dirección a

