Raed subió de nuevo al auto, con el ceño fruncido y la nota aún fresca en su memoria. La floristería había hecho su trabajo: una rosa negra, impecable, lista para llegar a las manos de Catrina con el mensaje que solo ella comprendería. Su advertencia no era un simple capricho, era una sentencia disfrazada. Nadie tocaría a esa mujer sin consecuencias.
El fugitivo que lo acompañaba lo observó por el retrovisor, inquieto. El Juez no habló más; solo encendió un cigarrillo y dejó que el humo le quemara la garganta, como si así pudiera calmar el ardor que sentía en el pecho.
En la tejedora, Catrina estaba revisando documentos cuando una asistente entró con una caja alargada, envuelta en terciopelo oscuro.
—Señorita Volkanosky, esto acaba de llegar para usted —dijo la joven, dejándola sobre el escritorio con cierta curiosidad en los ojos.
—¿De quién viene? —preguntó Catrina sin mirarla, con el bolígrafo todavía en la mano.
—Un mensajero, señorita. No dejó nombre, solo instrucciones de entregarla personalmente.
Catrina esperó a que la muchacha se marchara y entonces abrió la caja. El aire se le escapó de los labios cuando vio lo que había dentro: una rosa negra, perfecta, de pétalos aterciopelados y tallo aún húmedo, como recién cortada. Junto a ella, doblada con precisión, había una nota.
La reconoció antes de desplegarla: la caligrafía férrea, inclinada y elegante de Raed. Sus manos temblaron. Leyó en silencio:
"Si aceptas cualquier trato que se te imponga en la cena, habrá represalias de mi parte."
La letra era inconfundible. La amenaza, directa.
—¿Qué…? —murmuró, con la respiración entrecortada.
Se dejó caer en la silla, con la nota entre los dedos. Apenas anoche, ese mismo hombre la había hecho temblar de deseo bajo su cuerpo, le había arrancado gemidos y gritos con besos y embestidas que la marcaron hasta la médula. Había creído que lo entendía, que esa furia pasional era una especie de confesión muda. Y ahora, horas después, le llegaba esto.
—¿Qué fue lo que hice…? —se preguntó en voz baja, cerrando los ojos mientras apretaba el papel contra su pecho.
Pero por más que rebobinara los recuerdos de la madrugada —el calor de su piel, el peso de su cuerpo, sus manos aferrándola como si fuera lo último en la tierra—, no encontraba nada que justificara semejante reacción. ¿Qué podían proponer en la cena que alterara tanto al Juez? ¿Qué sabía él que ella no?
Golpeó el escritorio con frustración y se levantó. Caminó de un lado a otro, el eco de sus tacones resonando en la oficina.
—Raed… —susurró, con rabia y desconcierto mezclados—. Eres un maldito enigma.
Finalmente guardó la flor junto a otras que había recibido —un pequeño tesoro oculto que no admitía ni a sí misma que coleccionaba— y dobló con cuidado la nota, guardándola en el mismo cajón.
El sonido de su teléfono interrumpió sus pensamientos. Era su padre, Volkanosky, con esa voz imponente que siempre la hacía sentir más hija que mujer.
—¿Lista para esta noche, Catrina? —preguntó con esa voz grave que imponía respeto y miedo a partes iguales.
Ella respiró hondo, intentando disimular la tormenta interior.
—Estoy lista, padre. Al fin y al cabo, soy una Volkanoski.
—Exacto. Y esta noche, debes recordar eso más que nunca. Lo que está en juego no es solo un contrato, es la estabilidad de nuestra familia. Espero que no haya distracciones.
Sus palabras se clavaron en ella como cuchillos. Catrina apretó la mandíbula y asintió.
—No habrá distracciones.
Pero mientras hablaba, sentía el peso invisible de la rosa negra aún clavado en su corazón, y la presencia de Raed como una sombra que la vigilaba incluso en la claridad del día.
Cuando su padre cortó la llamada, se quedó un momento frente al espejo del tocador de la oficina. Se acarició el cuello, donde todavía quedaba una leve marca roja de la noche anterior.
—No sé qué quieres de mí, Raed —murmuró, mirándose fijamente—. Pero ya te llevas demasiado de mí.
Se obligó a ponerse en pie. Tenía que prepararse para la famosa cena, esa velada que podría sellar su destino sin que ella lo decidiera. Su padre, los negocios, los hombres que disputaban su vida como si fuese una pieza de ajedrez. Era la vida de una Volkanosky.
Pero dentro de ella, el recuerdo de la amenaza escrita ardía, recordándole que no solo se trataba de su padre ni de los socios. Había un juez que no estaba dispuesto a soltarla.
Al llegar a su apartamento. Catrina permaneció un largo rato de pie frente al armario abierto, con la nota del Juez aún fresca en su memoria y la rosa negra reposando sobre el tocador. Sus manos temblaban apenas al recorrer las telas, como si cada vestido pudiera convertirse en un mensaje, en un desafío directo a Raed.
