La Palabara del Juez

1350 Words
La noche en la mansión Volkanosky prosiguió sin contratiempos, al menos en la superficie. La mesa, recién liberada del estallido emocional, ahora respiraba un aire de pactos silenciosos y negocios millonarios. El anciano Morgan, con una calma que revelaba su experiencia, fue el primero en tomar la palabra, dirigiéndose a Can. —Es una lástima que su hija sea tan… impulsiva —dijo con un tono de falsa cortesía—. Pero los jóvenes de hoy son así. Me complace, sin embargo, qué Jhonder haya demostrado su valía. Mi hijo está encantado. Can asintió, visiblemente aliviado. —Jordi tiene mi bendición. El matrimonio de mi hermana Tamara con él será un honor para mi familia. El viejo Morgan sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. — Y serán felices, Jhonder no tiene ningún problema con el pasado de Tamara. De hecho, ha visto su fuerza en la lealtad que tuvo hacia su difunto hermano. En un mundo donde la traición se compra y se vende, eso no tiene precio. Can aceptó el compromiso con un gesto de cabeza, aliviado por haber cerrado el acuerdo y, a la vez, con un peso en el pecho. La cena había sido un desastre. La repentina irrupción de Jhonder y la audaz decisión de su hermana lo habían dejado expuesto, vulnerable. Se levantó y se sentó en el contrato del pago de la deuda, una caída millonaria. Hakim, el joven árabe, rompió el silencio, su voz un eco de la amargura que sentía por el rechazo de Catrina. —Entonces, ¿cómo se concretará el pago? —dijo, la mirada clavada en Can, como si quisiera que el hombre sintiera la vergüenza de su posición. Raed, que hasta ese momento había permanecido como un espectador silencioso, intervino. Levantó su copa de vino, la giró lentamente, y sus ojos se encontraron con los de Hakim por encima del humo del cigarro que sostenía. —¿Qué quieres, dinero o armas? Cualquier tráfico será de ustedes para concretar. El silencio volvió a caer sobre la mesa. Morgan miró a su hijo y luego a Raed, sus ojos calculadores. El Juez no estaba negociando; estaba dando órdenes. —Armamento suena justo —dijo Al-Rashed, su voz ronca por los años—. Entonces, ¿dónde está el papel que firmaremos? Raed apagó el cigarro en el cenicero con un gesto brusco, una señal de que la conversación había terminado. Se levantó, su figura imponente dominando el espacio. —Mi palabra pesa más que un papel. El Juez dice que tendrán armas, entonces Occidente las tendrá. Ahora los dejo en su noche. Para mí, es suficiente. Dijo Raed antes de salir junto a él Fugitivo. Apenas se subió al auto, su voz fría rompió el silencio del interior. —¿Dónde está? El Fugitivo no necesitaba preguntar a quién se refería. Sabía quién era la que buscaba el jefe, esa obsesión que lo devoraba. —Salió, señor. Con la tía y el prometido de esta, el americano. Pero ya la están siguiendo. Raed apretó los dientes. Lo sabía. Lo supo en el instante en que Can habló del compromiso de Tamara. Lo supo cuando los futuros novios no aparecieron al ser llamados. ¿Cómo aparecerían si se habían ido con ella? Había estado horas intentando zafarse de los negocios, sabiendo que ella no estaba en la mansión, que se había ido. —Llévame donde esté Ordenó Raed al subir al auto, una sensación extraña lo invadía. Cuando no estaba cerca de Catrina, se sentía ansioso, más vacío de lo normal. En ese momento, el Juez llegó a sentir que su corazón era como una flor que necesitaba el agua que encontraba en las caricias, en la voz de Catrina. Se dio cuenta de que no era solo deseo, no era solo obsesión. Era una dependencia que lo aterraba. —Ella me da vida —susurró, una verdad que nunca se atrevería a decir en voz alta—. Y no puedo vivir sin ella. El caos del club era un mundo aparte del