En los últimos días la salud de Amy estaba en descenso, había sentido cansancio y ciertas punzadas en el pecho que le causaban preocupación.
Nadie lo sabía, solo ella, si le decía a su padre la terminaría hospitalizando durante meses y no lo quería. Quizás el tiempo ya se le estaba agotando, aun así se mantenía serena, había días en los que no sentía ningún malestar los siguientes era todo lo contrario.
Estaba molesta, era orgullosa, la indiferencia de Alexander frente aquella mujer le dolió, irse con Agustín el doctor Mondragón fue buena opción, pues su compañía le sirvió para distraerse, sin querer había hecho un amigo. Las llamadas de su papá no se hicieron esperar cuando su chófer llegó sin ella a casa.
Todo volvió a ella de golpe y un poco peor cuando encontró a Alexander frente a su casa, luego ese beso que le dejó las piernas temblando y por el cual tuvo sueños eróticos con el.
¡Dios Santo!
Ahora estaba en su habitación recostada, se había despedido de su papá quien se fue de viaje nuevamente prometiéndole que regresaría pronto. Si le hubiese dicho que algo andaba mal en ella ni por un segundo se le hubiera cruzado viajar.
¡Lo conocía!
Después de haberse tomado un largo baño de burbujas, se vistió con algo sencillo, no tenia pensado salir así que dormiría toda la tarde y no quería interrupciones. Solo en sus sueños ella podía tener una salud vital, una familia con el hombre que ama y muchos hijos.
Últimamente le estaba gustando tanto dormir.
—Deberíamos salir—. Expresó Marlene entrando a su habitación y colocando una jarra de agua y un vaso en su mesa de noche—. Conocer hombres—, Amy sonrió y la observó divertida, su amiga hablaba enserio.
—No quiero, no tengo ganas.
—Que aburrida te haz vuelto y toda la culpa la tiene Alexander, a veces me dan ganas de llamarle y pedirle que venga a solucionar lo que hizo.
—Lo extraño—. Confiesa recostándose y abrazando una almohada. Era la verdad no lo negaría.
—¿Y porque no le llamas? El lo a hecho muchas veces y tu no le respondes. ¿Piensas que te voy a juzgar por perdonarlo tan rápido?
—¡Si!
—¡Por Dios Amy!—. Habló poniendo los ojos en blanco—. Si estuviera en tu lugar también lo haría, si estar enojada con el me limita a no ser besada de la manera en la que lo hizo esa noche, no me enojo con el nunca.
—¿Nos espiaste?—. Inquiere sorprendida, sentándose en la cama.
—Solo un poco, porque después me fui a buscar a mi chofer, me dieron ganitas—. Respondió con picardía, le encantaba sonrojar a su amiga—, mira que si es posesivo, con ese beso marcó territorio, le hubieras visto la cara a el pobre doctor cuando miró como te comía a besos.
—¡Marlene ya!—. La reprendió avergonzada, solo de imaginar que el doctor Agustín presenció todo le llenaba de vergüenza.
La puerta se abrió y Amparo entró con una gran sonrisa en los labios.
—Mi niña afuera esta el joven Alexander, quiere verte.
Marlene y Amy se voltearon a ver con la boca abierta.
—¿Lo pasaste a la sala?
—Si
—¿No debería estar trabajando?—. Vuelve a preguntar como si su nana Amparo supiera la respuesta.
—Ya deja de hacer tanta pregunta y arréglate el cabello, ponte un poco de color en las mejillas… vamos—. Emocionada expresó Marlene quien se dirigió de inmediato al armario para sacar un par de zapatillas.
Amy se levantó de la cama con prisa se miró en el espejo y comenzó a peinarse el cabello; lo quería ver después de días, lo quería besar, lo quería abrazar.
—¿Me pongo brillo o color?—. Inquiere a su amiga mostrando los labiales.
—Creo estará bien con el brillo, tu labios tienen color propio, además el labial te lo quitará Alexander cuando te dé unos buenos besotes y algo más—. Acompañó sus palabras con un movimiento de manos haciendo demostración .
