CAPÍTULO 9: Propósitos de Año Nuevo, Cafeína y el Arte de No Huir

2929 Words
Enero llegó a la ciudad con la sutileza de un puñetazo en la mandíbula. El brillo artificial de las guirnaldas y la euforia forzada de la Navidad se habían evaporado, dejando tras de sí un rastro de escarcha sucia en las aceras, cuentas bancarias en cuidados intensivos y esa sensación de vacío existencial que acompaña a los propósitos de año nuevo que nadie, absolutamente nadie, va a cumplir después de la segunda semana. Ana se despertó en su departamento envuelta en una inercia que solía ser su estado natural, pero algo había cambiado en la química de su aire. El silencio de su habitación ya no era esa fortaleza gélida y hermética de antes. Ahora, el ambiente conservaba un rastro del perfume de Liam —ese aroma a madera tostada, café y una masculinidad que se le había quedado pegada en la memoria celular— y sus sábanas, habitualmente impolutas y estiradas con precisión militar, estaban hechas un desastre que contaba la historia detallada de las últimas noches. Se sentó en la cama, sintiendo una punzada de rigidez en la parte interna de los muslos que le arrancó una sonrisa involuntaria y un tanto pecaminosa. —Maldita sea —murmuró Ana, frotándose las sienes—. Liam Miller es un peligro para la salud pública y un atentado directo contra mi misantropía. Se levantó y caminó hacia el baño. Su reflejo en el espejo era un poema épico: el cabello rojo enredado en un nido de pájaros incendiario, los labios todavía un poco hinchados por el exceso de fricción y unas marcas tenues en la base del cuello que delataban la intensidad con la que Liam solía reclamar su territorio. Por primera vez en dos años, el gris de enero no le parecía una condena, sino un telón de fondo aceptable para la tormenta de colores que llevaba instalada en el bajo vientre. Cuando Ana abrió la librería "El Refugio", el frío del exterior parecía querer entrar a pedir asilo. Clara ya estaba allí, moviéndose entre las estanterías con la agilidad de un ninja alimentado a base de azúcar y dramas coreanos. Estaba reorganizando la sección de poesía con una energía sospechosa, tarareando una canción pop y moviendo los hombros de una manera que solo podía significar que estaba armada con chismes de alto calibre. En cuanto escuchó el tintineo de la campana, Clara se giró con la precisión de un radar térmico. —Buenos días, unnie —dijo Clara, arrastrando las vocales con una sonrisa que a Ana le puso los pelos de punta—. Llegas siete minutos tarde. Eso es muy... poco propio de la mujer que tiene un cronómetro por corazón. A menos, claro, que el cronómetro se haya detenido por culpa de ciertos "eventos vecinales" de alta frecuencia. Ana caminó detrás del mostrador, ignorándola con una dignidad que se desmorobaba por segundos. —Hubo tráfico, Clara. El mundo no gira en torno a mis "eventos", por mucho que tu imaginación de w*****d lo desee. —Hueles a jabón de hombre, Ana. Y tienes un brillo en los ojos que solo he visto en el episodio doce de un K-drama cuando por fin se besan después de cincuenta malentendidos. —Clara se acercó más, bajando la voz—. ¿Ya son oficiales? ¿O seguimos jugando a que solo intercambian libros y fluidos por pura cortesía? —No hay etiquetas, Clara. Solo somos... personas que se llevan bien. Muy bien. La conversación fue interrumpida por la entrada del primer cliente del día. Era un hombre de unos cuarenta años, con cara de haber dormido en una caja de cartón y una expresión de confusión existencial. Se acercó al mostrador rascándose la cabeza. —Hola... busco un libro —dijo el hombre, titubeando—. Es un libro verde. De tamaño mediano. Ana suspiró, apoyando las manos en el mostrador. —Señor, tengo aproximadamente ochocientos libros verdes. ¿Recuerda el título o el autor? —No... pero la portada tiene un perro. Bueno, parece un perro, pero es más grande. Está en la nieve. Creo que es una historia sobre la naturaleza o algo así. Mi abuelo decía que era un clásico. Ana intercambió una mirada de resignación con Clara. La descripción era el equivalente literario