El aire en el gran salón de la mansión estaba cargado de una frustración asfixiante. Leo golpeaba el teclado con furia, Aidan revisaba su arma por quinta vez y Alexander mantenía la vista fija en las persianas de acero, como si pudiera atravesarlas con la mirada. —¡No podemos quedarnos aquí sentados esperando que el oxígeno se acabe o que Brandon muera en ese sótano! —gritó Lucía, caminando de un lado a otro. —¡Papá! —una voz aguda intentó abrirse paso en la discusión. Era Isabella, la más pequeña del clan Novak. —Ahora no, Isabella —respondió Alexander sin mirarla—. Los adultos estamos tratando de salvar nuestras vidas. —Pero, papá... —insistió la niña, tirando de la manga de su camisa. —¡Isabella, a tu cuarto! —ordenó Aidan con voz de mando—. No es momento para juegos. —¡QUE NOS ES

