Catrina apenas pudo sostener la sonrisa cuando interrumpió a todos.
—Wow… muchas emociones juntas. Vuelvo en un minuto.
Se disculpo y salió apresurada, perdiéndose por los pasillos de la mansión. Can también se disculpó con los presentes, intentando que nada pareciera extraño. Raed, sin embargo, esperó unos segundos, la rabia mordiéndole los huesos, y luego fue tras ella. La buscó como un cazador tras su presa hasta que la encontró en la lavandería, sola, con la espalda pegada a la pared, respirando agitada.
—Si aceptas ese maldito matrimonio… —su voz era un cuchillo, cortante y helada—. Creo que abriré una guerra con el Medio Oriente, con Rusia y con toda su mierda.
La acorraló contra la pared, su mano subiendo a su cuello, apretando despacio, mientras la otra se deslizaba por debajo del vestido, buscando la piel que ya conocía.
—No sé qué está pasando —soltó ella, con furia en la voz y lágrimas en los ojos—. Todos quieren manejarme, manipularme a su antojo. ¡Y ahora tú también! ¡Déjame!
—¿Otro quiere casarte y te molesta que yo te lo impida? —Raed escupió las palabras, deshecho por los celos—. Estoy furioso, Catrina. Y lo que no debes es sonreírle a ese idiota ni vestirte así para él. ¿Quién diablos te dio ese derecho?
—¿Crees que yo sabía de esto? —replicó ella, empujándolo sin fuerza—. ¿Crees que quería venir para que me digan con quién debo acostarme o casarme? ¡Siempre me obligan! ¡Siempre me imponen!
La palabra "obligar" le taladró a Raed. Algo en su pecho ardió distinto, como si por primera vez se sintiera culpable. Bajó la mano de su cuello, pero no se apartó. Con los dedos, acarició sus labios como si buscara la verdad ahí.
—¿Dices que estás conmigo porque te obligo? —murmuró, quebrado entre ira y deseo—. ¿Que recibes mis caricias porque tienes miedo? Dímelo, Catrina… dime que no deseas nada de lo que te hago, nada de lo que probamos juntos.
Ella tembló, atrapada en la contradicción. Los ojos le gritaban que lo odiaba, pero su cuerpo clamaba otra cosa.
—No… —dijo, apenas audible, antes de pegarse a sus labios con desesperación.
Raed no dudó. La levantó del suelo y se fundieron en un beso feroz, un choque de fuego y rabia. Ahí mismo, en aquella lavandería, se deshicieron como dos adolescentes en un arrebato prohibido. Rápido, intenso, una descarga que los dejó sin aire.
Cuando al fin la dejó en el suelo y la ayudó a recomponerse, su voz fue una orden helada:
—Volverás ahí y dirás que no estás en venta. Que no hay matrimonio por conveniencia ni trato que valga. Alegarás que ya has cumplido, que no cargarás más condenas.
Catrina lo miró, con la corbata de él entre sus dedos, acomodándola como si esa pequeña intimidad fuera más profunda que el acto mismo.
—¿Y crees que a mi padre le importará lo que yo diga? —susurró, sin soltarlo, sabiendo que estaba atrapada.
Raed la miró como un hombre al borde de perderlo todo. Y esa cercanía, ese gesto tan simple, le quemó más que cualquier guerra.
Raed la miró, su rostro una máscara de fría determinación. La cercanía en el estrecho pasillo, el olor a detergente y el calor de sus cuerpos contrastaban con la frialdad de su voz.
—Yo daré valor y peso a tus palabras. Ahora ve y niégate.
Terminó por ordenar, volviendo a su rostro de Juez, un semblante que no admitía réplicas.
Catrina obedeció. Regresó al salón y el silencio cayó sobre la mesa mientras ella tomaba asiento. Todos la observaban, expectantes. Catrina respiró hondo, reuniendo toda la fuerza que Raed le había ordenado que tuviera.
—Señores —comenzó, su voz clara y firme, un contraste con el murmullo de antes—. Sé que han venido desde muy lejos y que tal vez esperaban algo de esta visita, pero lamento mucho decirles que no estoy a favor de un matrimonio por conveniencia.
La boca del joven árabe Hakim se curvó en una sonrisa de desdén. Él se inclinó hacia delante, como un depredador.
—De eso se trata el matrimonio. La mujer necesita un hombre que la guíe, que le enseñe las buenas costumbres de nuestro señor.
Catrina no se inmutó. Lo miró directamente a los ojos, sin parpadear.
—Yo no.
El silencio fue ensordecedor. Raed, que había aparecido en el umbral del salón, soltó un ligero suspiro de satisfacción. Llevaba un cigarrillo encendido y el teléfono en la mano, como si acabara de regresar de una llamada telefónica.
—Si no acepta la unión, entonces tu padre deberá pagar la deuda que tiene con mi familia —amenazó Hakim, la diplomacia se había esfumado de su rostro. La palabra "deuda" sorprendió a todos menos a Can, que se sintió expuesto y humillado frente a todos sus invitados.
Pero entonces, Raed intervino, con la calma de quien no quiere discutir más del asunto. Su voz, grave y resonante, acaparó toda la atención.
—Pagaremos cualquier cantidad o tipo de deuda a deber. Los negocios fallidos... eso le pasa a cualquiera. Pero en esta familia, los Richter y los Volkanosky, pagamos nuestros errores. Sin embargo, no lo hacemos con carne, sino con dinero, negocios, o venganzas.
Miró directamente a Al-Rashed, el padre del pretendiente, ignorando por completo al joven.
—Está en ustedes escoger el pago que mejor les ajuste.
Las palabras de Raed fueron suficientes. El hombre, sabiendo que no podía ganarle al Juez en su propio juego, se levantó con un gesto de resignación. Aceptaría los términos.
Catrina lo observó, y por primera vez, sintió que alguien la había defendido de verdad.
La noche continuó, pero para Catrina, la opulencia de la mansión se había vuelto asfixiante. Por primera vez en mucho tiempo, no quería estar allí. Convenció a Tamara de fugarse, de dejar atrás el humo de los pactos y las miradas de los hombres. Y lo hicieron, con la complicidad de Jordi, que las siguió sin hacer preguntas.
Llegaron a un bar sin pretensiones, uno de esos lugares anónimos en el corazón de Moscú donde la música alta y el eco de las risas ahogaban los pensamientos. Bebieron, trago tras trago, y por un momento Catrina se sintió libre.
Pero la libertad era una ilusión. La amargura del vino no lograba borrar el sabor de la traición. Le pareció un golpe bajo de su padre, querer volver su vida un lugar sin amor, solo negocios. Sentía que le habían quitado el alma, que la habían vendido al mejor postor como si fuera una pieza de ajedrez.
Sus pensamientos, como siempre, volvieron a Raed. ¿Qué sucedería después de la boda de Celine? ¿Se iría a Alemania y entonces solo estaría con ella como una vulgar amante cada vez que volviera a Rusia de visita? O quizás, un día, él volvería con una mujer del brazo, una novia o una esposa.
¿Quién decía que no sucedería? Raed Richter no le había dicho nada romántico. Todo lo que él sentía era ese deseo consumidor, una posesión sin promesas, una marca que no tenía más nombre que la de la más vil de las pasiones. Y esa falta de amor le dolía más que cualquier amenaza.