La noche sobre la mansión Rueda-Ricci era una mortaja de terciopelo n***o. El viento soplaba con una fuerza inusual, haciendo que las ramas de los robles golpearan los ventanales blindados con un sonido rítmico, como si alguien intentara entrar. Dentro de su habitación, Clara Rissi se sentía morir. El sobre blanco con la fotografía de ella durmiendo descansaba sobre su regazo, quemándole la piel a través de la ropa.
Se sentía sucia. Se sentía invadida. El lujo de la seda y el mármol no servía de nada cuando un fantasma podía acariciarte con la mirada mientras dormías.
De repente, un clic casi imperceptible sonó en el balcón. Clara se puso de pie de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas. Una sombra se recortó contra el cristal. Antes de que pudiera gritar, la puerta del balcón se deslizó y una figura alta y oscura entró con la agilidad de un depredador nocturno.
—¿Quién...? —empezó ella, pero una mano enguantada selló sus labios.
El olor a cuero, a lluvia y a esa fragancia cítrica y masculina que ella conocía demasiado bien inundó sus sentidos. Sus ojos se abrieron de par en par al encontrarse con las pupilas gélidas de Leonardo. Estaba vestido completamente de n***o, con equipo táctico y la mirada de alguien que acababa de regresar del infierno.
—Shhh... —susurró él, pegando su cuerpo al de ella para ocultarse de la vista de las cámaras que él mismo había saboteado momentáneamente—. Soy yo, Clara. No grites.
En cuanto la soltó, Clara retrocedió, golpeando la columna de su cama. La rabia, el miedo y la humillación de los últimos días subieron por su garganta como bilis.
—¿Qué haces aquí, Leonardo? ¿No te bastó con humillarme frente a toda la universidad? ¿Viniste a ver si todavía sigo llorando por tu desprecio? —su voz era un susurro cargado de veneno.
Leo no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron la habitación hasta que se fijaron en la foto y la rosa negra sobre la cama. En un segundo, su expresión cambió de la frialdad a una furia tan volcánica que Clara dio un paso atrás por instinto. Leo tomó la foto. Sus manos temblaron mientras veía la imagen de Clara vulnerable, dormida, capturada por el monstruo.
—¿Cuándo recibiste esto? —preguntó él, su voz era un gruñido gutural de impotencia.
—¿Qué te importa? —escupió Clara, cruzándose de brazos—. Vete por donde viniste, "Dante". Sigue con tus misiones importantes. Sigue ignorándome en los pasillos para que tus amigos atletas no piensen mal de ti.
—¡Clara, no estoy jugando! —rugió él, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. ¡Dime cuándo llegó este sobre!
—¡Vete! ¡Vete de mi casa! —gritó ella, tratando de empujarlo, pero era como intentar mover una montaña de granito—. No tienes derecho a entrar aquí y exigir nada. Para ti soy una broma, ¿no? ¡Una maldita distracción en tu agenda de genio!
La tensión entre ellos era una cuerda a punto de romperse. La oscuridad de la habitación solo era rota por el resplandor de la luna y el pulso frenético de dos corazones heridos. Leo la miró, y en ese instante, el muro que había construido se derrumbó. La vio tan pequeña, tan asustada y tan hermosa bajo la luz plateada que el control se le escapó de las manos.
La agarró por la cintura y la atrajo hacia él con una violencia desesperada. Antes de que ella pudiera protestar, sus labios se estrellaron contra los de ella.
Fue un beso que sabía a arrepentimiento y a locura. No fue el beso dulce de un cuento de hadas; fue un choque de trenes, una colisión de pasión cruda y hambre acumulada durante meses de silencio. Leo la besaba con una furia posesiva, como si quisiera marcar cada centímetro de su alma, como si quisiera decirle a través de ese contacto: "Aquí estoy, no te he dejado, me estoy muriendo por dentro".
Clara intentó resistirse un segundo, pero sus manos terminaron enredándose en el cabello de Leo, tirando de él con la misma urgencia. El beso se volvió profundo, salvaje. La lengua de Leo exploraba la boca de ella con una desesperación que decía lo que sus palabras no se atrevían. Era un beso que quemaba, un beso que dolía, lleno de la frustración de querer protegerla y no poder tocarla.
Pero entonces, el clic de la realidad sonó en la mente de Leo. El recuerdo del acosador, del mensaje que decía que la destruiría si él se acercaba, lo golpeó como un balde de agua helada.
Se alejó de ella de golpe, jadeando, con los labios hinchados y los ojos llenos de un dolor insoportable.
Leo volvió a mirar la foto. La impotencia lo estaba consumiendo vivo. Ver a Clara capturada por ese lente era una violación a su honor como Novak y como hombre. El enojo lo hacía vibrar; sentía que podía quemar la mansión entera con solo cerrar los puños.
—Esto no es una broma, Clara —dijo él, tratando de estabilizar su respiración—. Este tipo... está dentro de tus muros.
Clara lo miró, limpiándose los labios con el dorso de la mano, con los ojos empañados en lágrimas. —¡Y yo sí soy una broma, Leonardo! ¡Soy tu maldita broma! No entiendo qué demonios haces acá. ¿Te gusta humillarme? ¿Te divierte tratarme como una desconocida frente a todos y luego entrar por mi balcón a besarme?
