Catrina esa tarde llegó a su apartamento con el corazón aún desbocado, apretando su cartera contra el pecho. El eco de las palabras de Raed resonaba en su cabeza: "Te visitaré esta noche". Entró a su casa y ahí estaba Florinda, como siempre, preparando algo en la cocina, una silueta maternal en la penumbra.
—¿Tienes hambre, mi niña? Te prepararé algo rápido si quieres —dijo Florinda, su voz suave.
Catrina besó su frente y le dijo:
—Comeré solo un sándwich. Podrás descansar si quieres.
Pero Florinda sonrió, su rostro se iluminó con una emoción casi juvenil.
—No, mi niña. Esta noche iré con tu abuela Lucinda a un club. El señor Richter nos ha conseguido la entrada en uno de los clubes que tanto le gustan a tu abuela. Y como rara vez una puede visitar esos lugares, aprovecharemos. Tengo tiempo que no me desplomo con tu abuela Lucinda.
Las palabras de Florinda cayeron sobre Catrina como un balde de agua fría. No era una coincidencia. Nada con Raed Richter lo era. Aquella casualidad no era más que un plan del Juez. Ahora ella entendía por qué él había dicho que la visitaría. Ya tenía todo planeado, había despejado el camino, movido a la única persona que se interpondría en su camino.
Florinda, en aquella familia, era más que una sirvienta; era parte de ella. Había trabajado toda su vida con la abuela Lucinda, junto a su difunto esposo Volkanoski, y después se había quedado al cuidado de la mujer y su hijo. Ahora, seguía junto a Catrina. Pero Florinda era la única amiga sincera que Lucinda tenía. Por eso le había dado el deber de proteger y cuidar lo que ella más quería: su única nieta, Catrina. A Tamara, Lucinda siempre la prefería cerca, por más pataletas que hiciera para vivir en un apartamento sola. Lucinda no se lo permitía. Tamara era fuego, y después de haber quedado viuda, sentía un deseo inmenso de consolidar un hogar, tener marido, tal vez tener una familia. Pero con esa manera libre que tenía, quizás no sabía cómo pedirlo.
—Entonces, pásala bien, mi Flor. Nos vemos mañana, y no tomes tanto vino. Y también cuida a la abuela del daiquirí —dijo Catrina con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Las dos rieron con suavidad. Catrina besó de nuevo la frente de la mujer y luego se dirigió a su habitación dejó la cartera sobre la mesa del recibidor con un golpe seco. El eco de las palabras del Juez aún vibraba en su pecho: "soy tu verdugo". Le parecía absurdo seguir sintiendo el perfume de su tabaco impregnado en su piel, pero ahí estaba, como una marca invisible que nadie más podía ver.
Suspiró, mirando su habitación desordenada, un reflejo de su propia vida. El espacio estaba invadido por telas de seda, bocetos a medio terminar, tijeras abiertas sobre la mesa. La cama era un caos de cojines y revistas de moda, como si todo lo que ella era —sueños, rebeldía y juventud— se hubiera esparcido sin orden ni concierto.
De pronto, pensó en Raed. En cómo siempre recorría con los ojos cada rincón cuando la visitaba, como si leyera su vida en aquel desorden. Y por primera vez en su vida, sintió vergüenza. Una vergüenza punzante que la obligó a actuar.
Con un gesto brusco, recogió las tijeras, dobló las telas y comenzó a organizarlo todo como si fuera otra persona, como si fuese la muchacha de limpieza de su propia vida. Sabía que él vendría. Lo había dicho en el café con esa voz que no admitía réplicas: "Te visitaré". Y Raed nunca lanzaba palabras al aire; cada frase era una sentencia.
La noche fue cayendo sobre la ciudad, pintando el cielo de tonos anaranjados. Desde la cocina llegaban los sonidos de Florinda tarareando mientras se arreglaba para salir con Lucinda. El aroma de perfume barato y las risas compartidas llenaron el apartamento antes de que ambas salieran a disfrutar de su noche, dejando a Catrina sola con su propio temblor.
En el silencio que siguió, Catrina caminó hasta su cuarto y se miró al espejo. Había recogido su cabello en un moño improvisado, pero un par de mechones rebeldes caían sobre su rostro. Se detuvo, acariciando su propio cuello como si ya pudiera sentir las manos del Juez allí, la marca de sus dedos. El aire estaba impregnado de expectativa.
En el silencio, cada ruido de la calle parecía anunciarlo. El motor de un auto frenando. Unas voces lejanas que se extinguían. Luego, nada. Solo la certeza quemándole las entrañas: Raed Richter llegaría en cualquier momento, con esa forma suya de irrumpir en la vida de todos, dueño de los espacios y de las voluntades.
Catrina se mordió el labio con nerviosismo. Esa noche, por más que intentara engañarse, no sería ella quien lo esperaría. Sería la presa quien se preparaba, nerviosa y temblorosa, para recibir al cazador. Y por más que su mente gritara por huir, su cuerpo, ahora disciplinado, solo esperaba el momento de la captura.
Pasaron algunas horas, cada minuto estirado en una tortura silenciosa. Catrina miró el reloj varias veces; la última vez que lo vio, marcaba las 10:40. El timbre no sonaba, ni siquiera con la constante excusa del vecino viudo pidiendo azúcar para arrancarle una sonrisa a Florinda. Un vacío se le instaló en el pecho, una decepción fría. "No vendrá", pensó. Se frustró consigo misma, se maldijo por haberlo esperado. Aquello no era bueno, su padre se enojaría si llegara a enterarse… "Amante de mi propio cuñado", pensó con una amargura que la quemaba por dentro. Pero no había manera de alejarse. No después de lo que había sentido esa noche y esa mañana con él. Quería volver a probar sus caricias, sentirse viva, deseada. Y solo él lograba hacerla arder de esa forma.