de buscar a un "sujeto de camisa blanca" en un estadio de fútbol. Sin embargo, su instinto de librera tomó el mando. —¿El perro parece un lobo? ¿Es una historia sobre la supervivencia en el Yukón? —preguntó Ana, empezando a caminar hacia la sección de clásicos de aventuras. —¡Eso! ¡Ese mero! —exclamó el hombre, iluminado—. Es sobre un animal que es mitad lobo y tiene que luchar contra todo en el frío. Ana extendió la mano y sacó un ejemplar de "Colmillo Blanco" de Jack London. La edición era verde bosque, con una ilustración sobria de un lobo aullando bajo una luna pálida. —Aquí tiene. Es la historia de un híbrido que aprende que el mundo es cruel, pero que la lealtad existe. Se llevará un buen libro, si es que tiene el estómago para leer sobre la realidad de la naturaleza. El hombre pagó, agradecido, y salió de la tienda. Clara soltó una carcajada. —"Un libro verde con un perro". Ana, eres una santa. Yo le habría vendido una guía de jardinería y lo habría mandado a su casa. A mediodía, el hambre y la necesidad de ver a cierto castaño de ojos miel superaron la reticencia de Ana. Cruzó la calle hacia "Cacao & Grano". En cuanto entró, el aroma a chocolate amargo y granos tostados la envolvió como una manta térmica. La escena que encontró fue oro puro para su sentido del humor ácido. Una mujer de aspecto pretencioso, vestida con un abrigo de piel sintética que parecía haber muerto de un susto, estaba señalando su taza de café con indignación. —¡Le dije que quería un cisne! —chillaba la mujer—. ¡Esto no es un cisne, es un pato deforme! ¡No puedo subir esto a mis historias, es un insulto a la estética! Liam estaba detrás de la barra, con una sonrisa tensa que gritaba "estoy a un segundo de saltar sobre el mostrador y estrangularte". Tenía el delantal manchado de leche y un mechón de pelo cayéndole sobre los ojos. —Señora, le aseguro que el sabor del latte es exactamente el mismo —decía Liam, manteniendo ese tono de Golden Retriever educado que a Ana tanto le gustaba desarmar—. El arte latte es volátil. A veces el vapor tiene mente propia. Sofía, la hermana "vampiresa" de Liam, estaba recargada en la vitrina de los chocolates, grabando la escena con su celular y soltando risitas malvadas por lo bajo. En cuanto vio a Ana, le guiñó un ojo. —¡Mira eso, Ana! —gritó Sofía, lo suficientemente fuerte para que la clienta la oyera—. ¡Mi hermano, el gran maestro chocolatero, ha sido derrotado por un pato mareado! ¡Liam, retírate ya, no tienes honor! —¡Sofía, cállate! —gruñó Liam, rojo de la vergüenza. La clienta bufó, dejó la taza y salió del local indignada. Liam se dejó caer contra la barra, soltando un suspiro largo. —Dime que vienes a rescatarme de mi propia familia y de los clientes con problemas de i********: —dijo Liam, mirando a Ana con una mezcla de cansancio y adoración. —Vengo a burlarme del pato, Miller —respondió Ana, rodeando la barra para quedar frente a él—. Aunque tengo que admitir que Sofía tiene razón: como artista eres un excelente barrendero. —¡Oye! —Liam la tomó de la cintura, jalándola hacia él sin importarles que Sofía estuviera ahí mirando con asco—. Te extrañé anoche. El departamento se siente demasiado grande cuando no estás ahí quejándote de que mi café es "demasiado alegre". —Es que lo es. Es ofensivo para mis mañanas cínicas —susurró Ana, permitiéndose por fin sonreír y acariciar la nuca de él. Sofía hizo un sonido de arcada. —Ew, por favor. Si van a empezar con el romance barato, avísenme para irme a la bodega a ver anime en paz. Mis ojos vírgenes no están diseñados para ver a mi hermano mayor comportándose como un perrito faldero. Liam le lanzó un trapo húmedo a su hermana, que ella esquivó con la agilidad de quien está acostumbrada a la guerra fraternal. El resto de la tarde en la librería fue un borrón de inventarios y charlas con Clara sobre los "propósitos de año nuevo". A las siete en punto, Liam apareció en la puerta de "El Refugio". El viento afuera era gélido, agitando su abrigo oscuro. Cerraron la tienda y empezaron a caminar hacia el departamento de Ana. Liam vivía con su madre