—Clara, escucha...
—¡No! —gritó ella, y esta vez el grito salió desde el fondo de su corazón roto—. ¡Ya me cansé! Esta estúpida se cansó de tus juegos de espía. Ya no me voy a humillar más. Soy una Ricci, soy una Rueda, y no necesito que me tomen a broma. ¡Vete, Leo! ¡Vete ahora mismo!
Se acercó a la puerta de la habitación y la señaló con el dedo tembloroso. Las lágrimas ahora corrían libremente por sus mejillas, calientes y amargas.
—¡Que te vayas! —le gritó cuando él intentó dar un paso hacia ella—. No tengo que escuchar nada. Esto se acabó. Fuiste mi primer amor, pero ahora eres mi mayor pesadilla. ¡Fuera de mi vista!
Leo la miró por última vez. Quería abrazarla, quería confesarle que cada segundo que pasaba sin hablarle era una tortura, que estaba en esa universidad solo por ella, que no dormía por rastrear al hombre que la acechaba. Pero el orgullo de Clara estaba herido de muerte, y él sabía que sus palabras no curarían nada ahora.
Sin decir una palabra, Leo salió al balcón y desapareció en la oscuridad de la noche, dejando a Clara derrumbada en el suelo, sollozando con la cara entre las manos. Cada sollozo de ella era un tajo en el corazón de él mientras bajaba por los muros de la mansión.
Leo no fue hacia su coche. Caminó por el jardín, esquivando las luces de los guardias, hasta llegar al ala este de la mansión, donde se encontraba el despacho privado de Marcos. Entró por la ventana francesa, que ya estaba desbloqueada.
Marcos Rueda estaba sentado tras su escritorio de caoba, bebiendo un whisky puro. No se sorprendió al ver a su "sobrino político" entrar de esa manera.
—¿No lo sabe aún? —preguntó Marcos, con su voz profunda y cansada.
Leo se dejó caer en una silla frente a él. La máscara de "Dante" se había roto. Su rostro estaba desencajado, sus manos sangraban por haber golpeado la pared exterior y, por primera vez en su vida, el genio de los Novak permitió que las lágrimas asomaran a sus ojos.
—No —susurró Leo, con la voz quebrada—. Ella cree que vine por otra cosa... cree que estoy aquí por los negocios de mi padre o por el Jefe. Me odia, Marcos. Me odia con toda su alma.
—¿Por qué no le dices la verdad, Leo? —Marcos dejó el vaso y lo miró con compasión—. Dile que estás aquí como su guardaespaldas invisible. Dile que ese tipo la tiene amenazada y que solo tu distancia la mantiene segura.
Leo soltó un sollozo seco, un sonido que salió desde sus entrañas. Se tapó la cara con las manos, y las lágrimas empezaron a caer, empapando sus guantes tácticos.
—¡Porque si lo sabe, va a intentar ayudar! —gritó Leo en un susurro desesperado—. ¡Si ella sabe que yo estoy aquí por ella, va a cometer un error, se va a sentir confiada y ese infeliz la va a atrapar! ¡Marcos, el tipo está en su habitación! ¡Entró y dejó una nota! ¡Mis sistemas fallaron! ¡El legado de mi familia, mi inteligencia... no sirven para nada si no puedo proteger a la única persona que amo!
Leo lloró con el desconsuelo de un niño y la furia de un hombre. Era la frustración de meses de silencio, de ver a Lucas tocarla, de verla llorar por su culpa.
—Estoy fallando —sollozó Leo, con los hombros sacudidos por el llanto—. Cada vez que la ignoro en el campus, siento que me arranco un pedazo de corazón. Y hoy... hoy la besé. Fui un estúpido. Si el acosador vio ese beso, mañana Clara estará en peligro por mi egoísmo.
Marcos Rueda se levantó, caminó hacia el joven y puso una mano pesada en su hombro. —No es egoísmo, Leo. Es humanidad. Eres un Novak, pero también eres un hombre. Vamos a atrapar a ese bastardo. Mis hombres están revisando cada centímetro de la red eléctrica ahora mismo.
Leo se secó las lágrimas con el dorso de la mano, endureciendo la mirada de nuevo. El momento de debilidad había pasado, pero el dolor seguía ahí, latente.
—No voy a dormir hasta que vea su c*****r —sentenció Leo—. Y si para salvarla tengo que dejar que me odie el resto de su vida... que así sea. Pero que viva, Marcos. Eso es lo único que importa.
Leo salió del despacho, dejando a Marcos Rueda preocupado. Sabía que su sobrina era una mujer fuerte, una Rissi con fuego en la sangre, pero también sabía que el odio que estaba sembrando en ella hacia Leo podría ser irreversible.
En su habitación, Clara seguía en el suelo, mirando la rosa negra. Sus labios aún ardían por el beso de Leo, un beso que le gritaba que él la amaba, mientras su mente le recordaba que él la humillaba. Era una guerra interna que estaba a punto de destruirla.
Afuera, en algún lugar del campus, un monitor mostraba la grabación del balcón de Clara. Una mano acarició la pantalla justo donde Leo la había besado.
—"Disfruta tu último beso, Novak", susurró la voz en la oscuridad—. "Mañana, Clara será solo mía".