Al día siguiente, el tiempo en La Tejedora para Catrina transcurría con una extraña paz. Mientras trabajaba en su escritorio, aún sentía el roce fantasmal de los dedos de Raed en sus labios, una sensación que la perseguía como un recuerdo prohibido. La oficina, un santuario de orden y creatividad, era su refugio contra el caos del mundo exterior. Pero mientras terminaba de organizar su escritorio, la secretaria entró, anunciando la llegada de Morgan y su hijo, Yondre.
El hombre que la siguió era un americano apuesto, no con la belleza imponente y oscura de Raed, pero lo bastante como para llamar la atención de cualquier mujer. Era alto, de cabello castaño y ojos claros. Su traje, impecable, resaltaba su figura ejercitada, y una sonrisa genuina y aplastante se dibujaba en su rostro. Era una brisa de normalidad.
—Mi querida Catrina, como te he prometido, aquí te traje al hombre que necesita un respiro —soltó el anciano Morgan, tras dejar dos besos en la mejilla de Catrina.
—Un placer. Mi padre está ansioso porque te congeles entre mi compañía aburrida —respondió ella, estrechando su mano.
Yondre sonrió, sus ojos brillando con honestidad.
—¿Quién sabe, señorita Catrina? Quizás tú morirás entre mis aburridas historias. ¿Qué tanto puede ofrecerte un humilde profesor de universidad?
Sus palabras, cargadas de una autocrítica encantadora, cautivaron a Catrina. Era la primera vez que un hombre hablaba con ella sin presumir de poder o de su apellido.
—Entonces ya veremos quién mata a quién —dijo Catrina, su propia voz aliviada. El destino, pensó, le estaba dando una oportunidad. Era lo mejor. Unirse a un hombre tranquilo, un profesor, no un Juez. Un desarmado, por fin.
—Bueno, ya veo que solo sobro aquí —dijo el viejo Morgan, sonriendo con satisfacción, para luego salir junto a un hombre de su seguridad.
Catrina asintió al ver al anciano irse.
—¿Quieres un trago? —le preguntó a Yondre, que aceptó enseguida. Ella fue a servir dos copas de whisky, y él se sentó en el sofá, relajado.
Hablaron por un rato. Él, sobre sus clases en la universidad, su vida en Nueva York, el cambio drástico de costumbres en Rusia que lo tenía desgastado. Le contó que extrañaba el bullicio de su hogar, las noches de jazz y los paseos por Central Park. Catrina también le respondió preguntas sobre su trabajo y su marca. Parecía genuinamente interesado en saber de ella, no de su apellido. Todo fluyó entre los dos con una naturalidad que llevó a Catrina a olvidar por completo el tenso encuentro de la noche anterior con el Juez. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió una mujer normal.
Pero cuando pasaron las horas y todo eran copas y risas, la puerta de la oficina se abrió de golpe. Entraron Tamara y Raed. El rostro del Juez venía con una cara de pocos amigos, evidentemente molesto, pero se endureció aún más al ver la escena: Yondre, Catrina y una botella casi vacía con dos copas a medio llenar.
—¡Catrina! ¿Por qué no contestas mis llamadas? ¡Tuvimos que salir a buscarte! Fui a todas partes, y este fue el último lugar donde pensé que podría encontrarte. ¡Gracias a Dios estás aquí! —dijo Tamara con urgencia, ignorando al hombre. La preocupación en su rostro era evidente, ya que ella, a diferencia de todos, recordaba la bomba que había explotado el auto de Evan, esa que todavía era un misterio.
—Lo siento, Tamara, creo que se apagó el aparato —dijo Catrina, intentando huir de la mirada del Juez. Su instinto le decía que la única forma de evadir la atención de Raed era la de dirigirla a alguien más.
—¡Mira quién está aquí! —soltó, y fue la mejor excusa para que Tamara se distrajera. Yondre, con una sonrisa que no le cabía en el rostro, se levantó.
—¡Tamara, eres tú! —dijo el chico. Yondre se acercó y la abrazó con la misma fuerza con la que siempre había abrazado su secreto. Desde que vio a Tamara del brazo de su difunto hermano Lucian, él se enamoró de ella, de su locura incontrolable, esa misma que su hermano Lucian amó con locura también. Yondre siempre había querido a Tamara. Hasta la obsesión, había quedado grabada en él. Y nunca, jamás, se atrevió a interponerse.
