En la mansión Rueda-Ricci, el aire estaba impregnado de una energía diferente. Por primera vez en semanas, la habitación de Clara no parecía una celda. Maya, su mejor amiga, había invadido el espacio con tres maletas llenas de opciones y una plancha de pelo que echaba humo.
—¡Clara, deja de moverte! —protestó Maya, deslizando la plancha sobre un mechón del intenso cabello rojo de su amiga—. Si quieres olvidar al "Dante-Novak-Imbécil", tienes que lucir como una diosa que él no puede tocar __ Clara quedó blanca __ vamos amiga, es imposible no reconocerlo, tiene en la frente tatuada soy un Novak y tu te la pasabas todo el día hablando de Leo y pum aparece Dante y Leo desapareció ¿coincidencia? no lo creo
Clara soltó una risita, una que no llegaba del todo a sus ojos color miel, pero que se sentía liberadora. Se miraron al espejo. Clara vestía un top de seda n***o que resaltaba su piel pálida y unos pantalones de cuero ajustados que marcaban sus curvas. Mientras Maya le delineaba los ojos con un n***o profundo, Clara recordó el beso de la noche anterior. Sus dedos rozaron sus propios labios involuntariamente.
—Me gusta ese brillo —dijo Maya sonriendo—. Vamos, píntate los labios. Un rojo sangre para que sepa lo que se pierde.
La diversión se cortó cuando la puerta se abrió y el tío Marcos Rueda entró con semblante serio.
—No vas a ir, Clara —sentenció con esa voz de abogado que no admite réplicas.
—Tío, por favor... —Clara se levantó, mirándolo con esos ojos de cachorro que sabía que eran la debilidad de los hombres de su familia—. Solo por hoy. Necesito ser yo misma, no la "sobrina protegida". Necesito música, baile... necesito respirar fuera de estos muros. Te lo ruego.
Marcos suspiró, frotándose la sien. Ver la tristeza en los ojos de su sobrina lo desarmaba más que cualquier fiscal. —Está bien. Pero no irás sola con tus amigos. Irás con cuatro hombres más de mi seguridad personal. Estarán dentro del club, aunque no los veas. ¿Aceptas?
—¡Acepto gustosa! —gritó Clara, abrazándolo antes de volver a su sesión de maquillaje.
A kilómetros de allí, en un sector industrial de los muelles, el ambiente era opuesto. El olor a sudor, metal y sangre llenaba el "The Pit", un club de peleas clandestinas donde la ley no existía. Brandon y sus amigos seguían a Dante (Leo) con una mezcla de pavor y fascinación.
Leo subió al ring sin camiseta. Sus músculos estaban tensos, su espalda marcada por cicatrices de entrenamientos pasados, y su mirada... su mirada era la de un animal que buscaba ser sacrificado o matar.
La pelea comenzó y Brandon sintió que se le helaba la sangre. Lo que Dante les había hecho en el baño del gimnasio no era nada. Ahora, Dante se movía como un rayo de sombras, propinando golpes que sonaban como disparos de gracia. Estaba destrozando a un tipo que le doblaba el peso.
—Gracias a Dios se contuvo con nosotros —susurró uno de los amigos de Brandon, pálido—. Si nos hubiera pegado así, estaríamos en una morgue ahora mismo.
—Es un monstruo —asintió Brandon, tocándose el brazo fracturado que le pulsaba con un dolor insoportable—. Míralo. No está peleando por dinero. Está sacando algo de adentro.
Brandon miró hacia el palco VIP superior. Un hombre con hombros anchos, mirada que dice que puede destruir a 5 solo, de aspecto letal y traje impecable, observaba a Dante con una sonrisa de orgullo que Brandon nunca había visto en ese lugar. Era Daniel, el dueño del club y mano derecha de los Novak.
Media hora después, Leo bajó del ring. Tenía un corte en la ceja y los nudillos destrozados, pero su respiración era extrañamente calmada. La adrenalina había drenado la mayor parte de su veneno.
—¡Le...! —empezó a decir Daniel bajando las escaleras, pero Leo lo cortó con una mirada de acero.
—Soy Dante, Daniel —dijo Leo secándose el sudor—. ¿Qué haces en este agujero? Pensé que estarías con mi hermano.
Daniel sonrió, dándole una palmada en el hombro que dejó a Brandon en shock. —Tu hermano está en una luna de miel eterna sin haberse casado, ya sabes cómo es. Vine a ver cómo estaba mi club, pero no esperaba encontrar al heredero más brillante de Europa convirtiendo a mis luchadores en puré.
—Que quede entre nosotros —pidió Leo—. No quiero que mi hermano se entere de que estoy usando tu ring de saco de boxeo.
—Lo que pasa en el ring, queda en el ring —respondió Daniel—. Eres bienvenido cuando quieras, Dante. Es un honor verte pelear.
Brandon y sus amigos no entendían nada. Ese hombre, Daniel, que no bajaba por nadie, trataba a Dante como si fuera su jefe absoluto. Leo se giró hacia Brandon.
—Tengo un trabajo para ti luego, Daniel. Te llamaré —dijo Leo antes de caminar hacia la salida, seguido por los atletas.
—¿Quién demonios eres? —preguntó Brandon, deteniéndolo en la calle.
Leo se detuvo y lo miró por encima del hombro. —Soy la persona que puede hacer que desaparezcas de la faz de la tierra sin dejar un rastro, Brandon. Y si alguien sospecha, no podrán hacer nada. No te conviene tenerme de enemigo.
—De eso ya me di cuenta —balbuceó Brandon—. ¿A dónde vas ahora?
—A un lugar que no te interesa.
—¿Vas por la Ricci? —soltó Brandon.
Leo se giró de golpe, acortando la distancia en un segundo, su mirada prometiendo muerte. Brandon levantó las manos en paz. —¡Oye! Solo digo que el club "Eclipse" es de mi hermano mayor. Si vas, puedo hacerte entrar directo al VIP, arriba. Podrás ver todo sin que nadie te moleste.
—Brandon tiene que ir al hospital, Dante —dijo un amigo señalando el brazo—. El hueso está mal.
—Yo me encargo de eso —dijo Leo, sacando su teléfono y haciendo una llamada corta—. Vamos. Los haré entrar sin esperar.
Encuentros Inesperados
Llegaron al hospital privado de la red Rueda. Al entrar, el personal reconoció a "Dante" de inmediato y los pasaron a una sala de urgencias VIP. Segundos después, entró la tía de Clara, la doctora Carla Ricci, con su bata blanca y expresión severa.
—Dante... —dijo Carla mirando a Leo—. ¿Me puedes explicar qué hace el capitán de fútbol de Cambridge con el brazo colgando?
—Una pelea —respondió Leo con naturalidad—. Arréglalo. Me urge.
—¿Qué demonios te pasó a ti? Tienes la ceja abierta —le gritó Carla mientras empezaba a examinar a Brandon—. Si Mateo se entera de que andas en riñas callejeras...
—Mateo no se enterará porque tú no se lo dirás —dijo Leo saliendo de la sala—. Brandon, ella es la mejor. Haz lo que diga.
Media hora después, Carla estaba terminando de poner el yeso. Brandon, sorprendido por la eficiencia, la miró. —¿Dante es siempre así de mandón?
__ respondido a tu pregunta si y si no me dices quién lo golpeó, terminaré de romperte el otro brazo —le advirtió Carla con una sonrisa gélida que le recordó a Brandon por qué los Ricci eran temidos.
—¡Él me advirtió! —confesó Brandon— me dijo lo que pasaría, pero Fui tan diota que no hice caso, mi orgullo no me dejó ver que no era un tipo común.
—No eres un idiota, Brandon, solo eres humano —dijo Carla terminando el vendaje—. Tendrás esto por un mes. Y agradece que Dante te trajo aquí, o estarías esperando en una sala común por seis horas.
Al salir, Leo esperaba en el pasillo con las recetas de los analgésicos. Brandon empezó a reírse a carcajadas.
—¿De qué te ríes? —preguntó Leo molesto.
—De que si alguien me dijera que el tipo que casi me mata me estaría comprando los medicamentos, no lo creería —dijo Brandon riendo más fuerte—. Eres un caso extraño, Dante.
—Bueno... con la golpiza que te di, es lo menos que podía hacer —respondió Leo con una media sonrisa—. Si no fueras tan idiota y exigente, no te habría golpeado.
Salieron del hospital riendo, una tregua extraña forjada en sangre y yeso.
Media hora más tarde, llegaron al club "Eclipse". Era un lugar de luces neón violetas, música electrónica que hacía vibrar el suelo y una atmósfera cargada de hormonas y alcohol. Gracias a Brandon, Leo subió directamente a la zona VIP, una barandilla de cristal que daba directamente a la pista de baile.
Leo se apoyó en la barandilla, escaneando la multitud como un halcón. No tardó en encontrarla. Clara estaba allí, bajo una luz estroboscópica que hacía brillar su cabello rojo como el fuego. Se veía hermosa, riendo con Maya, moviéndose con una libertad que Leo le envidiaba.
Pero su corazón se detuvo y su sangre se convirtió en hielo.
Detrás de Clara, camuflado entre la multitud, Leo vio una sombra. Un hombre encapuchado que no bailaba, que no miraba a nadie más, y que se deslizaba entre la gente con una mano en el bolsillo, acercándose peligrosamente a la espalda de Clara.
—Te encontré —susurró Leo, y su mano apretó la barandilla de cristal hasta que esta empezó a crujir.
La sombra pasó justo por detrás de ella, rozándole el brazo. Clara no se dio cuenta, pero Leo vio el destello de un teléfono capturando una foto a centímetros de su nuca. La ira de Leo ya no era humana; era algo antiguo y letal.