El Hielo y la Llama

1712 Words
Tamara, con su alegría radiante, escogió la mesa. Raed, como el caballero que era, cumplió con su promesa. Con la máscara de la cortesía, le retiró una silla para que Catrina se sentara y apenas si rozo su espalda con el dedo, cuando ella tomó asiento. Después, él se sentó a su lado. Catrina, en aquel momento, agradeció que su tía se acomodara en el otro extremo, dejando a Yondre frente a ella. El americano sonreía como quien disfruta de la compañía. Así que Raed, como el hombre y el Juez que era, lo entendió. El americano estaba atraído por Tamara; sus gestos y sonrisas lo delataban. Y Tamara, aunque lucía radiante como siempre, no parecía ajena a aquella atracción. El aire de la mesa, por fin, se sentía liviano y sin la pesadez de una guerra. Entonces Catrina, sin poder evitarlo, se sintió incómoda. Las miradas de Raed quemaban más que las luces del club. Buscó una excusa para escapar. —Disculpen, regreso enseguida. Voy al tocador. El Juez la vio levantarse, su mirada siguiéndola entre la multitud. Unos minutos después, Tamara también se levantó con Yondre para bailar. Raed, con la oportunidad servida en bandeja, no se aguantó más. Se levantó y fue hasta la salida del baño y esperó en la oscuridad. Cuando ella salió, la tomó del brazo y la llevó a un rincón apartado, uno oscuro, apenas visible. El olor a perfume y el sonido de la música se desvanecieron, dejando solo el silencio y la tensión. —¿Qué pasa, Catrina? ¿Estás celosa o quizás decepcionada? ¿Por qué al maldito profesor le gusta tu tía y no tú? El susurro de Raed cerca de los labios de Catrina fue un golpe bajo. Un puñal directo al corazón que la dejó sin aliento. —No cualquier hombre despierta deseo en mí, Raed. Mucho menos celos —respondió con la voz entrecortada, tratando de mantener la compostura. Raed sonrió. Catrina, siempre tan segura de sí misma. Pero él conocía su cuerpo. Sentía el temblor que ella trataba de esconder. —¿Y qué si fuera yo, Catrina? —preguntó, su voz bajando a un tono gutural—. ¿Qué si fuera yo con otra, tomándola, besándola, susurrando su nombre al oído? ¿Para que ella sienta mi fuerza, mi carne y mi deseo? ¿No tendrías algo de celos, Volkanosky? Catrina tembló bajo sus palabras. Una mano de Raed, grande y fuerte, la acariciaba sobre la ropa mientras le susurraba cada palabra. Sentía el calor de su palma, el roce de sus dedos subiendo por su cintura, y una electricidad que la hizo jadear. —Raed… pueden vernos —fue lo que se escapó de los labios de Catrina. No quería que los vieran, pero quería más. Quería más de lo que su cuerpo contenía para él, y no sabía cómo pedírselo. —Sí, seguro nos verán. ¿Quieres esconderte? —dijo él, mordiendo su cuello con suavidad. Catrina sintió las piernas como espagueti mojado, un deseo tan fuerte que la dejó sin fuerzas, pero la otra mano de Raed en su cadera parecía obligarla a estar de pie. Catrina, con el corazón desbocado, respondió: —Por favor, Raed. Una súplica. Un susurro. Su pecho subía y bajaba. Sí. Tres años sin un hombre. Sin siquiera una noche de sexo frío. Nada más que unas pocas veces de masturbación en sus noches de soledad. Su cuerpo gritaba por sentir el hielo del alemán. Raed la sintió en cada respiración. La sintió en cada temblor de su cuerpo. Era ella. Era el premio que tanto había anhelado. Pero quiso castigarla. Quiso castigarla por haber estado a solas con aquel hombre, por haberle dado risas que a él le negaba. —Sí, te lo daré. Tal vez después. Ahora, vuelve a la mesa y sonríe. Terminó por decirlo con una sonrisa maliciosa. Después, le dio un beso que la dejó sin aliento. Un beso de dueño, un beso que no pedía permiso, un beso de castigo y de promesa. Él la soltó. Catrina se tambaleó, se fue a pasar rápido nuevamente al baño, para mojarse la cara y recomponerse. El espejo le devolvió una imagen desconocida: la de una mujer deseada y rota. Raed, por su parte, se fue al baño de hombres a calmar su propio líbido y deseo. Se pegó a la pared, con los ojos cerrados. El deseo era tan fuerte que le dolía. "No importa lo que pase después… en cualquier momento, la tomaré. No aguantaré más. Voy a tomarla por completo. Y cuando esté hecho, será mía en contra de lo que sea." Unas horas después, la mesa en el club era un oasis de luz y risas. Tamara y Yondre hablaban con una naturalidad que a Catrina le resultaba extraña y hermosa. Pero para ella, la mesa era un campo de batalla. Raed, a su lado, había cumplido su palabra de que se sentaría allí, pero estaba lejos de ser un simple acompañante. Bajo el manto de la mesa, un juego silencioso, un castigo de deseo, había comenzado. La pierna de