El Verdugo

1479 Words
El secreto seguía atragantado en la garganta de Catrina. Un peso en su pecho. El recuerdo de su cuerpo, que no olvidaba cada susurro del Juez, ni cada caricia, mucho menos los besos. Pero la lejanía entre ellos parecía más bien estudiada por Raed. Nunca estaba cerca, pero tampoco tan lejos. Siempre observándola con esos ojos fríos que ahora le decían más que mil palabras. Aquel día, al atardecer, Catrina salió en su Audi. Necesitaba un café, una tarde de absoluta soledad. No era la primera vez que lo hacía; era un pequeño ritual para respirar. Se bajó del coche y, como siempre, se sintió acompañada por sus guardaespaldas que, gracias al mal humor de Catrina, se mantenían a una distancia respetuosa. Nunca le hablaban ni se acercaban demasiado. Catrina entró al café. El olor a grano recién molido y el murmullo de las conversaciones eran una bendición. Hizo su pedido y se perdió en un libro, algo que no hacía desde hacía tiempo. Leer. Tal vez eso era lo que necesitaba: alimentar su alma con poemas antiguos. Pero mientras estaba ahí, perdida en aquellas letras, un hombre apareció en su mesa. Flavio, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo, acompañado por tres de sus hombres, se sentó sin permiso. Catrina se tensó de inmediato. Su presencia era un veneno. —Mi querida exesposa, mi hermosa Catrina Volkanosky —soltó, una sonrisa torcida dibujada en sus labios—. ¿Sabes? Todavía no acepto haberte perdido, aunque no sé si algún día te tuve realmente. Pero Catrina, nos casamos, firmaste un acuerdo y sin embargo te largaste. Me obligaron a firmar un maldito divorcio, un divorcio que hoy me hace lucir como un mafioso fracasado. ¿Crees que lo aceptaré? ¿Crees que permitiré que te revuelques con el Juez, con el hermano de tu madrastra? Catrina sintió que el libro se la quería tragar. Las palabras de Flavio eran puñaladas. Lo sabía. Lo sabía todo. El miedo la inmovilizó, pero el orgullo de su apellido le dio fuerzas. —¿De qué estás hablando, Flavio? Ahora te inventas historias —dijo, sin un ápice de duda—. ¿Por qué crees que me acuesto con Raed Richter? Hay tantos hombres guapos y poderosos con un apellido brillante detrás de mí, y ¿tendría yo que acostarme precisamente con el que tú imaginas, con el que has puesto en tu película? Te dejé, Flavio, porque eres infiel. Porque no eres leal. Y yo, ¿cómo no lo sabes? Soy una Volkanosky y no acepto menos que la lealtad absoluta. Tu corazón no está limpio sobre la mesa. No eres digno de una Volkanosky. Por eso te he dejado. Las palabras de Catrina hicieron enojar a Flavio. Siempre había tenido poca paciencia para las palabras venenosas de ella, una mujer que nunca había podido domar, menos manipular. La humillación lo consumió. La tomó del cabello con una mano, apretando con fuerza, y la obligó a mirarlo. —Voy a matarte. También a tu padre. A tu abuela. A toda tu familia —escupió, su rostro contraído por la ira—. No olvides de dónde provengo. Mi clan francés no es para juegos. Te juro que cada palabra que has dicho, te la voy a hacer tragar. No seré un fracasado. No por tus malditos caprichos. Catrina se sintió aterrorizada. Por un momento, pensó que la maltrataría a mitad del café. El pánico inundó sus ojos, pero antes de que pudiera hacer algo, sintió una presencia que llenó el espacio. El aire se hizo pesado, frío. Como si el destino o si el psicópata de verdad la persiguiera, el Juez llegó. Caminó en dirección a la mesa de Catrina. Vio la mano de Flavio en el cabello de Catrina, el terror en sus ojos. Se sentó a la mesa, como si fuera una visita casual. Catrina se sorprendió. Flavio también, que soltó a Catrina automáticamente. Se tensó. El Juez, entonces, con una fría sonrisa, sacó un cigarro de un estuche de metal y lo encendió. —¿Quieres que te corte el brazo, Flavio? ¿O tal vez los dos? Quizás también las piernas —dijo Raed, su voz un murmullo helado. Sus hombres, sombras silenciosas, acorralaron a los hombres de Flavio. —El propio Juez frente a mí. No entiendo por qué quieres agredirme. No te he ofendido. Estoy hablando con mi