y su hermana, así que su lugar siempre estaba lleno de gente, ruido y responsabilidades. El departamento de Ana se había convertido en su santuario privado. Mientras caminaban por la calle lateral, flanqueada por edificios viejos y farolas que parpadeaban, Liam entrelazó sus dedos con los de ella dentro de su bolsillo. El silencio entre ellos no era incómodo, era denso, cargado de todo lo que no decían en voz alta. —Ana —dijo Liam, deteniéndose en seco bajo la luz pálida de una farola—. Sé que enero es un mes de mierda para ti. Sé que te pones esta armadura de sarcasmo para que nadie vea que te asusta que las cosas vayan bien. Ana lo miró, sintiendo el frío en la punta de la nariz pero un calor abrasador en el pecho. —No es que me asuste, Liam. Es que no sé cómo manejarlo. El silencio era mi mejor amigo durante dos años. Ahora, tú haces demasiado ruido. Liam se acercó más, acortando la distancia hasta que sus alientos se mezclaron en una pequeña nube de vapor. —Pues acostúmbrate al ruido, pelirroja. Porque no pienso dejar de sonar en tu cabeza. No eres un libro que leo y dejo en la estantería. Eres la historia en la que quiero quedarme a vivir. Ana sintió que se le escapaba un suspiro que no era de cansancio, sino de entrega. Sin decir nada, lo jaló de la solapa de su abrigo y lo besó. Fue un beso lento, profundo, que sabía a despedida del pasado y a bienvenida de algo que no podía controlar. En cuanto entraron al departamento de Ana, el aire pareció electrizarse. Ella ni siquiera encendió las luces. La penumbra era su aliada, rota solo por el reflejo de la nieve que entraba por la ventana. La puerta se cerró con un golpe seco y, antes de que Liam pudiera decir algo, Ana ya lo tenía acorralado contra la madera. La urgencia que habían contenido durante el día estalló. Liam se deshizo de su abrigo y sus manos grandes, expertas en manejar temperaturas delicadas con el chocolate, se hundieron en el cabello rojo de Ana con una ansiedad que la hizo jadear. La besó con una ferocidad hambrienta, reclamando su boca mientras sus cuerpos chocaban con un impacto que resonó en el pasillo. —Te he deseado cada maldito segundo de este día —gruñó Liam, bajando sus besos por el cuello de Ana, succionando la piel sensible justo debajo de su oreja hasta dejar una marca que él sabía que ella llevaría con orgullo al día siguiente. Él la levantó en vilo, y Ana enredó sus piernas alrededor de su cintura de forma instintiva. El contacto de sus centros a través de la ropa era una tortura deliciosa. Caminaron de esa forma hasta el dormitorio, tropezando con los muebles, ignorando todo lo que no fuera el calor del otro. La depositó en la cama y se deshizo de su ropa con una impaciencia eléctrica, sus ojos miel oscurecidos por una lascivia que no pedía disculpas. Verlo desnudo siempre era un impacto: la amplitud de sus hombros, el vello oscuro que descendía por su vientre y la potencia de su virilidad, que latía con una vida propia, lista para poseerla. Liam le quitó el vestido a Ana con una mezcla de adoración y lujuria, recorriendo su piel pálida con la mirada hasta que ella sintió que se incendiaba. El preludio fue una lección de erotismo sensorial extremo. Liam se arrodilló entre sus piernas y comenzó a mordisquear la parte interna de sus muslos, subiendo lentamente, dejando pequeñas marcas de dientes que hacían que Ana se retorciera sobre las sábanas. Sus labios se cerraron sobre sus pezones, pesando sus pechos con las manos, apretándolos y succionándolos con una fuerza que le arrancaba gritos roncos a Ana. Sus dedos bajaron, encontrando la humedad ardiente que ya empapaba su sexo. Liam se deslizó entre sus labios vaginales, masajeando su clítoris con una presión rítmica y experta que la llevó al borde del abismo. Ana arqueó la espalda, hundiendo sus dedos en el cabello castaño de Liam, jalándolo hacia ella. —¡Por favor, Liam... ya! —suplicó ella, con la voz rota. Él se posicionó y, con un empuje lento y decidido, entró en ella por completo. Ana soltó un grito que llenó la habitación, sintiendo cómo sus paredes se estiraban