Capitulo 6: EL TERRITORIO DEL LOBO

1817 Words
El club "Eclipse" era un torbellino de luces ultravioletas, bajos que golpeaban el pecho como martillazos y una neblina de perfume y alcohol que se sentía espesa en el aire. Para cualquier estudiante de Cambridge, aquel era el lugar de moda para olvidar los exámenes; para Clara Rissi, era el lugar donde intentaba ahogar el eco del beso de Leonardo y la sombra de su acosador. Vestida con aquel top de seda negra y los pantalones de cuero, Clara se movía en la pista de baile. Su cabello rojo parecía fuego bajo las luces estroboscópicas. Maya bailaba a su lado, riendo, pero Clara no podía sonreír de verdad. Se sentía observada. Cada vez que un extraño se rozaba con ella en la multitud, un escalofrío le recorría la espalda. —¡Estás radiante, Clara! —le gritó Lucas al oído, acercándose más de lo necesario. Sus manos se posaron en la cintura de ella, fingiendo guiarla entre la gente—. No dejes que nadie te arruine la noche. Estás a salvo conmigo. Clara asintió vagamente, pero por dentro sentía una punzada de incomodidad. Lucas siempre estaba ahí, siempre tan amable, pero su cercanía en ese momento le resultaba asfixiante. Lo que ella no sabía era que, desde lo alto del VIP, un par de ojos azules, inyectados en sangre y cargados de una furia ancestral, seguían cada uno de los movimientos de esas manos sobre su cuerpo. Leonardo (Dante) estaba apoyado contra la barandilla de cristal del VIP, con los nudillos todavía doliendo por la pelea en el ring de Daniel. A su lado, Brandon y su grupo de atletas montaban guardia, formando una barrera humana que nadie se atrevía a cruzar. Brandon, con el brazo enyesado y la mirada fija en Dante, estaba mudo de asombro. Nunca había visto a un hombre emanar tanta violencia contenida. —Dante... el tipo de la capucha se está acercando de nuevo —susurró Brandon, señalando hacia la pista. Leo no necesitó que se lo dijeran. Lo había visto. Una sombra, un sujeto con una sudadera gris oscuro, se deslizaba como una serpiente entre los bailarines, acercándose a la espalda de Clara mientras sacaba un teléfono. Pero lo que terminó de romper el control de Leo no fue el acosador, sino ver cómo Lucas aprovechaba el "miedo" de Clara para pegarla a su cuerpo. Los celos de Leo explotaron. Fue una combustión instantánea. Ya no era el genio calculador; era el Lobo Novak reclamando lo que era suyo. —Brandon —dijo Leo, su voz saliendo como un rugido bajo que erizó los cabellos del atleta—. Bajen ahora. Cierren el perímetro alrededor de ella. Que nadie, absolutamente nadie, se acerque a menos de dos metros de Clara Rissi. Si alguien intenta pasar, aplástenlo. —¿Y tú? —preguntó Brandon. —Yo voy a cazar —sentenció Leo. Leo saltó la barandilla del VIP, cayendo sobre una mesa vacía en la pista con una agilidad que dejó a los presentes boquiabiertos. Se abrió paso entre la multitud como un cuchillo caliente a través de la mantequilla. Su sola presencia hacía que la gente se apartara por instinto; irradiaba un peligro que gritaba "muerte" a cualquiera que se cruzara en su camino. Clara sintió un cambio en la temperatura del aire antes de verlo. De repente, la multitud que la rodeaba fue empujada hacia atrás con brusquedad. Brandon y otros cuatro jugadores de fútbol americano formaron un círculo de hierro alrededor de ella, Maya y Lucas, dándoles la espalda para mirar hacia afuera con rostros de pocos amigos. —¿Pero qué diablos...? —exclamó Maya, confundida. Entonces, la sombra de Leo se proyectó sobre Clara. Él llegó hasta ella en tres zancadas. Su mirada era aterradora. Estaba sudado, con el corte en la ceja todavía fresco de la pelea en el ring, y sus ojos color tormenta devoraban a Clara con una mezcla de posesividad y desesperación. Antes de que Lucas pudiera decir una palabra, Leo lo agarró del hombro y lo lanzó hacia atrás con una fuerza tal que el chico casi cae al suelo. —¡No vuelvas a tocarla! —le rugió Leo a Lucas. —¡Leo! ¡Basta! —gritó Clara, interponiéndose—. ¿Qué te pasa? ¿Estás loco? ¡Estás arruinando todo! ¿Acaso no te bastó con humillarme en la universidad? ¿Ahora vienes a mis espaldas a golpear a mis amigos? Leo la agarró de los brazos, atrayéndola hacia su pecho con una urgencia que le cortó el aliento. Sus rostros quedaron a centímetros. Clara podía oler el sudor, el cuero y la rabia de Leo. —¡Vete a casa, Clara! —le espetó él, su voz temblando por el esfuerzo de no besarla ahí mismo, frente a todos—. ¡No tienes idea del peligro en el que estás! ¡Este lugar es una trampa! —¡La única trampa aquí eres tú! —le gritó ella, con las lágrimas de frustración empezando a brotar—. ¡Me ignoras, me tratas como basura, me besas en la oscuridad y luego vienes aquí a actuar como si te importara! ¡Ya no entiendo nada, Leonardo! ¡No entiendo quién eres ni qué haces en mi vida! ¡Te odio! ¡Te odio por hacerme sentir tan pequeña! Leo sintió que el corazón se le partía al ver las lágrimas en esos ojos color miel. La desesperación lo invadió. Quería gritarle que la amaba, que el tipo de la capucha estaba a tres metros de distancia con un arma o una cámara, que cada segundo que ella pasaba ahí era una tortura para él. Su mano subió a la mejilla de ella, sus dedos temblorosos acariciaron su piel. Por un segundo, el Lobo Novak se rindió ante la mujer que amaba. Estuvo a punto de besarla, de rogarle perdón, de llevarla lejos de todo. Pero entonces, por encima del hombro de Clara, vio el destello metálico. El acosador estaba levantando el teléfono de nuevo. Leo recuperó la frialdad de golpe. Soltó a Clara con una brusquedad que la hizo tambalear. —Brandon, sácale de aquí. Ahora —ordenó Leo, sin mirar a Clara a los ojos porque sabía que si lo hacía, no podría dejarla ir. —¡No me voy a ir contigo! —chilló Clara mientras Brandon la tomaba del brazo con delicadeza pero firmeza—. ¡Suéltame, Brandon! ¡Leo, eres un cobarde! —Lo siento, Clara, pero Dante manda hoy —dijo Brandon, escoltándola hacia la salida VIP junto con Maya, quien miraba a Leo con un miedo genuino. Leo se giró hacia la multitud. El acosador, al ver que la presa se escapaba, intentó escabullirse hacia la salida de emergencia del callejón. Leo salió tras él como un rayo. El callejón trasero del "Eclipse" estaba oscuro, mojado por una lluvia fina y olía a basura y metal. Leo vio la silueta de la capucha gris intentando saltar una valla. Con una velocidad sobrehumana, Leo se lanzó sobre él, tacleándolo contra el suelo de cemento. —¡Ahora sí, hijo de perra! —rugió Leo, propinándole un puñetazo que hizo que la cabeza del sujeto rebotara contra el suelo. El enfrentamiento fue corto y brutal. El acosador no peleaba como un guerrero, sino como una rata acorralada. Usó un spray de pimienta que Leo esquivó por milímetros y luego intentó clavarle un destornillador. Leo le bloqueó el brazo, escuchando el crujido del hueso al torcerle la muñeca. —¡¿Quién eres?! ¡¿Quién te envía?! —le gritó Leo, estampándolo contra la pared de ladrillos. El sujeto no respondió. Emitió una risita distorsionada, una carcajada mecánica que heló la sangre de Leo. En un movimiento desesperado, el acosador activó algo en su cinturón: una granada de humo denso que inundó el callejón en segundos. Leo tosió, cegado por el químico, pero logró arrebatarle el objeto que el tipo protegía con su vida: su teléfono móvil. Cuando el humo se disipó, el acosador se había esfumado por los conductos de ventilación. Leo se quedó solo en el callejón, jadeando, con el teléfono del psicópata en su mano. Estaba temblando, no de miedo, sino de una rabia tan pura que sentía que iba a estallar. Se pasó la mano por el cabello, frustrado por haberlo dejado escapar, pero al menos tenía la evidencia. A la salida del club, la lluvia había empezado a caer con fuerza. El coche de Marcos Rueda ya estaba allí, con las luces rotativas y sus guardaespaldas rodeando a una Clara que estaba al borde del colapso emocional. Ella gritaba, lloraba y trataba de soltarse del agarre de Brandon. —¡Déjenme! ¡Quiero que él me lo diga a la cara! —gritaba Clara. Leo salió de las sombras del callejón. Su chaqueta de cuero estaba rasgada, tenía sangre en los nudillos y su rostro era una máscara de piedra. Caminó hacia ella bajo la lluvia torrencial. La multitud de estudiantes los observaba desde lejos, murmurando sobre el "Dante" que acababa de causar una masacre en la pista de baile. Clara se quedó quieta cuando lo vio acercarse. Sus ojos miel estaban rojos de tanto llorar, su maquillaje corrido, y temblaba por el frío y la adrenalina. —¡Dime algo, Leonardo! —le gritó, su voz rompiéndose bajo la lluvia—. ¡Sé que fuiste tú el que me sacó! ¡Sé que estás detrás de todo esto! ¿Por qué me tratas así? ¿Por qué me salvas y luego me apuñalas con tu indiferencia? ¡Dime que me odias o dime que me amas, pero deja de jugar conmigo! Leo se detuvo a un metro de ella. Quería cargarla en sus brazos, llevarla a su búnker y no soltarla nunca. Quería besar cada lágrima y prometerle que el monstruo ya no la tocaría. Pero sabía que el acosador seguramente tenía cámaras en los edificios cercanos. Si mostraba amor ahora, la sentencia de muerte de Clara se firmaría. —Llévensela —dijo Leo a los guardias de Marcos, con una voz tan carente de emoción que parecía una máquina—. Esta chica no sabe lo que quiere. Solo es un estorbo para mi trabajo. —¡¿Un estorbo?! —Clara soltó una carcajada histérica—. ¡Eres un monstruo, Leonardo Novak! ¡No quiero volver a ver tu maldita cara en mi vida! —El sentimiento es mutuo —mintió Leo, sintiendo cómo cada palabra le arrancaba un trozo de alma. Marcos Rueda miró a Leo con una mezcla de lástima y respeto mientras subían a Clara al coche blindado. El vehículo se alejó, dejando a Leo solo bajo la lluvia, siendo observado por Brandon y sus amigos, quienes guardaban un silencio sepulcral. -es lo mejor- susurra Leo mientras apreta con fuerza el celular que tiene en la mano
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