Se recostó en la cama. Bajo su vestido rojo se había recogido el cabello en un moño sencillo. No tenía una pizca de maquillaje; quería que la viera así, tan natural como la había hecho su creador. Cerró los ojos por un instante, buscándolo en su memoria, hundiéndose en sus ojos fríos de alemán.
Y entonces, la puerta se abrió.
Sin timbre, sin aviso. Solo el suave chasquido del cerrojo.
Raed entró como si fuera su propia casa. Su sombra llenó el umbral.
—¿Cómo entraste aquí? ¿Quién te abrió la puerta? —Catrina se incorporó enseguida, asombrada, el corazón golpeándole las costillas. Su voz era apenas un hilo, un suspiro de incredulidad.
Él caminó hacia ella con calma, su figura imponente moviéndose sin ruido. Metió la mano en su bolsillo y levantó una llave, dejándola tintinear en el aire, un sonido metálico y ominoso.
—Soy el Juez, Catrina —murmuró con voz grave, una sonrisa apenas curvando sus labios—. Tu sentencia es que eres mía. Así que tengo las llaves de tu puerta… también las de tu oficina, de tu auto. Tu vida me pertenece desde ahora.
Catrina tragó grueso, paralizada. Ni siquiera Flavio había hecho algo tan osado en su vida. Aquella llave era un título de propiedad, un grito silencioso que la reclamaba.
—¿Qué dices? ¡Estás loco! —escupió, encontrando su voz—. ¿Quién te ha dado permiso de irrumpir en mi vida de esa manera? ¿De tomar las llaves de mi casa?
Raed sonrió más, mordiéndose el labio inferior con deleite. La distancia entre ellos se evaporó. Con un movimiento rápido, la tomó del cuello con fuerza, obligándola a levantarse. Ella era más baja, y él, en un gesto brusco, la sostuvo por la cintura, levantándola del piso. La pegó a sus labios, robándole el aire.
Los pies de Catrina quedaron colgando, y aun así sus labios respondieron. Ella no pudo resistirse. El beso era salvaje, desesperado, una mezcla de ira y hambre que la consumía. Cuando él la volvió a apoyar en el suelo, su voz fue un sello ardiente en su oído.
—Catrina… después que entré en ti, después de despojarte de la ropa, de morder tus labios y tocar tu piel… jamás tendrás un amante. No mientras yo esté aquí, con ganas de tocarte, de arrinconarte. Prepárate, porque he venido por tus gemidos. Los que ya son míos.
Y así fue.
Raed la despojó de su vestido con una fuerza contenida, como si cada hebra de tela fuese un obstáculo entre su hambre y la piel que tanto lo enloquecía. El rojo del satén cayó al suelo, deslizándose en un susurro como una confesión prohibida que ya no tenía sentido ocultar. Catrina tembló, no de miedo, sino porque jamás nadie la había mirado con tanta fiereza, con esa sed que la hacía sentir desnuda hasta el alma.
Él la empujó contra la pared, atrapándola con el peso de su cuerpo. El frío de la pared de yeso contrastaba con el fuego que emanaba de Raed. Sus manos exploraban cada curva con avidez, como si memorizara un mapa secreto que solo él tendría derecho a recorrer. Ella intentó hablar, de nuevo suplicar, pero la boca de Raed volvió a sellarla con un beso salvaje, húmedo y profundo, que arrancó de su garganta un gemido ahogado.
—Eres mía, Catrina —susurró contra sus labios, con la voz grave y peligrosa, esa que erizaba cada fibra de su ser.
Las manos de él bajaron por su vientre hasta atraparla con un gesto dominante, arrancándole un jadeo involuntario. Ella se arqueó contra él, descubriendo en su propio cuerpo una urgencia desconocida. Nunca había sentido la carne reclamar con tanta furia, nunca había deseado hasta el dolor.
Raed la levantó de nuevo, esta vez llevándola hasta la cama. La dejó caer contra las sábanas blancas como si la reclamara por completo. Sus ojos fríos de alemán la devoraban, pero había fuego en ellos, fuego que la quemaba y la hacía desear más.
—Quiero oírte —ordenó con un gruñido, desabrochando su propia camisa sin apartar su mirada de ella—. Quiero que aprendas cómo suena tu cuerpo cuando lo despierto.
Catrina, nerviosa, temblaba entre sus sábanas. Sabía que estaba a punto de cruzar un umbral sin retorno. Flavio jamás había traspasado más allá de caricias furtivas. Pero Raed… Raed parecía querer abrir cada rincón de su alma con la lengua y con las manos.
Cuando la tocó, no fue con delicadeza, sino con hambre. Cada beso descendía como un castigo, y cada caricia era un reclamo. Ella cerró los ojos, perdida entre jadeos, mientras el Juez la hacía suya con una brutalidad exquisita, una mezcla de dominio y pasión que la rompía y la completaba a la vez.
El silencio de la casa se llenó de sus gemidos, de la respiración agitada de ambos, del crujir de la cama bajo la furia de un hombre que no la dejaba escapar. Y de una mujer que descubría, con asombro y vértigo, lo que significaba ser deseada como presa por una bestia enamorada.