El miércoles en la librería "El Refugio" transcurría con la emoción de un documental sobre el crecimiento del musgo.
Ana estaba detrás del mostrador, practicando su mirada de "no me hables a menos que el edificio esté en llamas" mientras organizaba facturas. El ambiente olía a papel viejo, cera de vela y al almuerzo de Clara, que consistía en unos fideos instantáneos picantes que hacían llorar los ojos a tres metros de distancia.
—Ana, unnie —dijo Clara, asomándose desde detrás de una pila de mangas con la boca manchada de salsa roja—. ¿Crees que si me tiño el pelo de azul como el protagonista de Blue Lock, mi abuela me desherede?
Ana ni siquiera levantó la vista del papel, ajustándose las gafas con un suspiro largo.
—Clara, tu abuela te amenazó con desheredarte cuando compraste esa almohada de cuerpo completo de un samurái. El pelo azul sería solo el último clavo en tu ataúd financiero.
La campanilla de la puerta sonó, anunciando una nueva víctima... perdón, cliente.
Ana preparó su sonrisa falsa número 3 (la de "soy amable pero no me cuentes tu vida"), pero la sonrisa se le congeló en los labios.
No era la señora de los gatos. No era el chico gótico.
Era él.
El de los ojos miel. El del suéter de reno (aunque hoy llevaba una camisa de franela a cuadros que le quedaba criminalmente bien). El terror del café derramado.
Liam entró con una caja pequeña en las manos y una expresión de cautela, como quien entra en la jaula de un tigre hambriento.
Se sacudió la nieve de las botas en el tapete de entrada y buscó a Ana con la mirada. Cuando la encontró, sonrió. Esa sonrisa ladeada, medio nerviosa, medio encantadora, que hizo que el estómago de Ana diera un salto mortal estúpido.
—Hola, vecina —dijo él, acercándose al mostrador y rascándose la nuca con un gesto tímido—. Vengo en son de paz. Sin líquidos calientes esta vez. Lo juro por mi madre.
Ana cruzó los brazos sobre el pecho, levantando una ceja con escepticismo, aunque notó que su corazón latía un poco más rápido de lo normal.
—La última vez que nos vimos, juraste que no eras un reno y terminaste bañándome en latte de vainilla. Tus antecedentes penales no te ayudan, Liam.
Liam soltó una risita suave, dejando la caja sobre el mostrador y levantando las palmas de las manos.
—Justo. Muy justo. Por eso traigo esto. —Señaló la caja con un movimiento de cabeza—. Es el pago de la tintorería. O bueno, un soborno para que no me denuncies.
Ana miró la caja. Era de cartón Kraft, sencilla pero elegante, atada con un lazo rojo.
—¿Qué es? ¿Una bomba de brillantina? ¿Ántrax?
—Cerca. Trufas de chocolate amargo al 70% con un toque de sal de mar y... —Liam hizo una pausa dramática, guiñándole un ojo—... un poco de whisky.
Clara, que había estado observando la escena como si fuera el clímax de su drama coreano favorito, soltó un chillido ahogado y se abanicó con la mano.
—¡Oh, por Dios! Chocolate y alcohol. Ana, si no lo quieres tú, yo me sacrifico. Soy voluntaria.
Ana rodó los ojos, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa. La curiosidad (y su adicción secreta al chocolate) ganaron la batalla.
—Está bien. Acepto el soborno. Pero si muero envenenada, mi fantasma te perseguirá y te hará la vida imposible.
Liam se apoyó en el mostrador, acercándose un poco más. Ana pudo olerlo de nuevo: madera, café y frío.
—Correré el riesgo —dijo él, bajando un poco la voz, mirándola directamente a los ojos con una intensidad que la desarmó—. Pruébalas. Las hice yo mismo esta mañana.
Ana abrió la caja. El aroma a cacao puro golpeó su nariz, rico y profundo. Tomó una trufa con delicadeza y se la llevó a la boca.
Al morderla, el sabor explotó. No era dulce empalagoso. Era intenso, terroso, con el toque salado y el calor final del whisky bajando por su garganta.
Cerró los ojos involuntariamente y soltó un gemido suave de apreciación.
—Mmm...
