PRÓLOGO: La Fortaleza de la Soledad (y las nalgas de la discordia)
La alarma sonó a las 6:00 AM. Ana abrió los ojos, miró el techo y soltó un suspiro que podría haber apagado una vela a tres metros.
Se arrastró hasta el espejo. A sus 33 años (aunque aparentaba 25 si la luz era buena y había dormido sus ocho horas), Ana era un monumento a la contradicción. Medía 1.70, con una piel blanca que parecía porcelana hasta que se enojaba y se ponía roja como un camarón. Su cabello era una maraña de fuego rojo, indomable y salvaje.
Pero lo que realmente definía su silueta no era su cabello, sino sus curvas. Ana no era delgada, ni pretendía serlo. Era voluptuosa con "V" mayúscula; tenía caderas anchas, muslos poderosos y un trasero que tenía su propio código postal. Un cuerpo hecho para el pecado, aunque ella lo vistiera como para un convento.
—Si me muero hoy —murmuró, pellizcándose la cintura—, los vecinos no dirán "pobre chica". Dirán: "Se murió la huraña del 4B, esa, la del culo gordo que siempre andaba de n***o. Qué desperdicio de nalgas para estar tan sola".
Hacía cinco años que sus padres habían fallecido por la pandemia, dejándola en un silencio absoluto. Bueno, no absoluto. Aún quedaban sus tíos y sus primos, esa rama podrida del árbol genealógico. Solo la llamaban para dos cosas:
Para preguntarle cuándo se iba a casar y dejar de ser "la rara de los libros".
Para pedirle dinero prestado para "inversiones seguras" que terminaban siendo estafas piramidales de batidos dietéticos.
Ana había bloqueado sus números hace meses. Prefería la ansiedad del silencio que la ansiedad de ser el cajero automático de la familia.
Y luego estaba Él. El innombrable. Su ex de hace dos años. Un tipo que era experto en demolición emocional.
"Estás loca, Ana, te imaginas cosas", le decía él cuando ella encontraba mensajes de otras. "Nadie más te va a aguantar con esa ansiedad tuya, yo te hago un favor al quererte".
Ana se había aferrado a esa tortura psicológica pensando que era amor, hasta que un día la ansiedad fue tan fuerte que el miedo a estar con él superó al miedo de estar sola. Desde entonces, su cama era fría, pero al menos nadie la hacía sentir que estaba perdiendo la cabeza.
—Mejor sola que mal acompañada —sentenció frente al espejo—. Y definitivamente mejor sola que manteniendo a primos idiotas.