Los días siguientes fueron un suplicio silencioso. Raed se mostraba distante, una figura sombría, ocupado entre reuniones con Can, sus abogados y las nuevas alianzas que se abrirían con el matrimonio inminente entre Can y Celine. Veinte días. Apenas un puñado de amaneceres los separaban de aquel acontecimiento que parecía sellar cada destino.
Catrina apenas lo veía, pero lo sentía cerca como un fantasma ardiente que le respiraba en la nuca aun cuando no estaba. Cada paso que daba en la mansión, cada boceto que trazaba para el vestido de Celine, estaba impregnado por la sombra de su presencia. Y sin embargo, nadie sospechaba. Para todos, ella no era más que la modista aplicada, la artista concentrada en detalles de encaje y maquillaje, la amiga silenciosa que compartía espacio con la dulzura contagiosa de Tamara.
Ese día, después de ajustar las últimas costuras y dejar listos los bocetos del peinado y la fotografía del maquillaje de Celine, la sala se transformó en un taller rebosante de telas, espejos y cintas. Tamara y Celine, cómplices inseparables, salieron al jardín en busca de un café. Risueñas como dos adolescentes, las risas de ambas se perdieron en la distancia, mientras Catrina decidió quedarse. El silencio le ofrecía un respiro, un refugio donde repasar en paz sus últimos detalles, como si el orden de los objetos pudiera calmar el caos que sentía por dentro.
Pero la paz no duró.
La presencia de Raed irrumpió sin anunciarse. Apareció en el marco de la puerta, imponente, como si el espacio entero se achicara al recibirlo. La miró como un cazador que mide a su presa. Sus ojos helados eran puro fuego contenido.
—Mi serpiente venenosa… —murmuró él, avanzando hacia ella con pasos firmes—. No sabes las ganas que tengo de enredarme en tus piernas. Casi no duermo pensando en el veneno que destilas con esos labios.
Catrina retrocedió un paso, pero el cuerpo le temblaba de un modo que negaba sus palabras. Su pulso se aceleró, sintiendo que la seguridad de su propia oficina era ahora un campo de batalla.
—Raed… por favor… pueden vernos —susurró con voz entrecortada, consciente de las manos grandes que ya se deslizaban por su cintura, despertando a esa loba dormida que ella misma temía.
Él la tomó más cerca, su boca rozando la de ella, sin llegar a tocarla. La proximidad de sus cuerpos era una tortura deliciosa.
—Veinte días, Catrina. Solo veinte días de mentira. Después veremos.
Ella tragó saliva, la ironía temblando en sus labios. A pesar del terror, una parte de ella necesitaba pincharlo, probar sus límites.
—Eso, si corro con suerte, Richter… tal vez veinte días basten para que te aburras de mí, de este juego que has creado.
La sonrisa torcida de Raed fue como un filo. La escuchó y sus ojos se oscurecieron.
—Puede ser, Volkanoski. Todo es probable… —susurró con malicia mientras robaba un beso corto y ardiente—. Pero te aseguro algo: mientras dure, voy a desearte en cada instante. Y cuando te tenga de verdad, gritarás mi nombre… y, si tienes suerte, yo gritaré el tuyo.
Un estremecimiento le recorrió la espalda. Antes de apartarse, él pellizcó una nalga con descaro. Catrina se mordió los labios con fuerza para no gemir, para no delatarse ante el mundo que los rodeaba.
Las risas de Celine y Tamara, acercándose desde el jardín, obligaron al Juez a apartarse, pero no del todo. Con la naturalidad de un hombre que lo tiene todo bajo control, tomó unos papeles de la mesa cercana y fingió ojearlos, mientras desde la esquina la observaba con ojos hambrientos.
Catrina, con las manos temblorosas, intentaba recomponerse entre retazos de tela y pinceles de maquillaje, como si su cuerpo no ardiera todavía por aquel roce. Y allí, bajo la luz que iluminaba sus cabellos cobrizos y sus ojos grandes, Raed se juró en silencio que pasaría mucho tiempo antes de arrepentirse de ella. De esa mujer imposible. De esa tentación que lo estaba desarmando poco a poco.
Los días se deslizaron como agua entre los dedos. Varios días pasaron desde aquella noche, desde el amanecer en que Raed se marchó en silencio, dejando un vacío que a Catrina le costaba llenar. La rutina era su ancla: el taller, los bocetos del vestido de Celine, la dulzura incansable de Tamara y la presencia constante de Florinda. Para el mundo, la vida de Catrina había vuelto a la normalidad. Pero en su interior, un volcán dormido esperaba una erupción.
El primer mensajero llegó una tarde, un anciano con rostro curtido que no dijo una palabra. Simplemente le entregó a Catrina un ramo de lirios blancos y una pequeña tarjeta. Catrina tomó las flores, y sus manos temblaron al abrir la nota. En el papel, con la misma caligrafía impecable de la madrugada, había una sola palabra: "Obedece". El mensaje la golpeó con la fuerza de una orden, un recordatorio de que él estaba al mando. Sintió el rubor subirle a las mejillas. Nadie sospechaba, pero su cuerpo era un mapa de su secreto.
Una semana después, llegó una sola rosa roja, con el tallo largo y las espinas afiladas. La nota solo contenía la palabra "Recuerda". Catrina la puso en un jarrón, su corazón latiendo con fuerza. Él sabía que ella lo recordaba todo. Cada roce, cada suspiro, cada caricia. Las espinas en el tallo eran un recordatorio del peligro que acechaba.
Tamara empezó a notar los detalles.
—Qué hermosas flores, Catrina —comentó un día, señalando el jarrón en su escritorio—. ¿Tienes un admirador secreto?
Catrina se encogió de hombros, su voz forzada.
—Oh, son de la universidad. Una paciente agradecida.
Tamara no pareció del todo convencida.
—Debe ser una admiradora muy fiel —dijo con una sonrisa, aunque sus ojos eran agudos, inquisitivos.
Días después, una flor exótica enviada desde Alemania llegó, con una nota que rezaba "Pronto". Aquella palabra era una amenaza y una promesa. Catrina sintió una mezcla de adrenalina y pánico. El secreto se estaba convirtiendo en un veneno dulce. Cuanto más riesgo corría, más la encendía.
Tamara la sorprendió un día, observando el jarrón de lirios y la rosa roja.
—Catrina, ¿quién te envía flores? —su voz era más incisiva ahora—. No me dijiste que eran de un admirador.
Catrina, atrapada, improvisó una mentira.
—Yo… las compré yo misma. Me gusta tener flores frescas.
Pero Tamara no se lo creyó. Sus ojos se fijaron en las notas que Catrina había guardado en un cajón. La sospecha estaba sembrada. Y con la proximidad del matrimonio de Celine y Can, el reloj del destino corría más rápido que nunca.