para acomodar el grosor masivo de Liam, abrazándolo mientras él se hundía hasta encontrar su cuello uterino. El impacto la hizo echar la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco, perdida en la sensación de plenitud total. Empezó a moverse con una fuerza bruta. El ritmo era constante, potente, una fricción de piel contra piel que producía un sonido húmedo y rítmico que se volvió la única banda sonora de la noche. Cada estocada era profunda, llenándola, haciéndola vibrar desde adentro. Liam tomó las manos de Ana y las entrelazó con las suyas, fijándolas contra la almohada sobre su cabeza, obligándola a mirarlo mientras la poseía con una autoridad que no dejaba espacio para la duda. —Mírame, Ana... siente cómo me perteneces —susurró él, aumentando la velocidad de las embestidas hasta que el roce del vello púbico contra el clítoris de ella se volvió insoportable de placer. El cuarto se llenó de sus respiraciones entrecortadas, de los gritos de Ana que ya no intentaba contener y del sonido de la piel húmeda chocando rítmicamente. La tensión se acumuló en el vientre de Ana hasta que estalló en oleadas violentas, contrayendo sus músculos alrededor de él en espasmos rítmicos. Liam soltó un rugido profundo, animal, y tras tres estocadas finales y brutales que hicieron crujir la cama, se vino dentro de ella, llenándola con su calor mientras su cuerpo temblaba sobre el de ella por el esfuerzo extremo. Se quedaron así durante un largo rato, con las respiraciones entrelazadas y el sudor enfriándose en sus cuerpos. Liam abrazó a Ana por la espalda, pegando su pecho a su columna, y depositó un beso tierno en su hombro. —¿Sabes qué es lo mejor de este año nuevo? —preguntó Liam, con la voz todavía ronca por el esfuerzo. —¿Qué? ¿Que finalmente aceptaste que el cisne era un pato? —bromeé, aunque me sentía increíblemente vulnerable en sus brazos. Liam se rió, un sonido vibrante que sentí en mis propios huesos. —No. Lo mejor es que por fin entiendo por qué la gente hace propósitos de año nuevo. El mío es simple: quiero despertarme así todos los días de este año. Y del que sigue. Ana se giró para mirarlo, acariciando su rostro. —Eres un cursi, Miller. Pero tienes suerte de que me gusten los clásicos con finales intensos. REFLEXIÓN POS-AÑO NUEVO: Enero es el lunes de los meses. Es pesado, es largo y está lleno de gente intentando ser "una mejor versión de sí misma" mientras se mueren de hambre en el gimnasio o intentan dejar vicios que retomarán en febrero. Pero si algo he aprendido entre estanterías de libros y tazas de chocolate amargo, es que la mejor versión de uno mismo no es necesariamente la que tiene pareja o la que ha encontrado el amor de su vida en una cafetería. Sí, es jodidamente lindo cuando las estrellas convergen y conoces a alguien que quiere leer tus defectos como si fueran su novela favorita. Alguien que no huye cuando el gris de tu vida se vuelve demasiado oscuro. Pero también es perfectamente válido empezar el año solo. A veces, el propósito más valioso no es encontrar a otro, sino encontrarse a uno mismo entre los escombros de lo que dejamos atrás. A todos los que están pasando este enero a solas: no es una condena. Es un año nuevo para escribir tus propios capítulos, para realizar esos sueños que no dependen de nadie más y para aprender que ser el protagonista de tu propia historia es suficiente. Si alguien llega para compartir las páginas contigo, genial. Y si no, tú sigues siendo un libro completo, no una obra a medias esperando un coautor. La vida tiene cosas buenas y malas para todos; el truco es llamarlas por su nombre y saber que, con o sin alguien al lado, tú tienes el poder de decidir cómo termina el capítulo. ¡Espero que su inicio de año sea genuino, con o sin "Efecto Rodolfo"! Gracias por seguir acompañando a estos dos desastres en su camino. Si quieren más dosis de sarcasmo, romance y escenas que calientan hasta el invierno más crudo, no olviden seguirme en f*******: como: @thony.helios ¡Nos leemos en el próximo capítulo!
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD