La librería "El Refugio" tenía un nombre irónico, porque en diciembre no refugiaba a nadie; más bien, era una trinchera de guerra con villancicos de fondo.
Ana entró por la puerta trasera sacudiéndose la nieve del abrigo. El lugar ya estaba infestado de decoraciones. Había luces parpadeantes en las estanterías de "Filosofía" (lo cual le parecía una falta de respeto a Nietzsche) y un árbol de Navidad torcido junto a la caja registradora.
—¡Ana! ¡Llegaste! —chilló Clara desde el mostrador.
Clara era una contradicción biológica andante y el sueño húmedo de cualquier otaku. Tenía veintitantos años, el cabello n***o lacio y brillante como la tinta china, y una carita de ángel inocente que sugería que nunca había roto un plato. Sin embargo, del cuello para abajo, era puro pecado. Delgada, con una cintura de avispa, pero con un busto tan generoso y desafiante que Ana siempre temía que los botones de su blusa salieran disparados como proyectiles. Era una fantasía de anime hecha carne y hueso, y su obsesión por la cultura pop asiática solo confirmaba el estereotipo.
—Adivina qué —siguió Clara, dando saltitos que hicieron rebotar peligrosamente su anatomía—, puse la playlist de "Navidad K-Pop". ¿No es genial?
Ana la miró con la intensidad de un francotirador cansado.
—Clara, si escucho a un grupo de siete chicos coreanos cantando Jingle Bells, voy a apuñalarme el tímpano con mi marcapáginas de Harry Potter.
—Ay, qué amargada. Te falta amor, unnie —rio Clara, ignorando la amenaza—. Por cierto, hay un cliente en la sección de Autoayuda que preguntó por ti. Dijo que quería una recomendación para "sanar su niño interior".
Ana rodó los ojos con fuerza.
—Dile que aquí vendemos papel y tinta, Clara, no milagros. Si quiere sanar, que vaya a terapia o a un bar, como la gente normal.
La mañana fue un calvario diseñado para probar la cordura de Ana con una fauna de clientes peculiares y la ley de Murphy en su contra.
A las 11:00 AM, una señora le gritó porque no tenían la Biblia en versión manga para su nieto.
A las 12:30 PM, mientras acomodaba la sección de Gastronomía, una pila de libros de cocina de tapa dura se deslizó y aterrizó directamente sobre su pie izquierdo. Ana contuvo un grito y miró al techo.
—Lo sé, Universo. Yo también te odio. Es algo personal, ¿verdad?
A la 1:00 PM, un adolescente gótico le preguntó muy seriamente si tenían algún libro real sobre cómo invocar demonios para que su profesor de matemáticas desapareciera. Ana tuvo que explicarle con mucha paciencia que la sección de "Ocultismo" era meramente teórica y que, legalmente, la librería no podía ser cómplice de homicidio paranormal.
A las 4:00 PM, llegó el golpe final. Un tipo con olor a pachuli y mirada intensa la acorraló en la sección de Clásicos.
—Eres como Dulcinea, pero con más carne... con más de donde agarrar —le dijo, guiñándole un ojo de forma grotesca.
Ana tuvo que morderse la lengua para no explicarle detalladamente dónde le gustaría introducirle la lanza de Don Quijote.
A eso de las 5:00 PM, la tienda se calmó. Clara aprovechó para sacar su tablet y leer la última actualización de su novela erótica coreana favorita: El Emperador y su Concubina Cautiva.
Ana estaba acomodando libros cuando notó que Clara se retorcía en el taburete. La chica tenía las mejillas encendidas, mordía su labio inferior y cruzaba las piernas con fuerza. De pronto, Clara soltó un jadeo ahogado y se puso de pie de un salto, visiblemente alterada.
—Tengo que ir al almacén de atrás —dijo Clara con voz estrangulada, aclarándose la garganta ruidosamente—. Inventario urgente de... ejem... lápices. Sí, lápices. Me urgen.
Clara corrió hacia el cuarto de limpieza, un espacio diminuto donde apenas cabía un trapeador y una decoración sobrante: un Santa Claus de cartón tamaño real con una sonrisa perturbadora.
