Una Propuesta Peligrosa

1303 Words
Después de tomar el desayuno, como ya se le había hecho costumbre en Rusia, Raed salió de la mansión. Lo acompañaba Celine, quien había sido recibida por su suegra Lucinda como a una preciosa hija. Raed no tenía dudas, Celine quedaría en buenas manos. Cuando vio a Volkanosky saludar a su hermana con ese brillo en los ojos, también supo que Can, por más duro que fuera en la mafia, era un hombre leal. Estaba enamorado de Celine, no tanto como debería, pero era más de lo que se esperaba. Después de saludarse, Can y Raed se encerraron en la oficina. Firmaron papeles. Solo faltaban dos semanas para la boda. Y aunque pareciera mentira, Raed estaba jalando los días, deseando que pasaran más rápido. Tal vez, yéndose a Alemania, se le pasaría la atracción incontrolable que tenía hacia Catrina. Esa mujer que bajo las sábanas era otra, que a su oído le gemía, tal vez como nunca le había gemido a otro hombre. Y ese simple sonido lo tenía grabado en el pecho. Su rostro no se iba de las fantasías de sus ojos. Quiso mil veces enfrentar a Can y decirle: "Bueno, me estoy acostando con tu hija y no sé cómo hacer para apartarme de ella", porque era eso lo que tenía que decirle. Jamás se casaría con ella. ¿Cómo casarse con una mujer a la que no amas, solo a la que deseas? "Maldito pensamiento castigador", se decía el Juez. Pero mientras estaban en eso, su cuñado Volkanosky dijo algo que lo dejó fuera de base. —Juez, esta noche en la cena vendrá uno de mis socios del Medio Oriente y traerá a su hijo. El hombre quiere matrimonio. No sé a quién prometerle... no sé si a Tamara o tal vez a Catrina. Los negocios son muy buenos. Dijo Volkanosky, y en su rostro se veía el interés por la expansión, una ambición que Raed conocía muy bien. —Lo comprendo, Volkanosky —dijo Raed con una calma que no sentía. Encendió un cigarrillo, su mirada afilada—. Hace apenas una semana atrás, me dijiste que no casarías a tu hermana Tamara con cualquiera y tampoco obligarías a tu hija Catrina. ¿Entonces ahora ese cambio de decisión? Can apretó los labios. La verdad era que le debía mucho dinero a ese hombre, un negocio caído. Él no era un hombre de quedar mal con un socio. Y el hombre no quería venganza por el dinero, quería una unión, una fusión de apellidos. Pero tampoco estaba dispuesto a contárselo a su futuro cuñado. No quería que el Juez pensara que era un hombre envejeciendo, que ya no sabía siquiera tomar decisiones en aquel mundo peligroso. —Las decisiones se cambian, pues es mejor para los negocios. Tú sabes... para mantener siempre el puesto, el reino, hay que hacer sacrificios. Raed quedó en silencio. Apretó la silla con sus manos. No supo qué decirle a Can sin verse descubierto. No podía gritarle: "¡No cases a Catrina! ¡Yo me acuesto con ella!". Pero, ¿cómo podría si él tampoco pensaba casarse con ella? Y entonces, con una calma forzada, dijo: —¿Y lo has hablado con ellas? Tal vez ya salen con otros chicos. Tu hija ni siquiera vive en esta casa, ¿cómo sabes sus movimientos? Soltó el Juez, tentando al destino. Quizás su cuñado sabía que la había visitado más de una vez. Pero Volkanosky le respondió: —Tamara a veces tiene aventuritas, nada importante. Pero Catrina… Catrina es como un témpano de hielo, un iceberg. Creo que más bien castigaría al pobre hombre con casarlo con Catrina. Pero como te digo, negocios son negocios y aquí el que escoge es el interesado. Raed apretó la mandíbula. El pensamiento de que su "serpiente" era vista como un "témpano de hielo" por su propio padre era una ironía que lo irritaba. No sabía qué decirle a Can sin verse descubierto, sin decirle lo que en realidad a él lo atormentaba: "Me gusta tu hija, pero no para casarme, solo para tenerla bajo mis sábanas". Lo más seguro, sabía, era que Volkanosky le daría un tiro en la frente, sin importarle que él fuera el Juez de Alemania.Se quedó mudo por unos segundos, con el humo del cigarro subiéndole despacio hasta los ojos como si quisiera cegarlo. La frase de Can había caído como un balazo directo en el pecho. “Catrina es como un témpano de hielo… el interesado escogerá.” ¿Un matrimonio arreglado? ¿Con un desconocido del Medio Oriente? La idea lo hizo crujir por dentro. No era celos comunes, era la rabia ardiente de un hombre que había probado la piel prohibida y sabía que no iba a soportar verla en brazos de otro. —Ya verás en la cena —añadió Can, cerrando la carpeta de papeles como si todo estuviera resuelto—. Todo se decidirá allí. Raed asintió, aunque por dentro quería reventar la mesa. Apenas salió de la oficina, la calma que siempre llevaba en su semblante se quebró. Caminó por los pasillos de la mansión con el corazón golpeándole las costillas. Quiso salir, encender un cigarro tras otro, perderse en las calles de Moscú, pero lo único que le venía a la mente era ella, Catrina, con esa mirada arisca y esa boca que en la intimidad se transformaba en un volcán. Se imaginó a aquel hombre desconocido tocándola, desvistiendo lo que él ya había marcado de deseo, escuchando lo que solo él había oído: esos gemidos que todavía lo perseguían como un castigo en la madrugada. No, no podía permitirlo. Esa noche, en la cena, Raed pensaba llevar el control… pero lo cierto era que estaba temblando de rabia y hambre. Así que, no aguantó. La furia y el hambre lo consumían, y la quietud de la mansión de Can le era insoportable. Salió al estacionamiento y se subió a su auto. Con voz cortante, le dio la orden al fugitivo que conducía: —Llévame a una floristería. Y así fue. Al llegar a una floristería de lujo, Raed no dudó. Pidió una única rosa negra, un color que no existía en la naturaleza, un símbolo de muerte y de promesas rotas. La sostuvo en sus manos, la belleza oscura de la flor un perfecto reflejo de su alma en ese momento. Tomó una tarjeta y escribió una nota, su caligrafía firme y sin temblor: Si aceptas cualquier trato que se te imponga en la cena, habrá represalias de mi parte. Raed dio las indicaciones para que la rosa fuera enviada. Sabía perfectamente dónde estaba Catrina ahora: en su taller, "la tejedora". Y es que Raed lo sabía todo. Su obsesión lo había convertido en una sombra, un fantasma que la seguía sin que ella lo supiera. Solo le quedaba una cosa por hacer: investigar a los guardaespaldas que ahora tenía Catrina. Tenía que "apretar las tuercas", no confiaba en ellos. Sentía que le daban información a Flavio. Flavio había sido su jefe, y ese lazo de lealtad, por más que intentara ocultarlo, debía seguir ahí. ¿Qué le impedía a Flavio querer mantener el contacto con esos hombres? ¿Saber sobre la vida de su exesposa, a la que amenaza cada vez que quiere? Pero ese día, Raed no tenía cabeza para eso. La cena estaba cerca. Así que se fue a su mansión para escoger su mejor traje. Esa noche conocería a aquel hombre que, lo más seguro, desearía casarse con Catrina, ya que era una descendiente directa de los Volkanosky. "No es mejor una hermana del jefe que la hija directa", pensó con una frialdad que contrastaba con el fuego de su interior. La batalla ya no era entre él y su deseo, sino entre él y el mundo entero.
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