La Declaración del Juez

1213 Words
Catrina sintió cómo el silencio dentro del auto se volvía insoportable. Cada respiración de Raed era un golpe contra su pecho. El juez estaba demasiado cerca, con esa energía oscura y sofocante que la desarmaba. Intentó apartar sus manos de las suyas, pero él apretó con más fuerza, no al punto de hacerle daño, sino con la firmeza de un hombre que no aceptaba un "no". —Déjame ir, Raed —murmuró, la voz hecha pedazos. Él ladeó la cabeza, estudiándola como si cada lágrima en su rostro fuera un secreto que debía arrancarle. —¿Y a dónde irías, serpiente? ¿A tu departamento vacío, con unos guardias que no valen nada? ¿A esconderte en la biblioteca fingiendo que los libros te protegen? —su voz se endureció—. Nadie puede salvarte de lo que eres, salvo yo. Catrina lo miró con rabia, pero no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda. —¿Y qué soy, según tú? Raed acercó el rostro, tanto que ella sintió el roce de su respiración en los labios. —Eres mía —sentenció, como si fuera un dictamen irreversible. La joven abrió los ojos con indignación, el impulso de abofetearlo la atravesó, pero su cuerpo la traicionó: el estómago se le contrajo, un calor extraño la subió por la garganta. Era odio, sí, pero también una atracción que la encadenaba. —No digas eso —balbuceó. Raed sonrió con la calma de un depredador. —¿Por qué no? Lo sabes. Te lo grité con mis manos cuando tu padre te levantó la voz. Te lo repetí cuando me interpusiste ese vestido de Celine como un escudo. Te lo demostré llevándote a mi manera y devolviéndote marcada como lo que eres. Catrina negó con la cabeza, un sollozo se escapó de sus labios. —No puedes… no puedes jugar conmigo así… Él se inclinó más, atrapando su mentón con los dedos, obligándola a sostener su mirada. —No estoy jugando. ¿Quieres juegos? Búscalos con Can, con Flavio, con quien quieras. Yo no. Lo mío es real, serpiente. Crudo, sucio, inevitable. Ella se estremeció. Raed rozó con el pulgar la comisura de sus labios, y ese contacto la hizo cerrar los ojos. El juez bajó la voz, ahora un susurro ronco. —Tienes miedo de lo que te hago sentir, pero mírate… ni siquiera te apartas. Catrina abrió los ojos con rabia y dolor mezclados. —Porque no puedo. —Su confesión salió como un látigo contra ella misma. Raed tragó saliva, como si esas palabras fueran la rendición que esperaba. Y entonces, sin darle oportunidad de arrepentirse, la besó. No fue un beso tierno. Fue áspero, desesperado, con la lengua irrumpiendo en su boca como un invasor. Ella intentó resistirse, golpeó su pecho con los puños, pero pronto los golpes se convirtieron en manos que lo aferraban. Era como pelear contra un huracán: inútil, y sin embargo excitante. El beso ardía, y con cada segundo la rabia se confundía con el deseo. Catrina gimió contra sus labios, odiándose por entregarse, y Raed respondió hundiendo la mano en su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para dominarla mejor. El aire del auto se volvió denso, cargado de electricidad. Raed la apartó apenas, la frente pegada a la de ella, sus labios aún húmedos. —Dime que no me deseas, y me detengo. Catrina respiraba agitada, los labios temblando. Podría haber mentido, podría haber dicho que no. Pero no lo hizo. Él la miró con ojos encendidos, como un juez que ya conocía el veredicto. De pronto, sus manos descendieron por sus hombros hasta la cintura, tirando del vestido hacia arriba. El tejido de Celine se arrugó bajo sus dedos, arrancando un jadeo de sorpresa en ella. —Raed, aquí no… —balbuceó, mirando los cristales del auto empañarse. —Aquí sí. —su respuesta fue un gruñido, una orden. Con un tirón la sentó sobre sus piernas, haciéndola caer a horcajadas sobre él. El contacto fue brutal: pudo sentir la dureza de su erección presionándola a través de las telas, arrancándole un gemido involuntario. Raed la sostuvo contra su pecho con una mano en la espalda baja, impidiéndole escapar. Con la otra bajó la cremallera del vestido, exponiendo la piel suave de su clavícula y sus senos que temblaban bajo la tela. —Dios, Catrina… —murmuró con un tono cargado de hambre. Ella cerró los ojos, la cabeza echada hacia atrás, debatiéndose entre la cordura y la rendición. Su propio cuerpo decidió antes que su mente: se movió contra él, buscando fricción, buscándolo. Raed soltó una risa oscura al sentirla. —Eso es… serpiente… así… —y llevó la boca a su cuello, mordiéndola con fuerza, dejando marcas que eran más que deseo: eran posesión. El auto se llenó de jadeos, suspiros, sonidos húmedos de besos y mordidas. El frío de la noche afuera contrastaba con el calor sofocante adentro. Catrina ya no pensaba en su padre, ni en Flavio, ni en las intrigas. Solo existía Raed, sus manos recorriéndola, su cuerpo dominándola, la certeza de que la estaba consumiendo sin remedio. —Te odio… —susurró ella entre gemidos. —Miéntele a todos, pero no a mí —respondió él, mordiéndole el labio con violencia—. Me deseas tanto como yo a ti. Sus cuerpos se movían con urgencia, atrapados entre los asientos, como si el auto fuera demasiado pequeño para contener tanta furia convertida en pasión. La cremallera del pantalón de Raed bajó, el roce de su sexo contra el de ella la hizo gemir más fuerte, y por un instante, todo Moscú desapareció. No había guerra, ni conspiraciones, ni Volkanoski, ni mansiones. Solo dos almas rotas encontrando alivio en la destrucción del otro. Raed la sostuvo de la cadera y la guió con fuerza, marcando el ritmo. —Así… mírame, serpiente… —la obligó a abrir los ojos, a hundirse en esa mirada que era fuego y abismo a la vez—. No huyas. Catrina lo hizo. Lo miró, jadeando, los labios abiertos, el cabello pegado al rostro sudado. Y entendió que ese hombre era la condena que siempre había llevado escrita en la piel. El clímax llegó como un rugido compartido, un estallido que los rompió y los unió al mismo tiempo. El auto se estremeció con sus movimientos hasta que quedaron exhaustos, sudorosos, respirando como dos bestias que acababan de devorarse mutuamente. Un silencio denso volvió a cubrirlos, pero era distinto al anterior. Ahora había un olor a sexo en el aire, una tensión que ya no se podía negar ni enterrar bajo palabras. Raed apoyó la frente en el hombro de Catrina, aún jadeando. —Eres mi perdición… —susurró con voz rota. Ella cerró los ojos, sin fuerzas para responder. Lo odiaba por haberla reducido a eso, y al mismo tiempo, lo odiaba por ser lo único que la hacía sentirse viva. El juez levantó la cabeza, la besó suavemente en la sien, un contraste brutal con la violencia de antes. —Y no dejaré que nadie más te tenga. Ni siquiera tú. Catrina tragó saliva, el cuerpo aún temblando. Sabía que había cruzado una línea de la que no podría volver. Y en el fondo, aunque quisiera, tampoco quería.
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