—Marlene deja de decir esas cosas y ya vete a trabajar—. Molesta Amparo la reprendió; a veces pensaba que su hija no era tan inocente como creía y no estaba muy lejos de eso. Amy sonrió y negó con la cabeza.
Alexander escuchó los pasos en la escalera, caminó hacia ella cuando miró bajar a Amy, el corazón le latió con fuerza habían pasado solo días, pero para el fueron años. Llegó a las escaleras y le tendió la mano para que ella se sostuviera.
—Gracias —. Susurró cuando terminó de bajar el último escalón. La calidez de su mano varonil le calentó el cuerpo, su porte imponente la puso nerviosa, más aún cuando aquel hombre con una ligera barba de tres días llevaba puesto unos pantalones y saco azul marido, acompañado de una playera de cuello alto en color negra y zapatos del mismo color , vestía de una manera casual pero muy atractiva. Y que decir de su aroma, alteraban sus hormonas y solo quería acercar la nariz su cuello y beber de su fragancia. Para después subir a su lindo rostro y acariciarlo con amor.
—¿Cómo haz estado?—. Sus ojos no dejaron de mirarla.
“Extrañándote y soñando contigo”
—Bien, muy bien, un poco ocupada, pero bien—. Sonrió nerviosa.
—Me alegra, en verdad me alegra, aunque me hubiese gustado que me extrañaras como yo lo hice, que me pensaras, que me soñaras, supongo que me lo merezco por ser el causante de tu enojo—. Su mirar le mostró tristeza.
Amy tragó saliva y se acercó más a él, ya no estaba enojada, ya no quería estarlo y confiaría en sus palabras. No quería quedarse con ganas de nada , así que acercó la nariz al hueco de su cuello y consumió todo su aroma suaves notas maderables y cuero, un aroma tan varonil que la derretía .
El cuerpo de Alexander se tensó y cerró sus ojos disfrutando de su cercanía y la dulce la respiración en su cuello. El hizo lo mismo y olió esas abundantes hebras castañas embriagándose con ese olor del que ahora sabía era jazmín.
—¡Amy!—Suspiró, las manos de ella acariciaron su rostro, una caricia qué lo estremeció de pies a cabeza.
¿Cómo podía con una caricia ponerlo así?
La había extrañado tanto, era su todo y quedarse sin ella lo podría llevar a la locura, simplemente no podía perderla.
Sin saber que al final lo terminaría haciendo.
Abrió sus ojos encontrándose con los de ella; preciosos.
—Te extrañé, claro que lo hice, solo no lo quería admitir—, susurró con aire de sensualidad.
El pelinegro se inclinó un poco y besó su frente, después cada una de sus mejillas, rozó sus labios y ella los entreabrió. Se le hizo agua la boca por besarlos, por morderlos como si de una manzana se tratarán. Amy estaba igual deseosa, fue ella la que no pudo resistir más y antes de que Alexander la besara ella lo hizo.
Sensual
Erótico
Intensivo
Así eran los besos de Amy y por los cuales Alexander ya era un adicto. Su lengua jugaba con la del pelinegro, se unían y separaban cuando cambiaban de posición. Un beso que alteraba sus sentidos y aumentaba su libido.
—¡Salgamos de aquí!
El saco cayó al suelo, después le siguió su playera, dejando su torso descubierto, su pecho era firme su abdomen marcado, tragó saliva ante lo que veía, recorrió con sus uñas bien cuidadas desde su pecho hasta su abdomen; la piel del pelinegro se erizó.
Habían salido de la casa de Amy sabiendo lo que querían, unirse, perderse entre el placer de hacer el amor con la persona que deseas, que amas .
Esta vez fue el quien condujo hasta el mejor hotel de la ciudad, siempre con la seguridad necesaria, pues no quería otra sorpresa. Los nervios de Amy estaban a flor de piel, pero tenía una terrible necesidad de sentirlo, de dejarse llevar por el placer, y de perderse entre los brazos de aquel hombre que no soltó en ningún momento su mano hasta llegar a la habitación del hotel.
