CAPÍTULO 4: FUEGO BAJO EL HIELO

1740 Words
El despertador no fue lo que levantó a Clara Rissi esa mañana, sino el eco del beso de la noche anterior. Sus labios todavía se sentían sensibles, una quemadura dulce que le recordaba que Leonardo seguía ahí, bajo la piel de ese extraño llamado Dante. Se miró al espejo, odiando las sombras bajo sus ojos color miel. Su cabello rojo caía en cascada, pero el brillo que solía tener parecía haberse apagado junto con su alegría. Hizo un esfuerzo titánico por concentrarse en sus estudios. Intentó leer un ensayo sobre derecho internacional, pero las letras se convertían en líneas de código y en la mirada gélida de Leo. En la mansión de sus tíos Marcos Rueda y Carla Ricci, el silencio era sepulcral. Se sentía a salvo físicamente, pero mentalmente estaba en una guerra. Al llegar al campus, Clara decidió que no le daría el gusto a Leo de verla derrotada. Caminó con la frente en alto, aunque por dentro se estuviera cayendo a pedazos. A su lado, Lucas y Maya no dejaban de escoltarla, hablándole de banalidades para intentar sacarla de su trance. Sin embargo, todo su autocontrol se evaporó al entrar en la zona central de la cafetería. Allí estaba él. Dante estaba sentado en una mesa rodeado de estudiantes que lo miraban con una mezcla de envidia y adoración. Pero lo que hizo que la sangre de Clara hirviera fue la figura que estaba prácticamente pegada a él: Vanessa, la líder de las porristas. Vanessa era la definición de perfección plástica, y en ese momento estaba inclinada sobre la mesa, dejando que su mano rozara la de Leo con un descaro evidente. Clara pasó por el lado de ellos, obligándose a no mirar, tratando a Leo como si fuera un estudiante más, un mueble, una nada. Pero por el rabillo del ojo, vio cómo Vanessa le susurraba algo al oído. El orgullo de Clara, ese fuego de los Ricci y los Rueda, ardió con fuerza. Esa mano es mía, pensó con furia. Esas manos me tocaron anoche con pasión, y ahora dejas que esa trepadora te acaricie. —¿Te gusta lo que ves, Dante? —ronroneó Vanessa, ignorando que Brandon, su novio oficial, la miraba desde otra mesa con los puños apretados—. Sabes, mi familia organiza fiestas privadas. Gente de nuestro nivel. No como estos... plebeyos. Leo (Dante) mantenía la mirada fija en su laptop, pero sus ojos seguían el rastro de Clara. Verla pasar de largo, ignorándolo por completo, lo hacía querer levantarse y gritarle al mundo que ella era suya. Pero no podía. La sombra del acosador seguía ahí, y él tenía que ser el villano. Sin embargo, Vanessa ya lo tenía harto. La chica creía que su belleza era un pase libre para todo, sin saber que estaba lidiando con un Novak que ya la había analizado por completo. —Sabes, Vanessa —dijo Leo, su voz saliendo como un susurro letal que hizo que la chica se estremeciera, creyendo que era coqueteo—. Sé exactamente lo que estás haciendo. Sé que la empresa de construcción de tu padre está en quiebra técnica. Sé que ya te diste cuenta de quién soy, o al menos sospechas que mi apellido no es Vane. Vanessa se tensó, pero mantuvo la sonrisa. —No sé de qué hablas, guapo... Leo se inclinó hacia su oído, y por un momento, desde lejos, parecía un gesto íntimo que hizo que a Clara se le llenaran los ojos de lágrimas de rabia. —Escúchame bien —le siseó Leo—. Primero muerto antes de estar interesado en alguien como tú. Un Novak —hizo una pausa deliberada, viendo cómo ella palidecía al oír el nombre— jamás andaría con una trepadora que se vende al mejor postor. En mi familia no durarías ni una semana; ya hubo una como tú y su final no fue nada agradable. Si tu truco de celos no funciona con Brandon, ¿qué te hace creer que funcionará conmigo? Se levantó de la mesa con una elegancia depredadora, dejando a Vanessa congelada y humillada. Leo caminó en dirección opuesta a Clara, porque sabía que si se acercaba, la besaría de nuevo y arruinaría meses de protección. Estaba a punto de reventar. Clara se sentó en un banco alejado, limpiándose una lágrima traicionera que se había escapado. —No vale la pena, Lu —dijo Maya, sentándose a su lado—. Es un asco de persona. —Clara, tienes que despejarte —añadió Lucas, con esa voz suave y meliflua que siempre parecía estar en el tono correcto—. Maya y yo vamos a ir esta noche a un club nuevo, el "Eclipse". Tienes que venir. Necesitas música, gente normal, olvidar todo este drama. Clara negó con la cabeza, el miedo al acosador todavía fresco en su memoria. —No sé, Lucas... el tío Marcos me dijo que no saliera de noche. —Vamos, Clara —insistió Lucas, y por un segundo, un brillo extraño cruzó sus ojos antes de ocultarlo con una sonrisa—. Estaremos nosotros contigo. Además, tus guardias estarán afuera. No puedes dejar que el miedo te gane. Será bueno para ti, te ayudará a recomponerte. Clara miró hacia el horizonte, donde vio a Dante entrar al edificio de deportes. La rabia y el deseo de demostrarle que ella también podía seguir adelante la vencieron. —Está bien —dijo con firmeza, secándose las lágrimas—. Iré. Leo caminaba por los pasillos del gimnasio, buscando un lugar donde el ruido de su propia mente se apagara. El dolor de ver a Clara triste, de saber que ella pensaba lo peor de él, lo tenía al borde de un ataque de nervios. Estaba dispuesto a golpear cualquier cosa que se moviera. Y entonces, apareció la oportunidad. Brandon y cuatro de sus amigos del equipo de fútbol lo rodearon en la entrada de los baños de entrenamiento. El lugar estaba desierto a esa hora. —Ahora sí, niño rico —dijo Brandon, con una sonrisa torva—. No hay cámaras aquí, ni chicas para que te luzcas. Vamos a ver si eres tan duro sin tu juguetito electrónico. Lo arrastraron hacia el interior de los baños. Leo no opuso resistencia; al contrario, una sonrisa oscura se dibujó en su rostro. —Brandon, te lo advierto una última vez —dijo Leo, mientras se ajustaba los guantes de su chaqueta de cuero—. Estás cometiendo el peor error de tu vida. No estoy de humor, y créeme, no quieres ser el receptor de lo que tengo guardado hoy. Déjame ir y saldrás ileso. —¡Estoy podrido de ti! —gritó Brandon golpeandolo—. Te crees el dueño del lugar, te crees que puedes humillarme frente a mi novia. ¡Hoy te voy a enseñar quién manda en Cambridge! —Te lo advertí —susurró Leo—. De aquí vas a salir con un brazo roto. Consté que diste el primer golpe. Brandon lanzó un derechazo cargado de toda su frustración. Leo ni siquiera se movió hasta el último milisegundo. Atrapó el puño de Brandon en el aire, giró sobre su propio eje y le propinó un codazo en el plexo solar que le sacó todo el aire. Los otros cuatro se lanzaron al ataque. Leo era una máquina. No peleaba como un estudiante; peleaba como alguien entrenado por los mejores mercenarios de Europa. Esquivó una patada, rompió la nariz del segundo atacante con un cabezazo y, usando el peso del tercero, lo lanzó contra los casilleros metálicos con un estruendo ensordecedor. La ira de Leo salió en cada golpe. Cada vez que su puño impactaba contra la carne de los atletas, se imaginaba que estaba golpeando al acosador, que estaba golpeando la distancia que lo separaba de Clara. Brandon intentó levantarse, pero Leo lo agarró por el cuello de la camiseta y lo estampó contra el espejo, que se trizó en mil pedazos. —¿Duele, Brandon? —siseó Leo, con los nudillos sangrando—. A mí me duele más tener que respirar el mismo aire que tú. Unos minutos más tarde, la puerta de los baños se abrió. Leo salió caminando con calma, arreglándose la chaqueta de cuero negra. No tenía ni un rasguño, solo el cabello un poco más despeinado. Se giró hacia el interior, donde cinco cuerpos yacían en el suelo quejándose de dolor. —Gracias —les gritó con frialdad—. Por lo menos me sirvieron de bolsa de boxeo. Leo caminaba por el pasillo principal, sintiendo una ligera liberación, hasta que pasó cerca de un grupo de estudiantes de fraternidades que hablaban animadamente. —...sí, el "Eclipse" esta noche. Me enteré de que la pelirroja de los Rissi va a estar ahí —decía uno de ellos con una sonrisa lasciva—. Dicen que está despechada por el chico nuevo. No voy a desaprovechar la oportunidad de conquistarla, y tal vez de algo más. El mundo de Leo se tiñó de rojo. La liberación que sentía se evaporó, reemplazada por un instinto asesino. Volvió sobre sus pasos y entró de nuevo al gimnasio. Brandon estaba tratando de levantarse, apoyado en un banco, cuando vio a Leo entrar de nuevo. El capitán del equipo palideció y levantó las manos. —¡Yo no hice nada! ¡Ya me diste mi merecido! —gritó Brandon, asustado. Leo lo agarró del brazo y lo levantó de un tirón. Su mirada era la de un lobo hambriento. —Necesito un lugar de boxeo urgente —dijo Leo, su voz temblando por la furia—. Un club clandestino, un ring, lo que sea. Y me vas a llevar ahora mismo. El grupo de amigos de Brandon, que estaban recuperando el aliento, lo miraron confundidos. Pero después de la paliza que acababan de recibir, ninguno se atrevió a decir que no. —Conozco un lugar... en los muelles —dijo uno de ellos—. Pelea extrema. Pero ahí te van a matar, Dante. —Nadie en este estado tiene lo necesario para matarme —respondió Leo, sintiendo cómo el virus de rastreo en su teléfono vibraba. El acosador acababa de mandar otro mensaje al teléfono de Clara. Leo sabía que ella iría al club "Eclipse". Sabía que el peligro la rodeaba. Y si no podía estar a su lado como Leo, el mundo conocería la furia de Dante.
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