El ambiente en el gran salón de la mansión Novak había pasado de la determinación al pánico controlado en menos de diez minutos. Leo estaba frente a su consola, pero sus dedos se habían detenido. Un sudor frío le bajaba por la nuca. La pantalla, que hace un momento mostraba el rastreo de las cuentas siberianas, ahora mostraba algo que le heló la sangre: un espejo de su propio rostro, captado por la cámara interna de su laptop. —Leo, ¿qué pasa? —preguntó Clara, notando su palidez. —Me dejó entrar... —susurró Leo, su voz apenas un hilo—. No fue un error de él. El Jefe dejó que rastreara su cuenta para usar mi propia conexión como un puente. Ha saltado el cortafuegos de la mansión desde adentro. De repente, todas las luces de la mansión se tornaron de un rojo intenso y fijo. No parpadeaban