Raed, larga y fuerte, se pegó a la de ella. Un contacto apenas perceptible para los demás, pero que para Catrina era una descarga eléctrica. Sentía el calor de su cuerpo, y sus músculos se tensaron. Él no apartó la pierna; al contrario, la presionó, obligándola a sentir la dura tela de su pantalón contra su muslo. Catrina intentó disimular, pero su mano en su regazo se crispó. Raed, sin siquiera mirarla, deslizó una mano bajo la mesa y la colocó en su rodilla. Sus dedos, largos y calientes, se quedaron quietos por un segundo. Catrina sintió cómo su cuerpo se tensaba, su respiración se volvía superficial. Luego, con una lentitud que era un castigo, Raed comenzó a subir su mano por su muslo. La tela de su vestido era una barrera frágil. Cada milímetro que su mano subía, era un tormento. Ella se obligó a sonreír a Yondre y Tamara, pero la sonrisa era una mueca de dolor, un grito silencioso. La mano se detuvo a la mitad de su muslo, y él la acarició con suavidad. Catrina tembló. Raed notó su reacción y sonrió, una sonrisa que solo ella pudo ver, una sonrisa de victoria. Con un movimiento casi imperceptible, enterró las yemas de sus dedos en la piel de su muslo. El dolor era un ancla que la obligaba a mantenerse quieta, a no huir. La conversación de Tamara y Yondre era un ruido lejano. Catrina solo podía concentrarse en la mano de Raed, en el ardor de su muslo, en el martilleo de su corazón que amenazaba con explotar. Por primera vez en mucho tiempo, su cuerpo se había rendido. La había desobedecido. Había abierto una puerta que ella creía cerrada para siempre. —Deberíamos ir a mi club. Está cerca de aquí y el ambiente es más privado. Podemos bailar y tomar algo —dijo Yondre, con la voz llena de entusiasmo. Tamara, siempre lista para la aventura, asintió de inmediato. —¡Sí, Yondre! ¡Qué gran idea! ¿Qué dices, Catrina? Catrina sintió el pulso de Raed en su piel. Era la única cosa que sentía. El placer y el dolor de su toque era una tortura. —No… no puedo. Estoy muy cansada. Creo que me iré a casa. Ha sido una noche larga —dijo, su voz tan monótona que casi la traicionó. Tamara la miró con preocupación. Raed, con una frialdad que heló la sangre de Catrina, apartó su mano de ella. Por un segundo, Catrina se sintió aliviada. —¿Segura? —preguntó Yondre. —Sí, estoy segura. Diviértanse —dijo Catrina, su cuerpo agradeciendo el fin del tormento. Se levantó con la intención de irse sola. Por un segundo, pensó que se había librado de él. Pero la voz de Raed sonó, fuerte y clara. —Me voy con ella. Tamara lo miró con sorpresa, pero Raed ya estaba de pie. —Me iré con Catrina. Mañana nos veremos, Yondre. Ha sido un placer. Catrina, sin poder protestar, se vio obligada a seguirlo. En el auto, el silencio fue más pesado que nunca. Ella miró por la ventana, evitando su mirada, pero sintiendo la intensidad de su presencia. Raed no dijo nada. No tenía que hacerlo. Ya había dicho todo. Llegaron a su apartamento. El ascensor se sentía como una jaula. Cuando las puertas se abrieron, Catrina quiso correr, pero no lo hizo. La mano de Raed se posó en su espalda baja y la obligó a caminar. Abrió la puerta de su apartamento. Florinda estaba dormida en el sofá. Raed sonrió. —Nadie nos interrumpirá. Catrina no supo qué decir. Su cuerpo se sentía pesado, sus nervios estaban a flor de piel. Ella solo conocía las caricias vacías de Flavio, los besos fríos, un ritual sin pasión. Sabía lo que venía ahora, y una parte de ella, la parte que gritaba por amor, le tenía pavor. Raed no la besó. La tomó en sus brazos como si ella fuera de porcelana. La cargó hasta su habitación. El silencio fue su única guía. La dejó en la cama. Sus ojos, profundos y oscuros, la miraron de pies a cabeza. —Nadie te ha tocado como yo te voy a tocar. Nunca. —susurró. Y entonces, Raed se acercó. Sus labios no se posaron en su boca, sino en su cuello. Un beso de dueño, un beso de bestia. La besó con el hambre de un animal que ha encontrado a su presa después de una larga cacería. Los besos bajaron, por el hombro desnudo, hasta el pecho. Catrina, con los ojos cerrados, no supo qué hacer. Pero entonces, él la miró. Y en sus ojos, ella vio algo más que hambre. Vio la vulnerabilidad de un hombre que, al fin, había encontrado algo que no podía controlar. Catrina se rindió. Con una mano, acarició su mejilla. Raed, con un gemido, se pegó a ella. Y por primera vez en mucho tiempo, Catrina se sintió deseada. No por su apellido o su dinero, sino por ella misma. Esta noche, el hielo y el fuego se unirían, y nacería algo nuevo, algo que ella jamás se hubiera atrevido a soñar.
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