El sol de Cambridge no lograba calentar el ambiente gélido que se había instalado en el pecho de Clara Rissi. Cada paso que daba por el campus de la universidad se sentía como si caminara sobre cristales rotos. Sus dos guardias de seguridad, hombres de confianza de su tío Marcos Rueda, la seguían a una distancia prudencial, pero para ella eran recordatorios constantes de que su vida ya no le pertenecía.
A su lado, Maya, su mejor amiga, no paraba de hablar sobre el examen de literatura, pero Clara no escuchaba. Sus ojos buscaban inconscientemente aquel deportivo n***o que el día anterior la había dejado sin aliento.
—¿Me estás escuchando, Lu? —Maya le dio un codazo suave—. Te digo que Brandon está furioso. Dice que el "chico nuevo" se cree el dueño del estacionamiento y que hoy le va a dar una lección.
—No me importa lo que haga Brandon, Maya —susurró Clara, ajustando la correa de su mochila—. Solo quiero llegar a clase.
—Pues parece que tu "no interés" es mutuo —añadió Lucas, apareciendo por el otro lado de Clara con una sonrisa reconfortante—. Vi al tal Dante en la cafetería hace un momento. Está rodeado de chicas y ni siquiera se dignó a mirar hacia donde venías tú. Es un arrogante, Clara. No entiendo qué hace aquí si no es para lucir su dinero y meterse en problemas.
Clara apretó los labios. Ella sabía perfectamente quién era Dante. Era Leonardo Novak. El chico que la había dejado en una encrucijada emocional en Londres. Pero lo que más le dolía era que, según lo que ella creía, él estaba en Massachusetts por asuntos de la red Novak, por la guerra contra el Jefe o por algún contrato de seguridad de su padre, Mateo. Pensar que él estaba en la misma ciudad y que ni siquiera se había molestado en enviarle un mensaje para ver si estaba viva, la estaba matando.
"Estás aquí por tu legado, Leo. Como siempre", pensó con amargura. "Yo solo soy un daño colateral en tu mundo de códigos".
Dante (Leo) estaba sentado en una de las mesas exteriores de la cafetería, con una laptop abierta y los auriculares puestos. Aparentemente, estaba estudiando, pero en realidad estaba monitoreando los repetidores wifi de la zona. Su virus de rastreo ya estaba inyectado, pero el acosador era un fantasma. Cada vez que Leo intentaba cerrar un perímetro digital, el atacante desaparecía en una red de servidores espejo que Leo no lograba identificar.
Su paciencia estaba en el límite. No había dormido, su mente funcionaba a mil por hora y la imagen de Clara sonriéndole a Lucas le provocaba una acidez que ningún café podía calmar.
De repente, una sombra se proyectó sobre su pantalla.
—Oye, modelo —la voz de Brandon, el capitán del equipo de fútbol, sonó cargada de testosterona y desprecio—. Te di una advertencia ayer. Este lugar es para los que sudamos la camiseta, no para los que vienen a jugar con computadoras.
Dante ni siquiera levantó la vista. Sus dedos siguieron volando sobre el teclado. —El espacio es público, Brandon. Tu capacidad intelectual, sin embargo, parece ser privada, porque no veo rastro de ella por ninguna parte.
Un grupo de estudiantes que pasaba por allí soltó una exclamación. Brandon se puso rojo de furia. Era el alfa de la universidad, nadie le hablaba así.
—¡Cierra esa mierd*! —Brandon golpeó la tapa de la laptop de Dante, intentando cerrarla a la fuerza.
En un movimiento que nadie vio venir, Dante se puso de pie. No fue una reacción lenta; fue un resorte. Agarró la muñeca de Brandon con una fuerza inhumana y lo obligó a retroceder tres pasos. La mirada de Dante ya no era la de un estudiante; era la mirada de un Novak que había crecido entre armas y secretos.
—Vuelve a tocar mi equipo y te aseguro que lo único que vas a capitanear será una silla de ruedas —dijo Dante, su voz bajando a un tono peligroso que hizo que el aire alrededor pareciera congelarse.
—¿Ah, sí? —Brandon, sintiéndose humillado frente a sus amigos y frente a Clara, que acababa de llegar a la escena, lanzó un puñetazo directo al rostro de Dante.
Dante no parpadeó. Esquivó el golpe con una elegancia letal, atrapó el brazo de Brandon y, usando el propio impulso del atleta, lo estampó contra una de las mesas de metal. El estruendo del impacto resonó en todo el patio. Dante presionó su antebrazo contra la garganta de Brandon, levantándolo parcialmente del suelo.
—¡Basta! —gritó Clara, corriendo hacia ellos—. ¡Dante, suéltalo! ¡Vas a matarlo!
Dante giró la cabeza lentamente. Sus ojos se encontraron con los de Clara. El dolor de ignorarla, de tener que fingir que no la amaba para no darle pistas al acosador, lo estaba destruyendo. Pero tenía que mantener el papel. Si el acosador veía una debilidad, Clara pagaría el precio.
—No te metas, Rissi —escupió Dante con una frialdad que le dolió más que un golpe físico—. Ve a jugar con tus amigos y deja que los hombres resuelvan sus problemas.
Dante soltó a Brandon, quien cayó al suelo tosiendo y sujetándose el cuello. Sin mirar atrás, Dante recogió su laptop y se alejó hacia el edificio de ciencias, dejando a una Clara humillada y con el corazón destrozado en medio del círculo de estudiantes.