—¡Jhondre, qué sorpresa! ¿Qué haces aquí? —soltó Tamara, genuinamente feliz de verlo. Yondre había sido un excelente cuñado. Había sido un faro de luz en su matrimonio con Lucian, aunque él siempre parecía tratar de evitarla con decoro en aquellos tiempos. Yondre le empezó a contar a Tamara de su trabajo y del hotel donde se hospedaba. La risa de ellos llenaba el espacio de la oficina de Catrina.
Pero Raed estaba furioso. La sonrisa de Catrina, el vino en sus labios. Él recordó nuevamente aquellas venenosas palabras de ella después de su primer beso en aquella borrachera. Le había dicho: "Cuando bebo hago estupideces." Y ahora, la veía ahí, con el rostro brillando y los ojos vidriosos por el alcohol, y él se sintió enfermo. Quizás ella se besaba con cualquiera en esos momentos de no lucidez. Entonces vio a Tamara y al intruso perdidos en su conversación y se acercó a Catrina. Su presencia, imponente, eclipsó la luz.
—¿Acaso estás ebria, Volkanosky? ¿Haciendo alguna estupidez con este profesor de pacotilla? —susurró el Juez, su voz una brisa helada que le erizó la piel.
—No. No hacía nada. Es un amigo —soltó ella, sin poder moverse, sin poder apartar los ojos de Tamara y Yondre, que estaban sumidos el uno en el otro. Catrina, con los nervios, poco escuchaba su conversación.
—¿Amigo? No, Catrina. No puedes tener amigos. Ninguno puede saludarte. Menos beber vino contigo sin mi presencia. No lo hagas, Volkanosky, o capaz y le arrebates la vida a un hombre bueno.
Raed sonrió con malicia al decir la última frase. La verdad en sus palabras la golpeó con fuerza. La bomba, la sentencia de Flavio. Ella no supo qué decirle. No podía discutir con él ahí, en su oficina, hacer un escándalo para descubrir si la verdad, si sus palabras, solo eran parte de un juego o si había una certeza tan oscura en ellas.
—Catrina, ¿qué tal si vamos con los chicos al club a festejar un rato? —soltó Tamara, interrumpiendo la tensión—. No todo el tiempo viene un amigo de tan lejos.
Yondre sonrió, asintiendo. ¿Cómo negarse a eso? A eso había venido. A ver a Tamara, así fuera de lejos, a oler su perfume. Cuando su padre le propuso conocer a Catrina y este le dijo que Tamara era su socia, lo supo. Ella estaría en la compañía. Si no era así, la sobrina en cualquier momento la llevaría a ella. Y ahí estaba. La hermosa Tamara Volkanosky.
—Iremos. Yo llevaré a Catrina en mi auto. Los seguiremos —respondió Raed, y Tamara asintió, complacida. Yondre se levantó también, y entonces todos salieron.
El Juez abrió la puerta para Catrina. Esta, por un momento, miró a su alrededor, esperando que Yondre viniera por ella. Pero no. Él estaba ocupado en la conversación con Tamara. Él sonreía. Catrina también sonrió, aceptando otra bofetada del destino. Al chico le gustaba su tía. Entonces, subió al auto. Raed, con el mismo silencio que esperó, cerró la puerta. Después, rodeó el auto, se acomodó a su lado y dio la orden.
—Síguelos —le dijo a El Fugitivo, quien cumplió la orden enseguida.
Catrina no lo miró en todo el camino. Raed tampoco le habló. El silencio era un abismo entre ellos. Al llegar al club, bajo la noche espesa, Catrina intentó caminar rápido, pero él se bajó rápido del auto y se interpuso en su camino. Su voz, ahora, no era un susurro. Era una orden.
—Mejor los esperamos. Y asegúrate, Catrina, de sentarte a mi lado. Donde nadie te toque o te mire más de lo que yo lo permita. Y mírame bien… escucha mis palabras. No estoy jugando, Volkanosky.
La mirada de Raed le erizó la piel como otras veces, pero Catrina no se quedó callada. La valentía del alcohol le daba fuerzas.
—¿Tanto miedo le tienes a la competencia, Richter? ¿Un hombre guapo solo conmigo en la privacidad de mi oficina te saca del hielo o rompe un poco tu orgullo de acero?
Raed vio venir a la pareja. Su rostro, en un instante, volvió a ser la máscara de la indiferencia.
—Si el profesorcito te habla muy de cerca, un susurro en tu oído, terminará sin dedos. Pero si te toca, le cortaré ambas manos.
Catrina quedó plasmada con las palabras del Juez. Una sentencia. A eso había sonado. Tamara la arrastró con su alegría puertas adentro. Catrina escuchó una leve conversación de Raed con Yondre, hablando y sonriendo como si fueran amigos de hace tiempo sobre una botella de licor alemán que, según ellos, era exquisita.