Ana escuchó el seguro de la puerta cerrarse con violencia.
Dentro del estrecho cuarto, Clara encendió la pantalla de su tablet para ver al Emperador. Se recargó contra la pared fría, junto al Santa mirón. Con manos temblorosas, comenzó a desvestirse. Se quitó el cárdigan, dejó caer la blusa al suelo y se desabrochó el sujetador, liberando sus enormes pechos que rebotaron al quedar libres, pesados y turgentes. Se bajó la falda lentamente, quedándose únicamente con unas braguitas de encaje blanco con un pequeño estampado de Sailor Moon.
Necesitaba sentir más. Clara metió la mano en su bolso y sacó su secreto mejor guardado: un pequeño vibrador amarillo brillante con la cara de Pikachu. Era ridículo, sí, pero tenía la potencia de un ataktrueno.
—Pika-pika... —murmuró Clara con una risita nerviosa antes de encenderlo al máximo.
Se llevó dos dedos de su mano libre a la boca y los chupó con avidez, llenándolos de saliva caliente y espesa. Con los dedos empapados, comenzó a recorrer su propio cuerpo, trazando líneas húmedas desde su cuello hasta su ombligo con la punta de los dedos. Pellizcó y torció sus pezones rosados, jalando la piel sensible, mientras gemía bajito.
—Ahhh... sí... —susurró.
Bajó la mano con el juguete y deslizó el pequeño Pikachu zumbante por sus muslos internos, acercándolo peligrosamente a su calor. Presionó la cara del pokémon eléctrico contra la tela húmeda de sus bragas de Sailor Moon, justo sobre su clítoris.
—¡Ahhh! —gimió fuerte, echando la cabeza hacia atrás, golpeándola suavemente contra la pared.
Inclinó el cuello en un ángulo casi imposible, tratando de alcanzar su propio pecho con la boca, su lengua lamiendo la areola hinchada, imaginando que era la boca del protagonista de su drama devorándola. Mientras su boca jugaba con su propia carne, apartó la tela de sus bragas y metió el vibrador directamente en contacto con su perla, frotando con movimientos circulares frenéticos. Sus piernas temblaban y sus jugos empapaban el juguete amarillo, mientras gemía sucias promesas contra la pared del almacén.
Afuera, Ana escuchó un golpe sordo contra la pared y un gemido inconfundible.
Se quedó paralizada un segundo, con un libro en la mano. Una sonrisa cínica cruzó su rostro, pero inmediatamente fue reemplazada por otra sensación. El sonido de placer de Clara actuó como un contagio. De repente, la idea se le incrustó en el cerebro. Sintió un calor repentino y húmedo en el bajo vientre, una pulsación que le exigía atención inmediata.
Maldita sea, pensó Ana, apretando los muslos. Ahora a mí también me urge un "inventario".
El camino a casa se le hizo eterno. Su cuerpo pedía a gritos llegar.
Al entrar a su departamento, cerró la puerta y echó los tres cerrojos, su ritual sagrado para asegurarse de que el mundo exterior —incluidos los zombies, los cobradores y los estúpidos que tenía por familia— se quedara fuera.
Fue directo a la cocina, sin quitarse el abrigo, y devoró un chocolate que había comprado en el camino, buscando un poco de dopamina rápida, pero sabía que eso no sería suficiente. El hambre que tenía era de otro tipo, uno que vibraba entre sus piernas.
Entró a su habitación y comenzó a desvestirse lentamente. Se quitó el abrigo pesado, luego el suéter enorme de lana que la hacía parecer una carpa de circo. Debajo de esas capas de "mujer invisible", Ana guardaba un secreto: le encantaba la lencería cara y provocativa.
Quedó expuesta en un conjunto de encaje n***o semitransparente que abrazaba sus curvas voluptuosas como una segunda piel, haciendo un contraste erótico con la blancura lechosa de sus pechos y la amplitud de sus caderas. Se miró al espejo, pasando sus manos por su cintura, sintiendo la textura áspera del encaje contra sus dedos y cómo sus pezones pugnaban por romper la tela, duros y rosados.
