El despacho de Aidan era ahora el epicentro de un terremoto silencioso. La pregunta de Aidan seguía vibrando en el aire: “¿Es verdad?”. Sus ojos, usualmente fríos y calculadores, buscaban en el rostro de Lucía una respuesta que temía recibir en medio de una guerra. Leo estaba a un lado, con la respiración entrecortada. Sus ojos no estaban en su hermana, sino fijos en Clara, que se mantenía un paso atrás, pálida y con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. —Aidan, cálmate —dijo Lucía, tratando de recuperar su postura de mujer Novak, aunque por dentro temblaba—. El guardia exageró. No es lo que parece. —¿Cuatro pruebas de embarazo, Lucía? —Aidan dio un paso más, ignorando a todos los demás en la habitación. Su voz era un gruñido herido—. ¿Para qué querrí

