Capítulo 4

1095 Words
Se separó de Eduardo y él la miraba como si viera algo precioso. ―Eres tan bonita casi perfecta, Karla ―dijo Eduardo fascinado por su belleza casi irreal―, eres la mujer más preciosa que hay en el mundo. Karla sonrió, le encantaban los halagos, gustar era su única meta en la vida, sabía que cuando fuera actriz todo el mundo la miraría a través de la pantalla como en ese momento lo hacia Eduardo, pero él debía sentirse orgulloso y agradecido, pues ella solo lo miraría a él. Le cogió la mano y lo llevó hasta la habitación de sus padres, se tumbó en la cama y dejo que él la venerara como se merecía. La tocó y la agasajó, Beth pensó que merecía que la tratara así, le estaba dando más de lo que nunca le iba a dar a nadie. La intensidad de los besos de Eduardo la excitaba, él coló una mano dentro de su vestido, dentro de su sujetador hasta apresar un pecho, aquello la incomodó. No le gustaba cómo la tocaba, nunca le había tocado un pecho y no esperaba que fuera así de duro. Parecía que estaba amasando pan; no es que ella hubiera amasado pan nunca, por supuesto, su manicura estaba por encima de las labores del hogar, pero había visto a su madre hacerlo. Eduardo siguió besándola, ella abrió los ojos, necesitaba mirar los suyos, ver si en ellos seguía la misma veneración. Se separó de él y Eduardo la miró extrañado. ―No voy a hacerte daño, Eli ―le aseguró quitándose la chaqueta. Elisabeth podía comprobar que seguía mirándola del mismo modo y eso la relajó. ―Lo sé ―contestó ella cogiéndolo del cuello y arrastrándolo de vuelta a la cama. Sus dedos se colaron torpemente dentro de su falda, eso hizo que se tensara al momento, los nervios la comían. De repente, todo le molestaba, en la habitación había demasiada luz, Eduardo pesaba demasiado, la estaba dejando sin respiración, el contacto de él en su parte más íntima era molesto y desagradable, instintivamente cerró las piernas. Eduardo se preguntó a qué estaba jugando, quería o no quería, pero no podía ponerlo a cien y después cerrar las piernas como la calienta pollas que llevaba meses pensando que era. ―Eli ―se separó de ella―. ¿Quieres o no quieres? ―preguntó cabreado. ―Quiero ―afirmó ella lamiéndose los labios―, pero no quiero que me hagas daño. ―No voy a hacerte daño ―le aseguró a pesar de que sabía que aquello no era cierto. Si la advertía que la primera vez era dolorosa, no iba a querer hacerlo, y él ya estaba a tope, no podía dar marcha atrás, tenía que follársela fuera como fuera. Se levantó de la cama y se quitó las deportivas, se bajó los pantalones arrastrando la ropa interior con ellos. Karla se incorporó en la cama y vio cómo Eduardo se deshacía de la ropa, era el primer pene que veía, sintió cómo sus pálidas mejillas se ruborizaban al ver su desnudez. Karla apartó la mirada de su m*****o azorada, se suponía que eso debía entrar dentro de ella, pero ella no creía tener ahí un agujero suficientemente grande para albergarlo. ―Quítate algo de ropa, preciosa ―le pidió Eduardo quitándose la camiseta. Miró la ventana, quería bajar la persiana, había demasiada luz, no se sentiría cómoda desnudándose con él, su falta de ropa ya la ponía de los nervios. Se levantó de la cama y fue hasta la ventana, bajó la persiana pero, antes de que acabara, Eduardo le cogió la mano. ―Quiero verte Karla, eres la más bonita del mundo, quiero verte mientras te hago mía. ―Tuya para siempre, ¿verdad? ―preguntó ella lamiéndose los labios secos. ¿Suya para siempre? ¿Estaba de broma? Karla era excitante, preciosa, se ponía burro con solo mirarla, incluso con esa ropa que dejaba tanto a la imaginación. Le gustaba que los tíos lo envidiaran por llevarla a ella de la mano, pero para siempre era demasiado tiempo. Afirmó con la cabeza, sabiendo que de nuevo le estaba mintiendo, pensando que debía madurar, estas cosas no pasaban con las chicas de la universidad, pero Karla era una pueblerina inculta a la que no le preocupaba nada más que su físico; la quería a su lado, pero no la amaba, posiblemente no llegaría a amarla nunca por más bonita y sexy que fuera. Karla sonrió, intentó ser valiente, bajó la cremallera del vestido y lo dejó caer al suelo. Su largo cabello rubio le acarició la espalda. Eduardo se abalanzó sobre ella y le besó el escote. Con una destreza que dejó sorprendida a Karla le desabrochó el sujetador y se lo quitó. ―¿Sigo gustándote? ―preguntó por primera vez, insegura de su físico. ―Claro que sí ―ella le sonrió―, eres el ser más precioso del mundo ―repitió. La llevó hasta la cama, le quitó las botas y las bragas, la abrió de piernas. Estaba nerviosa y tensa, Eduardo la miraba desde arriba, se coló entre sus piernas y con la punta de su m*****o acarició su hendidura. Karla sintió que su excitación crecía, era agradable, un cosquilleo se instaló en su entrepierna; entonces él, sin aguantar más, se hundió en ella. Karla gritó muy fuerte, presa de la impresión y del dolor; dos lágrimas gordas escaparon de sus ojos y se perdieron en el nacimiento de su cabello. Él se quedó quieto, dándole un momento. ―Sal ―le pidió ella empujándolo del pecho―, me haces daño ―se quejó. Eduardo no pensaba salir de ahí dentro, estaba un poco seca. Las tres chicas con las que se había acostado desde que empezara la universidad eran más calientes, pero también tenían más experiencia. Karla no, ella era suya, quizás no para siempre, como ella quería, pero lo sería hasta que él quisiera, hasta que se cansara, saberse ganador lo excitaba más. ―Ya no te va a doler más ―dijo él entrando y saliendo de ella―, ya no te va a doler más ―repitió ronroneando por el placer que sentía al estar dentro de ella. Karla se relamió los labios e intentó relajarse, las lágrimas corrían mientras intentaba no gritar. Quería que aquello acabara, no volvería a pasar por eso, no tenía idea de cuánto tiempo llevaba hacerlo, ¡puede que horas! Pensó con horror que no iba a aguantar ese dolor.
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