Entró al baño y preparó el ambiente. Conectó su celular a la bocina impermeable y seleccionó su playlist especial para estas ocasiones, esa que tenía guardada como "Meditación Profunda" para despistar, pero que estaba llena de baladas poderosas.
Se acercó al lavabo y abrió el cajón secreto, su "caja de herramientas". Ahí descansaba su colección privada: un dildo de cristal transparente y frío, un par de bolas chinas de peso considerable, un vibrador tipo "conejo" morado y, por supuesto, el rey de la casa. Ana apartó los otros juguetes con desdén y sacó a "Thor", su vibrador rosa de potencia industrial, dejándolo a mano sobre el lavabo.
Abrió la regadera. El vapor comenzó a llenar la habitación. Ana se quitó la lencería despacio, deslizando las bragas por sus piernas, disfrutando del aire frío en su piel desnuda antes de entrar bajo el chorro de agua caliente.
No fue directo al juguete. Quería sentir primero.
Dejó que el agua caliente recorriera su espalda, sus nalgas, sus piernas. Tomó su champú, una mezcla rica de manzana, vainilla y canela, y comenzó a lavarse el cabello. El aroma dulce y especiado llenó el baño, embriagándola. Dejó que la espuma bajara por su cuerpo, frotando su piel con lentitud deliberada, reconociendo su propio mapa corporal. Sus manos enjabonadas bajaron desde su cuello, masajeando sus hombros tensos, y luego rodearon sus pechos con firmeza, levantando el peso de sus senos. Sus pezones, extremadamente sensibles, palpitaban bajo el agua caliente. Ana los apretó, jaló de ellos con sus dedos jabonosos, pellizcando las puntas hasta que un gemido escapó de su garganta.
—Mmm... sí... así... —susurró, echando la cabeza hacia atrás, dejando que el agua le golpeara la cara.
Sus manos siguieron bajando, recorriendo su vientre plano, acariciando sus caderas anchas con posesión, y luego apretaron con fuerza sus nalgas, separando los glúteos para dejar que el agua caliente corriera directamente por su pliegue íntimo. La excitación subía con el vapor y el aroma a canela. Ana colocó el tapete antideslizante de goma en el suelo de la bañera y se recostó boca arriba. El agua caía sobre ella como una lluvia tropical. Abrió las piernas completamente, ofreciéndose al calor y a su propio deseo, exponiendo sus labios hinchados y rosados.
En ese momento, la bocina empezó a reproducir Die With A Smile de Lady Gaga y Bruno Mars. La melodía romántica y potente llenó el baño, creando la atmósfera perfecta.
Estiró la mano y tomó a Thor. Lo encendió en la potencia media.
Primero lo pasó por la cara interna de sus muslos, provocándose temblores, subiendo lentamente, burlándose de su propia necesidad. Luego, introdujo dos dedos de su mano libre en su entrada. Estaba empapada. Sus dedos entraron con facilidad, produciendo un sonido húmedo y obsceno que resonó con eco en el baño.
Chap, chap, chap.
Escucharse a sí misma tan mojada la excitó aún más. Con sus dedos dentro, bombeando y estirando sus paredes al ritmo de la balada, llevó la punta vibrante de Thor a su clítoris.
El contacto fue una descarga eléctrica pura.
—Ahhh... joder... —soltó un gemido fuerte, gutural, arqueando la pelvis hacia arriba. No le importaba si la vecina del 5C la escuchaba; esa vieja sorda ponía la televisión a todo volumen, así que esto era justicia poética.
Ana jugaba con la intensidad. Alejó el vibrador un momento y vio la punta brillante, cubierta de sus propios fluidos transparentes y espesos. Llevada por un impulso primario y sucio, se llevó el juguete a la boca y lamió su propia esencia con avidez, saboreando su deseo, tragándose su propio sabor almizclado. Volvió a colocar a Thor en su centro, subiendo la potencia al máximo, mientras sus dedos penetraban con más fuerza y rapidez, buscando ese punto interno rugoso que la hacía ver estrellas.
Su mente voló. De repente, la soledad del baño desapareció.
Imaginó a Liam.