mujer —dijo Flavio, intentando sonar seguro. La palabra "mi mujer" para los oídos de Raed fueron como una bofetada. El humo del cigarro se hizo más espeso. —¿Tu mujer? Comprendo —dijo Raed, su mirada se endureció—. Voy a darte un consejo, Flavio. Uno que espero no olvides, porque te lo está dando un alemán. Un hombre que es casi un nazi. Si yo, Raed Richter, escucho, veo o huelo tu presencia alrededor de esta familia, de esta mujer que hace tres años está divorciada y libremente soltera, te llevaría a mis mejores casas de tortura. Y te daré los peores seis meses de tu vida. Y cuando salgas de ella, de mi castigo, apenas recordarás tu nombre, apenas si recordarás el rostro de Catrina. Te aconsejo, Flavio: juguetea con otros corazones y aléjate. O atente a las consecuencias. Dijo Raed con una naturalidad que dejó plasmada a Catrina y a Flavio. Él, que lo conocía muy bien de los negocios bajos, supo que no era una amenaza vacía. Raed ni siquiera esperó respuesta. Tomó a Catrina de la mano, arrojó unos billetes sobre la mesa y, con la naturalidad de quien no le teme a nada, tomó la cartera de Catrina y se fue con ella. Dejando a Flavio a punto de orinarse en la silla, humillado, lleno de odio, sin palabras, sin una sola idea de cómo vengarse Catrina apenas podía caminar al ritmo de Raed cuando este la sacó del café. Su muñeca ardía bajo la presión de su mano, pero en lugar de soltarlo, lo siguió en silencio, una marioneta atada a sus hilos. Afuera, la calle se abrió ante ellos como por arte de magia. Los hombres del Juez se esparcieron como lobos alrededor del Audi, abriendo camino. La ciudad parecía mirar la escena sin atreverse a intervenir, a pesar de la brutalidad que se había manifestado apenas un minuto antes. Una vez dentro del auto, Raed le miraba sobre el humo del cigarro con esa calma que tanto la confundía. El olor a tabaco y a su perfume amaderado llenó el espacio reducido del vehículo. El humo se enredó en el aire mientras él la observaba de reojo, su perfil afilado en la penumbra. —Deberías escoger mejor los lugares donde buscas soledad —murmuró con frialdad, como si no acabara de amenazar con arrancar brazos y piernas a un hombre. Catrina, con el corazón desbocado, lo miró fijamente. La humillación la quemaba. —No tenías que intervenir. Yo podía manejarlo. Él soltó una carcajada baja, peligrosa. La risa no llegó a sus ojos. Acercó su rostro al de ella, su voz un filo cortante. —¿Manejarlo? —dijo, la incredulidad tiñendo sus palabras—. Ese imbécil tenía tu cabello entre las manos, Volkanosky. Si lo hubieras "manejado", estarías llorando en el suelo ahora mismo, con la boca llena de sangre. Catrina apretó los puños. No soportaba esa mezcla de humillación y deseo que él le provocaba. El aire se hizo más espeso entre ellos. —No eres mi guardián, Raed. El Juez apagó el cigarro con la punta de su zapato. En un movimiento rápido, sin previo aviso, le tomó el mentón, obligándola a mirarlo a los ojos. Su tacto no era tierno; era una afirmación de poder. —Tienes razón —dijo, y su voz, más baja, fue un juramento oscuro—. No soy tu guardián… soy tu verdugo si algún día decides entregarte a otro. La frase la golpeó con la fuerza de un puñetazo, una amenaza y una confesión disfrazada. Catrina sintió que las rodillas le temblaban, no por miedo, sino por la peligrosa certeza de que aquel hombre estaba dispuesto a romper cualquier ley por ella, con un fuego que su misma alma encendía. Él no la protegería del mundo, sino que la protegería de todo el mundo. Su mano se deslizó a la puerta. —Ahora ve a casa. Te visitaré esta noche. No importa cómo, pero espérame. Que iré. Su tono era un juramento. Una orden. Una promesa de posesión. Catrina asintió en un trance. Se bajó, se sentó en el asiento del conductor y arrancó. El Audi se deslizó entre las luces de la ciudad, dejándolo a él envuelto en el silencio. Pero ella se fue con el eco de las palabras del Juez retumbando en su pecho: "tu verdugo". Un título de propiedad que la asustaba tanto como la excitaba.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD