Capitulo 7: EL SANTUARIO DE SILICIO

1707 Words
La lluvia golpeaba el asfalto de Cambridge con una violencia rítmica, lavando la sangre de los nudillos de Leonardo. El rugido del motor de su deportivo n***o era lo único que llenaba el silencio sepulcral mientras conducía de regreso a su departamento. Detrás de él, en un SUV mucho más modesto, Brandon y sus dos amigos más cercanos lo seguían, todavía procesando la c********a que acababan de presenciar en el club "Eclipse". Cuando llegaron al edificio de alta seguridad donde vivía Dante, Brandon intercambió una mirada nerviosa con los suyos. El lugar no era un edificio de estudiantes; era una fortaleza de cristal y acero con escáneres biométricos en la entrada. —Suban —ordenó Leo con voz ronca, sin mirar atrás. Al abrirse las puertas del penthouse, Brandon se quedó petrificado en el umbral. No era solo un departamento de lujo; era un centro de comando. El espacio era minimalista, dominado por tonos grises y negros, pero lo que cortaba la respiración era la pared de cristal que daba a la ciudad, ahora cubierta por persianas blindadas que se cerraron automáticamente al entrar Leo. —Pasen al fondo —dijo Leo, tirando su chaqueta de cuero al suelo. Brandon caminó lentamente, con el brazo enyesado pegado al pecho, y al cruzar una puerta de acero reforzado, su mandíbula cayó. El búnker. Era una habitación circular iluminada por el resplandor azul y blanco de más de doce monitores de 32 pulgadas. Había servidores zumbando en racks refrigerados, cables de fibra óptica que parecían venas recorriendo las paredes y aparatos electrónicos que Brandon, a pesar de su educación de élite, ni siquiera podía identificar. Parecía la base de operaciones de una agencia de inteligencia gubernamental. —¿Qué demonios...? —susurró Brandon, girando sobre su eje—. Dante... ¿quién eres tú en realidad? ¿Qué es todo esto? Parece que estás planeando una invasión. Leo se sentó frente a la consola central, sus dedos empezando a volar sobre un teclado mecánico que emitía un sonido rápido, como disparos. —No te conviene saberlo, Brandon —respondió Leo sin despegar la vista de las pantallas, donde miles de líneas de código verde se desplazaban a una velocidad inhumana—. Ya hiciste tu parte hoy. Vete a casa. —¡No me vengas con esa mierda! —rugió Brandon, dando un paso al frente, ignorando el dolor de su brazo—. Esto no es normal. Señala el lugar con su mano sana. ¿En qué demonios me estoy metiendo contigo? Puede que seas un boxeador letal y un genio, pero yo también tengo lo mío. Hoy demostré que puedes contar conmigo, que mi gente te respalda. Así que deja de comportarte como un idiota y dime de una vez qué está pasando. ¡Esa chica, Clara, está en medio de algo que me supera y quiero saber por qué! Leo se detuvo. El silencio en el búnker solo era roto por el zumbido de los ventiladores. Lentamente, giró la silla. Su rostro, iluminado por la luz fría de los monitores, no era el de un estudiante. Era el rostro de un hombre cargando el peso de un mundo oscuro. —Mi nombre no es Dante —dijo finalmente, su voz cargada de una gravedad que hizo que Brandon diera un paso atrás—. Soy Leonardo Novak. Brandon se quedó helado. La sangre pareció abandonarle el rostro. Todo el mundo conocía el apellido Novak. Era sinónimo de poder tecnológico, fortunas incalculables y una sombra de peligro que rozaba lo legendario. —¿Un Novak? —balbuceó Brandon—. Pero... ¿qué hace un Novak en Cambridge escondido bajo un nombre falso? —Protegiendo a Clara —Leo señaló una de las pantallas principales. De repente, aparecieron las fotos que le había arrebatado al acosador en el callejón. Fotos de Clara comiendo, caminando, riendo... y la foto de ella durmiendo en su habitación de la mansión—. Hay un psicópata acechándola. Es alguien brillante, alguien que ha logrado vulnerar sistemas que yo mismo diseñé. Me insulta, Brandon. Me enfurece que, siendo el genio que todos dicen que soy, no pueda ponerle una cara a este bastardo. Brandon se acercó a los monitores, viendo las grabaciones y los rastreos. El shock inicial se convirtió en una comprensión profunda. Ahora entendía la furia de Leo en el ring, su desesperación en el club y esa frialdad cortante con la que trataba a Clara. —La tratas mal para que él no la lastime —concluyó Brandon, con la voz llena de respeto—. Si él cree que a ti no te importa, ella deja de ser un rehén emocional. Leo golpeó la mesa con el puño, haciendo que los monitores vibraran. —Exacto. Pero el costo es verla llorar todos los días y pensar que soy un monstruo. Y mientras tanto, ese infeliz sigue ahí, rozándola, respirando su aire. Brandon guardó silencio un momento, mirando la tecnología de punta que lo rodeaba. Luego, se enderezó, recuperando su porte de capitán. —Escúchame, Leo... o Dante, o como quieras que te llame —dijo Brandon con firmeza—. No solo soy el tipo que lanza balones. Mi padre trabaja para el FBI es agente especial a cargo y mi familia tiene ojos en cada rincón de esta ciudad. Mi grupo no son solo atletas; somos leales. Si un Novak necesita ayuda para cazar a una rata, cuenta con nosotros. Yo ayudaré. No dejaré que esa chica pase por esto sola. Leo lo miró a los ojos y, por primera vez, asintió levemente. Una alianza de sangre y honor se acababa de sellar en ese búnker. La Pista Inesperada —Mira esto —dijo Leo, volviendo a la pantalla. Había logrado desencriptar una de las carpetas del teléfono que le quitó al acosador. No había nombres, no había chats. Pero había un archivo de audio de baja frecuencia. Leo lo reprodujo. Se escuchaba el sonido ambiental del club "Eclipse", pero había un ruido metálico constante de fondo. Un clic-clic-clic rítmico. —¿Qué es eso? —preguntó Brandon. —Es un interferidor de señal analógico —explicó Leo, frunciendo el ceño—. Es tecnología vieja, de los años 90. Nadie usa eso hoy en día... a menos que seas alguien que quiere evitar ser rastreado por sistemas modernos como los míos. El acosador no es solo un hacker; es alguien que conoce la vieja escuela. Leo amplió el espectro del audio. De repente, entre el ruido de la música, se escuchó una voz. No era la del acosador. Era la voz de un hombre mayor, hablando en un tono autoritario. "...asegúrate de que los Rueda no sospechen. El envío llega el viernes". Leo se tensó tanto que sus venas se marcaron en su cuello. —Esa voz... no es del acosador. Es alguien con quien el acosador está trabajando. O alguien a quien está vigilando. Mientras tanto, en la mansión Rueda-Ricci, Clara se encontraba abrazada a sus rodillas sobre su cama. Sus ojos color miel estaban hinchados. Había tirado sus zapatos y su top de seda al suelo, sintiéndose vacía. —Te odio, Leonardo —susurró a la oscuridad—. Te odio por ser tan perfecto y tan cruel a la vez. Se levantó para ir al baño a lavarse la cara, pero al pasar frente a su escritorio, algo le llamó la atención. Su laptop estaba encendida, pero ella recordaba haberla cerrado. Se acercó lentamente. En la pantalla no había virus ni mensajes de odio. Había una sola ventana de chat abierta, anónima, con un mensaje que acababa de llegar: "No todos los monstruos te muerden, Clara. Algunos te salvan de otros monstruos sin que te des cuenta. Pero ten cuidado... el que tienes más cerca es el que tiene los dientes más largos". Clara sintió que el aire se le escapaba. Miró hacia la puerta de su habitación, que estaba cerrada con llave. Miró hacia su ventana. ¿Quién estaba más cerca? ¿Su tío Marcos? ¿Su tía Carla? ¿Lucas, que la había dejado en la puerta hacía una hora? El miedo volvió a invadirla, pero esta vez era diferente. Era una duda que empezaba a crecer como una hiedra. De vuelta en el búnker, Leo logró aislar la geolocalización de donde se grabó ese audio del "envío del viernes". —Es en los antiguos almacenes del puerto —dijo Leo, poniéndose de pie y cargando su arma—. El mismo lugar donde está el club de peleas de Daniel. —¿Crees que el acosador esté involucrado en los negocios de tu familia? —preguntó Brandon, sintiendo la adrenalina. —O está intentando robarles —respondió Leo con una sonrisa gélida—. Sea lo que sea, el viernes vamos a tener respuestas. Pero antes... tengo que asegurarme de que Clara no salga de esa mansión. Leo miró la pantalla de seguridad de la mansión Rueda-Ricci. Vio a Clara caminar de un lado a otro en su habitación, visiblemente asustada. Su deseo de correr hacia ella era casi insoportable, pero se obligó a sentarse. —Brandon, mañana en la universidad, no te separes de ella. Si Lucas intenta llevarla a algún lado, invéntate un entrenamiento, una fiesta, lo que sea. No la dejes sola con él. —Cuenta con ello —dijo Brandon. Leo se quedó solo cuando Brandon se fue. Miró el reloj. Eran las 3:00 AM. Abrió un archivo oculto en su computadora, uno que no le mostró a Brandon. Era una foto de él y Clara en Londres, antes de que todo se fuera al infierno. Ella sonreía, y él... él se veía feliz. —Falta poco, mi reina —susurró Leo, acariciando la pantalla—. Un poco más de dolor, y luego... luego me encargaré de que nadie vuelva a hacerte llorar. En ese momento, un ping sonó en su sistema. Alguien acababa de intentar entrar en el servidor de la mansión Rueda desde una dirección IP dentro del campus de la universidad. El acosador estaba activo de nuevo. Pero esta vez, Leo no iba a perseguir una sombra. Esta vez, iba a dejar que la sombra viniera a él.
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