Sus dedos se detuvieron en un terciopelo vino tinto, profundo como la sangre y oscuro como el pecado. Lo sacó con cuidado, dejando que el peso de la tela se deslizara entre sus manos. El escote en la espalda caía como una herida abierta, y de ella nacían finas cadenas de plata que se cruzaban hasta perderse en la curva de sus caderas. Era elegante, provocador… un vestido que no pedía permiso, lo exigía.
Se miró en el espejo, sujetándolo contra su cuerpo.
—Este será el que elija… —susurró, aunque no estaba segura si lo decía para ella misma o para Raed, como si él pudiera escucharla desde algún rincón oculto, una sombra omnipresente.
Mientras se vestía, recordó sus manos la noche anterior, recorriéndola con brutal devoción, ese dominio que la asfixiaba y la embriagaba al mismo tiempo. Cerró los ojos un instante, imaginando su mirada fría posándose sobre la línea desnuda de su espalda cuando apareciera con aquel vestido. ¿Se atrevería él a contenerse en público? ¿O la amenaza de la nota cobraría vida frente a todos?
Florinda entró en la habitación con un suspiro de admiración.
—Señorita… ese vestido parece hecho para usted. Nadie podrá apartar los ojos.
—Eso es lo que temo, Florinda —respondió Catrina, ajustándose las cadenas plateadas como si fueran grilletes disfrazados de joya—. Que él tampoco aparte los suyos.
La doncella la ayudó a recoger el cabello en un moño bajo, dejando el cuello expuesto y la espalda desnuda, vulnerable y desafiante a la vez. Unos pendientes discretos de diamantes y un perfume apenas perceptible completaron la preparación.
Catrina se observó en el espejo final, y por un instante creyó ver en el reflejo los ojos de Raed clavados en su piel, reclamándola como ya lo había hecho con brutalidad y certeza. La amenaza de la rosa negra parecía latir en el ambiente.
Se enderezó, respiró hondo, y con voz firme declaró:
—Que venga la cena… y con ella, el juicio de Raed.
Pero mientras tanto, en su mansión, Raed abrió su armario y eligió su traje con la precisión de un verdugo que afila su espada antes de la ejecución. El n***o azabache de su chaqueta resaltaba el blanco impoluto de la camisa, y el reloj de oro que ajustó en su muñeca era más que un accesorio: era un recordatorio de su poder, de su autoridad indiscutible.
Frente al espejo, por un instante, dudó. Sus ojos fríos se encontraron con su propio reflejo, un destello de la bestia que había desatado. ¿Qué demonios estaba haciendo? No podía pedirle matrimonio. No podía confesarle a Volkanosky que la deseaba con la fuerza de un condenado. Pero tampoco permitiría que otro hombre la reclamara. Esa noche, lo sabía, no solo se trataba de negocios: era una batalla silenciosa por el alma y el cuerpo de Catrina.
Cuando el reloj marcó la hora, Raed salió rumbo a la casa de los Volkanosky. Cada paso firme lo acercaba al momento decisivo. El socio del Medio Oriente ya estaría llegando, y con él, el hijo que pretendía reclamar lo que Raed consideraba suyo.
La cena aún no había empezado, pero en su mente la guerra ya se libraba.
Raed llegó a la mansión de los Volkanosky con la precisión de siempre, impecable en su traje n***o. Pero por dentro, una tormenta lo consumía. Lo esperaba Can en el recibidor junto a dos hombres: un anciano con túnica y turbante de seda, que irradiaba una autoridad silenciosa, y a su lado, un hombre joven de rostro severo y ojos oscuros que se clavaron en Raed con un interés casi inquietante.
—Juez Richter —saludó Can, el orgullo en su voz—. Le presento a mi socio, el señor Al-Rashed, y a su hijo, el doctor Hakim Al-Rashed.
El hombre sonrió, mostrando una hilera de dientes perfectos, y saludó a Raed en un inglés fluido.
—Es un honor, Juez. He escuchado mucho de usted. Y me complace ver el próximo lazo que unirá a nuestras familias.
Raed asintió, su rostro una máscara de cortesía. Su mirada, sin embargo, se posó en Hakim. El joven era imponente, su seriedad reflejaba la de su padre.
—El honor es mío —respondió Raed, su voz grave—. Espero que el matrimonio sea el inicio de una alianza duradera para la familia.
—Por supuesto. Nuestro hijo necesita una mujer fuerte, una mujer con temperamento Volkanosky —intervino Al-Rashed, la mirada de Hakim se detuvo en la puerta del recibidor—. Es por eso que el matrimonio de mi hijo con Tamara o Catrina será la fusión perfecta.
Raed apretó la mandíbula por debajo de su perfecta sonrisa. La conversación era una tortura. Cada palabra, cada gesto, lo hacía arder por dentro.