En el salón principal, ajenos a la tormenta que se gestaba en el baño, los Novak intentaban recuperar la calma tras la muerte de la niñera. Alexander estaba sentado en el gran sofá de cuero, con Isabella acurrucada contra su pecho. —Papi, me duele mucho la carita —gimió Isa con una voz quebrada, frotándose la mejilla que apenas tenía un leve color rosado—. Siento que me va a salir un moretón gigante. Esa mujer era mala. —Ya pasó, princesa —susurró Alexander, besando la coronilla de su hija con una devoción absoluta—. Nadie más va a tocarte. Voy a mandar a traer al mejor dermatólogo de Londres solo para que no te quede ni una marca. Maximilian, sentado en el brazo del sillón opuesto, resopló con fastidio, cruzándose de brazos. —Por favor, papá. No seas ridículo. Ella le dio un golpe de t