Grande
Cómodo
Elegante
Su clavícula sintió los besos de Alexander, dejando un sendero de estos subió hasta su cuello. Echó la cabeza hacia atrás para darle más acceso, sin querer soltó un gemido cuando su lengua le recorrió el cuello hasta llegar a su barbilla, para después prenderse de sus labios y comerle la boca de manera exquisita.
—No sabes cuanto anhele esto Amy—. Habló contra sus labios, mientras bajaba el cierre de su vestido lentamente.
—Yo mas, te lo puedo asegurar—.Con voz entrecortada respondió pues su cuerpo sentía descargas eléctricas qué viajaban por todos lados y se encontraban en su vientre provocando una excitación y humedad en su sexo que la hacían apretar las piernas.
Recordó cuando solo lo veía en las entrevistas que salían en la televisión, en la portada de alguna revista y soñaba con algún día conocerlo, con que algún día pudiera reflejarse en esos ojos negros preciosos y pudiera sentir lo que era estar entre sus brazos, ahora lo sabía.
Amor
Deseo
Lujuria
Su vestido cayó al suelo descubriendo la lencería sexy en color negra que llevaba puesta, Alexander la recorrió con la mirada de forma lasciva. No pasó mucho tiempo cuando el sostén fue tirado al suelo.
—¡Te amo Alexander!—. Manifestó dejando una pequeña mordida en su labio inferior—. ahora tómame, hazme tuya, haz con mi cuerpo lo que desees.
—Yo también te amo y no te imaginas cuanto, ya eres mía Amy, desde el día en que te conocí.
Como si se tratara de una pluma la sujetó de sus glúteos y la hizo enredar las pierdas a su cintura, quedando justo como el quería, hizo a un lado su cabellera castaña y llevó a su boca uno de sus senos, lo besó y chupó a su antojo de una manera erótica.
—¡Oh Alexander!
Hizo lo mismo con el otro, para el no era difícil tenerla de esa forma , Amy era ligera a pesar de gozar con un buen cuerpo o quizás era la fuerza del hombre que la sostenía.
—¡Son perfectos y exquisitos! Y lo mejor de todo es que son solo míos—. Su boca saboreaba a cada uno de ellos, Amy apretaba sus hombros con fuerza y mordía sus labios; la lengua de ese hombre era sensacional , ya lo sabía, lo supo ese día cuando se perdió entre sus piernas.
Su espalda chocó con aquel colchón cubierto con suaves sábanas blancas y se sintió realmente pequeña debajo del cuerpo del pelinegro, quien la cubrió por completo.
Los besos ,caricias y movimientos de Alexander eran un poco toscas pero vaya que excitantes, la forma en que sus grandes manos amasaban sus pechos, apretaban sus muslos y después subían a su cuello para presionar sin hacerle daño le tenían al borde del colapso, su interior palpitaba cada vez más.
Fue desprendida de la única pieza que cubría su desnudez .
Cerró sus ojos con fuerza y arqueó su espalda cuando los dedos de Alexander acariciaron sus pliegues.
—¡Estás tan mojada, joder!—. Gruñó sensual.
—Por ti Alexander, por ti—. Gimió, gozando en la forma de como era tocada. Alexander dejaba besos húmedos en su cuello mientras sus dedos se perdían acariciando una y otra vez su húmedo sexo. Se levantó y colocándose de rodillas sobre la cama quitó el botón de su pantalón; necesitaba sentir la desnudez de su cuerpo por completo contra el suyo.
Los ojos azules de Amy apreciaron la desnudez de aquel hombre; era todo un monumento, su cuerpo era firme y marcado, esa perfecta v terminaba en su entrepierna, tragó saliva al ver lo grande que era, quiso tocarlo y así lo hizo, conectó sus ojos con los de Alexander, observó como apretó su mandíbula y soltó un suspiro cuando lo tomó entre sus manos, lo acarició lentamente; estaba caliente y muy duro.
—¡Amy joder!