Cuando abrió los ojos, Liam la miraba. No con lujuria (bueno, quizás un poco), sino con una satisfacción genuina, con una sonrisa orgullosa de ver que le gustaba su trabajo.
—¿Y bien? —preguntó él, cruzando los brazos y recargando la cadera en la madera—. ¿Merezco el perdón o voy directo a la guillotina?
Ana se limpió una migaja de cacao de la comisura del labio con el pulgar.
—Digamos que... te salvas por hoy. —Ana suspiró, recargando la barbilla en su mano—. Están deliciosas. Maldita sea. Odio admitirlo.
—Ese es el secreto —dijo Liam, poniéndose serio por un segundo, mirando las estanterías llenas de libros a su alrededor—. El chocolate amargo es como la vida, Ana. Si fuera solo dulce, sería aburrido. Necesita esa parte amarga para que lo disfrutes de verdad.
Ana se quedó callada, sorprendida por la profundidad repentina del comentario. Miró a Liam, realmente mirándolo. Detrás de esa fachada de "chico guapo y despreocupado", vio algo más. Vio unas ojeras tenues que el maquillaje de la sonrisa no cubría del todo. Vio unas manos trabajadoras llenas de pequeños cortes. Vio a alguien que, quizás, también estaba librando sus propias batallas en silencio.
—Te pones muy filosófico para alguien que usa suéteres de renos —dijo Ana, pero su voz salió suave, sin el filo habitual.
Liam se encogió de hombros, mirando al suelo con una sonrisa melancólica.
—Bueno, tengo mucho tiempo para pensar mientras muevo el chocolate. Además... —Señaló la sección de Fantasía detrás de ella—. Me gusta leer. A veces, la realidad está sobrevalorada y uno necesita escapar a mundos donde los dragones son el mayor problema, ¿no crees?
Ana sintió un "clic" en su pecho. Un sonido sordo, como una pieza de rompecabezas cayendo en su lugar.
Ella leía para no estar sola. Él leía para escapar de su realidad.
De repente, la librería no se sintió tan fría.
Era extraño. Ana llevaba años convencida de que su vida era una película en blanco y n***o, una rutina segura de grises. Pero ahí estaba este tipo, un extraño con el que había chocado dos veces, trayéndole un poco de color (y calorías).
—A veces —admitió Ana, bajando la guardia por primera vez, jugando nerviosamente con el lazo rojo de la caja—, las estrellas se alinean y encuentras algo bueno en medio del desastre. Como estas trufas. O como un libro que no esperabas.
Liam levantó la vista y sus miradas se encontraron. Hubo un silencio cómodo. No había prisa, no había bromas forzadas. Solo dos personas cansadas reconociéndose mutuamente en la trinchera de la vida adulta.
—O como una vecina gruñona que tiene buen gusto —agregó Liam suavemente, rompiendo el hechizo, pero manteniendo la calidez.
Ana soltó una risa nasal, negando con la cabeza.
—No te emociones, Golden Boy. Sigues estando a prueba. Un paso en falso y te veto la entrada.
Liam se enderezó, haciendo un gesto militar exagerado.
—Entendido, capitana. Me retiro antes de arruinarlo. —Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir, girándose con la mano en el pomo—. Oye, Ana.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Gracias por no echarme. —Liam sonrió, una sonrisa pequeña y sincera—. A veces... uno necesita un refugio.
Salió a la calle nevada, dejando tras de sí el sonido de la campanilla y el aroma a chocolate.
Ana se quedó mirando la puerta cerrada.
—Unnie... —susurró Clara, apareciendo a su lado como un ninja, con los ojos brillando de emoción—. Si no te casas con él, lo hago yo. Ese hombre te miró como si fueras la última edición firmada de Harry Potter.
Ana tomó otra trufa y se la metió a la boca para ocultar la sonrisa estúpida que amenazaba con salir.
—Cállate, Clara. Y ve a limpiar tu desastre de fideos.
Pero mientras masticaba el chocolate amargo, Ana miró por la ventana hacia el local de enfrente, donde se veían las luces encendidas de "Cacao & Grano".
Quizás el invierno no iba a ser tan largo este año. Quizás, solo quizás, había encontrado a alguien con quien compartir el frío.