Karla se estaba preparando para Eduardo, era su primera visita desde que él se fue a la universidad. Creía conocerlo lo suficiente para saber que algo tramaba. Estaba decidida a ser ella quien lo sorprendiera; después del desastre del baile, había llegado el momento.
Seguía regodeándose en su logro. Tenía para sí al chico más guapo del instituto, aquel que hacia suspirar a todas las chicas; por el camino había perdido a su única amiga, pero no le importaba, pensaba que era una envidiosa, que sentía celos por su belleza y por haber logrado lo que nadie había conseguido, cazar al popular, admirado y deseado Eduardo Frias. Juntos habían sido el rey y la reina de su promoción. Aquella noche no fue como ella esperaba, mucho menos como esperaba Eduardo, pero estaba decidida a hacer lo que él quería, él era el hombre su vida. Juntos hacían la mejor pareja de todo el condado, él había empezado en la universidad y ella se presentaría al certamen de Miss internacional y lo ganaría, ni siquiera en la televisión había visto a una mujer que la superara en belleza. Karla vivía en Shelby, Indiana, en una urbanización donde lo moderno estaba de moda, y lo anticuado no se llevaba, esa era la regla general, pero no en su casa. En su casa seguían las viejas costumbres. Venía de una familia ultraconservadora, hasta el último curso de instituto fue a un colegio de monjas, solo para chicas, la virgen de Santa Maria de la Rosa. En el instituto descubrió a los chicos, y todo era nuevo y excitante. No le costó nada adaptarse, allí donde iba, todos la miraban, adoraba ver cómo soñaban con ella a pesar de sus ropas. Su madre le compraba cuanto quería, pero al llegar a casa, subía los escotes, ensanchaba las cinturas y bajaba los dobladillos. Karla nunca enseñaba nada indebido; su madre, que era muy buena cosiendo, se encargaba de ello. A pesar de haber dejado el colegio de monjas, iba cada semana a confesarse y, por supuesto, no se libraba de ir a misa un solo domingo. Cuando Robbie se graduara, se iría de Shelby y huirían a Los Ángeles. Su belleza sería un trampolín para ser la nueva ambición rubia, Marilyn Monroe era su ídolo desde niña. Hacía poco más de siete años que había muerto, soñaba con ser su sucesora, aún no había una como ella en la gran pantalla. Karla compartía con ella esa feminidad, esa belleza que hacía que los hombros cayeran a sus pies. Ella podría lograrlo, se quitaría esa ropa que la obligaban a usar y triunfaría, como una estrella, estaba hecha para brillar e iba a hacerlo con mucha intensidad. Cerraría la boca de su padre, que decía que era una engreída, vanidosa, superficial y creída, que solo servía para peinarse y agradar, que una cara bonita no daba de comer. Pronto eso se terminaría, solo debía tener paciencia e intentar contener esa lengua que siempre la llevaba por el mal camino.
Llamaron a la puerta y se dio otro vistazo en el espejo de pie; mientras lo hacía, pensó que iba a causarle un infarto a Eduardo, se había superado, estaba impresionante, no iba a gustarle, le encantaría. Corrió hacia la puerta, como esperaba era Eduardo. Estaba muy guapo con su chaqueta de la universidad, era guapo se pusiera lo que se pusiera. Estaba jugando mucho al futbol, le habían dado una beca y enseguida se había hecho un hueco en el equipo.
―¡Eli!
―exclamó al verla―. ¿Qué te has puesto? ―agrandó los ojos al ver el aspecto de su novia―. Estás guapísima.
―Estoy sola en casa
―lo informó ella abriendo la puerta para que entrara. Si sus padres se enteraban de que había dejado entrar a Robbie sin haber nadie en casa, la matarían. Su padre había comprado unas tierras que pensaba explotar, su madre lo había acompañado a verlas, su hermano mayor no estaba en casa, se había alistado en los marines y lo habían enviado a Vietnam, no tenía ni idea de qué había ido a hacer su hermano allí, y poco le importaba, en su mundo de color rosa solo existían ella, Eduardo y sus sueños. Eduardo entró en la casa sin dudarlo. Había ido hasta allí para romper con Karla, pero en cuanto la vio, lo olvidó. Había cambiado la ropa cristiana que sus padres la obligaban a llevar por un vestido estampado y corto que mostraba unas piernas larguísimas y delgadas su piel perfecta, se ajustaba a su piel de forma sensual, resaltando su esbelta figura. Era fácil perderse en la belleza de Karla, no era casual u ordinaria, era todo sensualidad y pecado, quería tirarse encima de ella. Eduardo consideraba que Karla tenía dos facetas muy marcadas en su personalidad. Por un lado era muy inoportuna, siempre decía lo que pensaba, no se molestaba en pensar cómo le sentarían a los demás sus comentarios u opiniones; por otro lado era vanidosa hasta el extremo, presumida y coqueta, pero era tan bonita y perfecta físicamente, quedaba tan bien paseando de su mano mientras todos lo envidiaban por ir de la mano de esa Diosa de la belleza, que podía olvidar lo terriblemente egoísta que era.
Cuando Karla llegó al instituto, todos los chicos querían salir con ella, él incluido, sabía que cuando consiguiera salir con ella, sería la envidia de todo el mundo. Ella se hizo de rogar, no le puso las cosas fáciles; antes de salir con ella tuvo que conocer a sus padres, dar muchos paseos con carabina como si estuvieran un siglo atrás. Hasta que no lo tuvo comiendo de su palma, no le dio el primer beso. A final de curso fueron nombrados rey y reina de la promoción de ese año, pensó que sería su gran noche, le estaba costando una enfermedad, tanto calentón le tenía el cerebro frito. En la universidad había descubierto que no todas las chicas eran así, no se arrepentía de lo que había hecho, él ya era un hombre y no podía salir con una niña que no quisiera acostarse con él, pero era verla y olvidarse de dejarla, se moría por tenerla desnuda solo para él, el deseo más ardiente explotaba dentro de él. Karla lo besó y lo llevó a la cocina. Había preparado limonada casera para él.
―No me gusta la limonada
―le recordó él. Karla hizo una mueca, era cierto, no le gustaba, se preguntó si se esperaba de ella que recordara esa clase de nimiedades.
―Pues no te la bebas
―contestó molesta tirando el contenido del vaso por el desagüe; le había llevado quince minutos hacerla, como para que él ni siquiera se hubiera dignado a probarla.
―¿Dónde están tus padres?
―Han ido a ver unas tierras
―le aclaró ella despreocupada―, no volverán hasta la noche. Se acercó a él y lo besó en los labios, Eduardo profundizo el beso, preguntándose si al fin se había decidido, esperaba que sí, se moría por colarse dentro de esa pequeña falda. Karla se sintió contrariada por el arrojo de Eduardo, había llegado el momento, no podía echarse atrás, llevaban saliendo meses y estaban en casa solos. Desde que él empezó la universidad su inseguridad creció, estaba segura que no encontraría a otra chica más guapa que ella, pero quizás sí una que le dejara colarse dentro de sus bragas, como decía su padre. Eduardo era muy guapo, debía conservarlo a su lado; si le daba su virginidad, cuando acabara la universidad se casarían y tendrían la vida que ella llevaba meses soñando e ideando.