Una vez dentro del edificio, Dante buscó el aula más alejada. Entró y cerró la puerta con llave. El silencio del aula vacía fue el detonante.
—¡MAL-DI-TA SEA! —gritó Dante, lanzando su mochila contra la pizarra con una fuerza que hizo que las correas se rompieran.
Se dejó caer en una de las sillas, ocultando el rostro entre sus manos. El colapso fue total. No era solo el estrés de la misión; era la impotencia de ser el hombre más inteligente del mundo en una red digital y sentirse el más estúpido en el mundo real.
—¿Por qué no puedo encontrarte? —sollozó, con la voz rota por la frustración—. ¡Sal de una vez, cobarde!
Dante estaba al borde del colapso nervioso. Sus manos temblaban. Había interceptado un paquete de datos hace diez minutos que indicaba que el acosador estaba usando la red de la biblioteca. Pero cuando llegó, no había nadie, solo una conexión remota que se burlaba de él.
Abrió su laptop de nuevo, sus ojos inyectados en sangre. —Si quieres guerra, sombra... vas a tener guerra.
En ese momento, un mensaje apareció en su pantalla. No era un código. Era una foto de Clara, tomada hace apenas unos segundos, desde el ángulo de una de las cámaras de seguridad del pasillo. Ella estaba llorando, apoyada en el hombro de Lucas.
"Mira lo que haces, Dante. La haces llorar y ella viene a mis brazos. Sigue siendo el tipo duro, sigue ignorándola... me lo pones muy fácil".
Dante lanzó un rugido de animal herido y golpeó la mesa hasta que sus nudillos empezaron a sangrar. El acosador estaba allí, en alguna parte, riéndose de él. Estaba usando a Lucas como consuelo para Clara mientras él tenía que ser el villano.
Afuera, en el banco del jardín, Clara no podía dejar de llorar. Maya le pasaba pañuelos, insultando a Dante en voz baja.
—Es un animal, Lu. Ese Dante tiene odio puro —decía Maya—. Mi padre siempre decía que esa familia no tiene alma, solo procesadores en lugar de corazón. ¿Viste cómo te habló? Te trató como si fueras basura.
—Él no era así... —susurró Clara, aunque la duda empezaba a corroerla—. En Londres... mejor no hablemos de eso.
—En Londres ¿que? ¿lo conoces? —intervino Lucas, sentándose más cerca de ella y pasando un brazo protector por sus hombros ella boca con la cabeza—. Entiéndelo, Clara. Dante está aquí con negocios o algo más. Tú eres solo una distracción para él. No pierdas más lágrimas por alguien que ni siquiera puede darte los buenos días.
Clara se apoyó en Lucas. En ese momento, él se sentía como lo único estable en su mundo. —Tienes razón, Lucas. Soy una estúpida por esperar algo de él.
Lucas sonrió, una sonrisa imperceptible. —No eres estúpida. Eres humana. Y yo siempre voy a estar aquí para recordarte quién eres, sin importar cuántos Dante intenten pisotearte.
Esa noche, la mansión de su tío Marcos Rueda se sentía más fría que nunca. Clara cenó en silencio con sus tíos y su primo Enzo. Marcos estaba sumergido en sus casos legales y su tía Carla Ricci trataba de animar la mesa hablando de una gala benéfica, pero Clara solo quería desaparecer.
Subió a su habitación y se encerró. Se sentía observada, una sensación que ya se había vuelto crónica. Se acercó al ventanal para cerrar las cortinas cuando vio algo que la dejó helada.
En el jardín, justo debajo de su ventana, había una rosa negra clavada en el césped. Y a su lado, un pequeño sobre blanco.
Con el corazón latiendo en sus oídos, Clara salió al balcón y, usando una vara, logró atraer el sobre. Dentro, había una nota escrita con una caligrafía perfecta:
"Dante no te mira porque no te ve. Yo te miro porque no puedo dejar de hacerlo. Hoy en la cafetería estabas hermosa, incluso con lágrimas en los ojos. No dejes que él te toque de nuevo con su violencia. Pronto, solo seremos tú y yo".
Clara soltó un grito sordo y dejó caer la nota. Miró hacia la oscuridad del jardín, hacia donde los guardias de su tío supuestamente vigilaban. Nadie había visto nada. Nadie había escuchado nada.
El acosador había entrado en el perímetro de la mansión Rueda-Ricci. Había burlado la seguridad de su tío Marcos.
En su búnker, Dante (Leo) vio el salto de señal en su monitor de seguridad. El virus de rastreo había detectado una conexión ilegal en el router de la mansión.
—¡TE TENGO! —gritó Dante, saltando de su silla.
Pero antes de que pudiera fijar la geolocalización, la señal se dividió en mil fragmentos, rebotando en servidores de Singapur, Rusia y las Islas Caimán. El acosador había usado un "ataque espejo" para borrar su rastro físico.
Dante cayó de rodillas, golpeando el suelo. Estaba tan cerca... y a la vez tan lejos.
—No voy a poder protegerla desde aquí —susurró, con los ojos llenos de una determinación s*****a—. Si el acosador puede entrar en la casa, yo tengo que estar dentro también.
Dante tomó su arma, su laptop y una mochila con equipo táctico. Ya no le importaba si Brandon, los atletas o la propia Clara lo odiaban. El juego de la universidad se había acabado. Ahora, la guerra era en la mansión.