silencio de la mansión. El bajo retumbaba en el pecho de Catrina, los focos estroboscópicos le pintaban el cuerpo con luces efímeras y el aire olía a alcohol, perfume barato y sudor. Estaba ebria, y la risa se le escapaba sin control mientras bailaba en el centro de la pista, su vestido de terciopelo tinto moviéndose como una llama. Se había perdido en la música, una forma desesperada de ahogar la rabia contra su padre y el miedo a Raed. A unos metros de ella, en una burbuja de amor y deseo, Tamara y Jordi se besaban, ajenos al mundo, ajenos a Catrina. De repente, una sombra se cernió sobre la pista. Los ojos de Catrina, vidriosos por el alcohol, se abrieron de golpe cuando una figura alta y oscura la apartó de un codazo de un desconocido con el que bailaba. Un hombre que acababa de sonreírle con picardía, ahora era empujado con fuerza. —¡Hey! ¿Qué demonios…? —protestó el desconocido. La voz que respondió fue un susurro de hielo, más peligroso que cualquier grito. —Fuera. Raed se paró frente a ella, bloqueando el mundo exterior con su imponente presencia. El Juez no llevaba traje, sino una camisa de lino negra que resaltaba la tensión de sus músculos. Su mirada era un veneno contenido, un fuego que la devoraba. Catrina vio en sus ojos una mezcla de furia, celos y, por primera vez, algo que la asustó de verdad: miedo. —Ahora mismo, te alejas de tu tía y te vas a mi auto. La orden era clara y helada, sus palabras eran una sentencia. Raed no quería que Tamara o Jordi lo vieran. No quería testigos. Solo a ella. Catrina, aturdida y asustada, quiso replicar, pero antes de que pudiera, vio un movimiento a su espalda. Raed había llamado a su Fugitivo con un gesto de cabeza. En un segundo, la figura musculosa del guardaespaldas acorraló al desconocido contra la pared, su mano firme en el cuello del hombre, sin violencia, pero con una amenaza silenciosa que lo obligó a quedarse quieto, sin respirar. El pánico se apoderó de Catrina. Esto no era un juego. Raed no estaba bromeando. Con el corazón latiendo a mil por hora, asintió, las lágrimas picándole en los ojos. Sin dudar, se volteó y se abrió camino entre la multitud, dejando la pista de baile y alejándose de Tamara y Jordi. Raed la vio irse. El peligro había pasado. Su rostro, aún tenso, se relajó en una sonrisa fría y depredadora. Una sonrisa que no era de alegría, sino de victoria. Como un león que espera a su gacela, Raed caminó hacia la salida, seguro de que su presa vendría. La noche era suya. Pero para cuando Raed salió del club, con la sonrisa de un depredador que ha marcado a su presa, sus ojos escanearon la calle. Y la vio. Catrina estaba de pie en la acera, con el brazo extendido, hablando con el conductor de un taxi que se había detenido a su lado. El frío de la noche moscovita no parecía afectarla. Su gesto era desesperado, un último intento por huir. Raed no corrió. Caminó con la lentitud de un hombre que sabe que tiene todo el control. Abrió la puerta del taxi, se deslizó en el asiento trasero junto a ella y habló al taxista antes de que Catrina pudiera reaccionar. —Sigue el auto —dijo, señalando su propia camioneta, que el Fugitivo conducía con calma por la calle. El taxista miró a Catrina, esperando una señal, una palabra. Pero ella no dijo nada. Su mirada estaba fija en la de Raed, atrapada en su presencia. Su mano, que aún sostenía con fuerza el puño de su vestido, fue cubierta por la de él. La piel de Catrina se erizó con su toque, una mezcla de miedo y esa extraña electricidad que siempre la golpeaba. El taxista, al ver la escena, entendió. Sin preguntar más, siguió la orden, convirtiéndose en el silencioso testigo de una cacería prohibida.
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