No al chico bromista del suéter, sino a un hombre dominado por el deseo animal. Imaginó que él estaba ahí, arrodillado sobre ella en la ducha, empapado, con la camisa pegada a los músculos.
En su fantasía, Liam no era delicado. Sus manos grandes apretaban sus nalgas con fuerza, separándolas, mientras bajaba su rostro entre sus piernas. Ana gimió ruidosamente al imaginar la lengua de él jugando con su clítoris, lamiéndola con devoción, para luego introducirse profunda y húmeda dentro de su v****a rosadita, saboreándola.
Imaginó que él subía, mordiendo la carne suave de sus muslos internos, dejando marcas, para luego atacar sus pechos. Los dientes de él mordían sus pezones, tirando de ellos con fuerza, succionando como si quisiera devorarla.
—Liam... cómeme... rómpeme... lléname... —jadeó Ana, perdida en la alucinación, sus caderas levantándose del tapete buscando más fricción, golpeando su pelvis contra su propia mano y el juguete zumbante.
La canción de Bruno Mars y Gaga llegaba a su clímax emocional, y Ana también. La vibración constante, el agua hirviendo, sus dedos profundos y la imagen de esos ojos miel la llevaron al borde del precipicio. La tormenta se acumuló en su vientre, una presión deliciosa y agonizante que le entumecía las piernas. Estaba a punto de estallar. Iba a ser un orgasmo de los que te reinician el sistema operativo y te dejan ciega.
—¡Voy a...! ¡Ahhh, Liam! —gritó, arqueando la espalda violentamente, entregándose al abismo.
Y justo en ese microsegundo, cuando iba a alcanzar la gloria, el algoritmo aleatorio de Spotify decidió cometer un crimen de guerra.
La balada romántica murió de golpe.
Y sonó un acordeón norteño a todo volumen, retumbando en la acústica del baño.
¡Y ARRIBA YO, APÁ! ¡Y ARRIBA LA CHONA!
—¡¿QUÉ?! —gritó Ana, abriendo los ojos desorbitados, saliendo de su trance de golpe.
Pero el cuerpo no tiene botón de pausa. El orgasmo la golpeó con la fuerza de un tren de carga, implacable, pero en lugar de ser un momento de sensualidad cinematográfica, su cuerpo se convulsionó en espasmos de placer al ritmo frenético de Los Tucanes de Tijuana.
—¡Ahhh! ¡Mierda! —gemía de placer y de pura incredulidad al mismo tiempo, sus paredes internas contrayéndose violentamente alrededor de sus dedos, exprimiendo hasta la última gota de éxtasis—. ¡¿Por qué... ahhh... esta pinche canción?!
Se corrió intensamente, con los dedos de los pies encogidos y el cuerpo temblando incontrolablemente, mientras la bocina gritaba alegremente: Y LA CHONA SE MUEVE, AL RITMO QUE LE TOQUEN...
Ana apagó a Thor, sacó sus dedos lentamente y se quedó tirada en el tapete, con el agua cayéndole en la cara, jadeando, con el corazón a mil y la dignidad hecha pedazos.
Escuchó el resto de la canción mirando el techo, incrédula, mientras su respiración se calmaba poco a poco y su pulso volvía a la normalidad.
—Increíble —masculló entre jadeos, soltando una risa nerviosa que rebotó en los azulejos—. Mi fantasía erótica con el chico guapo acaba de convertirse en un rodeo.
Se levantó con las piernas temblorosas, cerró el grifo y se envolvió en la toalla. A pesar del desastre musical, se sentía increíblemente relajada, con esa pesadez deliciosa en los músculos y el aroma a vainilla y canela en su piel.
Se tiró en la cama, lista para dormir. Pero la imagen de los ojos de Liam seguía ahí, persistente, mezclada ahora con el recuerdo absurdo de la música.
Si él supiera que acabo de tener un orgasmo pensando en sus ojos mientras sonaba La Chona, llamaría a la policía o al psiquiátrico.
Ana se tapó con las cobijas hasta la nariz, sonriendo en la oscuridad.
—Mañana borro esa canción. Y de paso, borro a Liam de mi cabeza. Definitivamente.