El viento helado de diciembre se colaba entre los edificios como un lobo hambriento, mordiendo las mejillas de Ana mientras avanzaba a paso firme por la calle nevada. Las luces navideñas parpadeaban sobre su cabeza, empeñadas en recordarle que era temporada de alegría, aunque su ánimo estuviera más cerca de una tormenta de hielo que de un villancico.
Apretó más su bufanda contra el cuello. Ese día había empezado mal y parecía decidido a seguir por el mismo camino. Nevaba con ganas, la ciudad olía a canela y pino, y ella solo quería llegar a su departamento, ponerse calcetines gruesos y fingir que el mundo no existía.
Pero el destino -ese bromista empedernido- tenía otros planes.
Al doblar la esquina, un golpe húmedo y tibio explotó en su abrigo.
-¡Ah, por favor no...! -murmuró Ana, mirando la mancha café que ahora adornaba su pecho.
Frente a ella, un hombre alto, de barba descuidada y sonrisa ridículamente cálida, sostenía un vaso de cartón doblado como si fuera un animal herido. Llevaba un suéter navideño tan absurdo que debería ser ilegal: un reno con nariz roja que parecía bajo los efectos de demasiados ponches.
-Perdón, perdón -dijo él, levantando las manos como si se entregara a la policía-. No te vi. O bueno... sí te vi, pero demasiado tarde. La nieve me jugó una mala pasada. ¿Estás bien?
Ana lo observó con los ojos entrecerrados. Su cabello rojo, rebelde y desordenado por naturaleza, parecía electrificado por el choque. Él, en cambio, tenía esa sonrisa estúpida -y extrañamente encantadora- que la irritó al instante.
-Estoy... fantástica -respondió con un sarcasmo tan helado que podía haber congelado el café derramado-. ¿Siempre atacas gente inocente con bebidas calientes o solo a las pelirrojas?
Él soltó una risa suave.
-No, no... es algo exclusivo. Solo a las mujeres que parecen necesitar un café nuevo. Te prometo que te lo repongo. O dos, si quieres.
Ana frunció los labios, indecisa. Ese tono juguetón, esa mirada amable... era claro que él no estaba bromeando a su costa. Simplemente era así: un rayo de calor caminando por una ciudad congelada. El tipo de persona que ella, por su propia salud mental, solía evitar.
-No hace falta -dijo finalmente-. Ya me voy.
Intentó esquivarlo, pero él dio un paso al lado, sin intención de bloquearla, solo con torpeza genuina.
-Espera, en serio. Déjame compensarlo. Me llamo Liam.
-No pregunté -respondió ella, siguiendo su camino.
Pero antes de alejarse demasiado, escuchó su voz desde atrás, clara como un campanazo navideño:
-¡Bueno! ¡Espero verte otra vez! Quizás sin café volando esta vez. ¡Feliz Navidad, pelirroja!
Ana cerró los ojos un instante. "Pelirroja". Genial. Lo último que necesitaba era un hombre amable, torpe y peligroso para su paz mental gritando apodos tontos en plena vía pública.
Siguió caminando.
Pero, aunque no lo admitiría ni bajo tortura, el frío de la noche se sintió un poquito menos cruel después de ese encuentro. Y la ciudad, con sus luces y villancicos, parecía brillar con un matiz diferente.
Como si acabara de encenderse, muy a su pesar, una chispa. Una diminuta. Una insignificante.
Una que tenía forma de reno con nariz roja.